El 21 de septiembre de 1973, la estación de la CIA en
Santiago transmite el siguiente cable: “se prevé una represión severa. Los
militares arrestan a un gran número de personas, incluidos estudiantes y gente
de izquierda de todas clases, y los internan. Los militares consideran ejecutar
a cincuenta izquierdistas por cada francotirador todavía en actividad”. Al día
siguiente se informa sobre una masacre: “si bien la aviación abandonó su
proyecto de bombardear la zona de La Legua, se cuenta allá un gran número de
muertos: 500, en su mayor parte civiles. En total, diez días después del
comienzo de las operaciones, las fuentes de la CIA en el seno del nuevo poder
evalúan entre 3.000 y 5.000 el número de muertos en Chile, mientras que la
cifra oficial de la Junta es de 244”.
¿Cómo se oculta el número exacto de muertos? La CIA explica:
“las cifras oficiales sólo reflejan las muertes de personas tratadas en
hospitales y servicios de urgencia. Es allí donde se emiten los certificados de
defunción. Pero la gran mayoría de las personas muertas en las operaciones de
limpieza no han pasado por ese circuito”. Los militares han establecido un
sistema oficioso de recuento. Los agentes de Estados Unidos lo conocen
perfectamente: “son informes verbales de los comandantes de regimientos. Estos
informes se transmiten oralmente, a través de la cadena de mando, hasta la
cumbre, la Junta”.
El 24 de septiembre la estación de la CIA en Santiago
informa a Washington que “nunca será conocida la verdadera cantidad de muertos
después del golpe”.
Más tarde, la CIA informa que los carabineros se sienten
colmados por las torturas, las violaciones y los asesinatos perpetrados por las
fuerzas armadas. En febrero de 1976, un agente de la CIA llega a un centro
secreto de interrogatorios de la fuerza aérea, cerca del aeropuerto de
Santiago. Allí ve dos vehículos militares que descargan dos docenas de
prisioneros esposados, con los ojos vendados. Entre ellos hay “un niño de 12
años de edad y un hombre de edad. Ambos son golpeados por los guardias, que les
golpean la cabeza varias veces contra el muro del edificio”. Algunas horas
después, los prisioneros salen de un hangar. “Manifiestamente – escribe el
agente en su informe – sufren el martirio. Se doblan sobre sí mismos en el
suelo, incapaces de levantarse”.
El hecho de detener desde sus propios domicilios, lugares de
trabajo o en la vía pública a hombres, mujeres y jóvenes, hacerlos desaparecer
por años y mantenerlos en total indefensión, ha conmovido no sólo a los
familiares de las víctimas, sino también a la inmensa mayoría de los chilenos,
a personalidades, cancilleres, estadistas y gobernantes de todo el mundo porque
ello ha importado descargar todos los horrores de una guerra ficticia en pacíficas
familias (...) "Según
nuestra fuente - informa la estación de la CIA en Santiago -, el problema mayor
de la DINA es su sistema de interrogatorio. Su técnica arranca directamente de
la inquisición española: a menudo deja marcas visibles en el cuerpo de las
personas interrogadas. En nuestros tiempos no hay ninguna excusa para usar
métodos tan primitivos" (...)
El 13 de abril de
1974, en carta dirigida a Moy de Tohá, el general Carlos Prats señala: “Ante el
futuro sólo siento un gran anhelo: que llegue cuanto antes el día en que la
masa de mis compañeros de armas se convenzan, por sí mismos, de que han sido
engañados y de que han incurrido en la equivocación histórica más tremenda, al
convertirse en verdugos del pueblo de su patria. Porque sólo en ese momento se
puede empezar a recorrer el camino de la liberación”.
*Extraído del libro "La gran guerra de Chile y otra que nunca existió", de Volodia Teitelboim.