18 de marzo de 2013

No disparen en Corea



NO DISPAREN EN COREA

Hay niños esperando
una patria sin misiles
con sus lenguas
sin baba atómica:

No disparen en Corea

Al fondo de Pyongyang
duerme una fruta
y se prepara en ella
la más hermosa
de las primaveras.



Que no hablen los ejércitos
ni los príncipes herederos:

Que hable la sonrisa del pueblo,

la dulce poesía del Juche, suavemente,
como mermelada de rosas
en la voz de una niña.


En el Gran Palacio de Estudios del Pueblo
treinta millones de libros esperan abiertos:
Pyongyang y sus suburbios acarician el ocaso
como el campesino durmiendo en su herramienta:

el color de las tardes
es el mismo de la provincia:
ojos semiabiertos y el pulso de la tierra,
resistiendo.


 La ciudad
ya fue arrasada
y sus habitantes calcinados
en el fuego de la historia:

pero el corazón
es una fábrica

y se echa a andar lentamente
como rosas rojas naciendo
en pestañas de párpado ancestral.


Ah vieja capital de sauces
cuándo la paz en ti
cuándo el Taedong y su canción milenaria,
lejos, muy lejos de la horca occidental.


Las bestias braman en los altos rascacielos:
sus equipos celulares registran insultos,
sanciones, drásticas medidas:

Una exaltación de la barbarie,

una mazmorra nuclear.


Sin embargo suceden sonrisas

en fábricas y parques
en escuelas y universidades:
el hambre ya no está en los párpados:

el afán personal es la manzana de todos

y su gesto
una dramática resignación al combate:

la dura cárcel
de la amenaza extranjera

prepara el zarpazo
de la peor de sus bestias,
acorralada en una jaula económica,
consumida por estupefacientes, 
enferma de videojuegos:

la bolsa en Nueva York afila sus colmillos

y el viento helado vuelve a bajar de Siberia:


Corea duerme
con mil balas

apuntándole la cabeza.


Dice el diario occidental:
las mujeres
no pueden andar en bicicleta
y deben usar todas
el mismo corte de pelo:

Los empleados
repiten el cable 
y la pauta canalla 
de la prensa cómplice
va pariendo titulares:

Una bomba nuclear vende más diarios
que la sonrisa de un niño 
en el vientre de una mujer 
norcoreana:

Una orden del jefe
vale más que cien mil vidas.


¿Qué sabemos de Pyongyang y sus parques,
llenos de pájaros como poemas, cantando serenos,
frente a la boca misma de su apocalipsis?

¿Qué sabemos de su independencia,
de su múltiple primavera de sangre?

¿Qué sabemos de sus atardeceres,

de sus pesadillas con Leviatán,

viniendo del mar enfurecido
a arrasar los ojos de sus niños?

¿Qué?



El verdadero sabor de la humanidad
es el precioso momento de los hijos:


que los presidentes se maten entre ellos.


No a la guerra en Corea:
no a la sangre
en el Mar Amarillo:
no al paraguas nuclear:
no al intervencionismo
occidental.

La humanidad ya ha sangrado suficiente.


Es hora de ser primavera,
una fruta por cada niño,
una flor por cada bandera,
un poema por cada muerto.



/// Absalón Opazo ///
Valparaíso, Chile, marzo de 2013.-