10 de agosto de 2006

Apuntes necesarios para la periferia, tercera parte y final*

En Chile, donde no pasa nunca nada…

Entre las frases de hechizo y exorcismo que en el seno de las familias constituían la presunta sabiduría oral chilena, ésta, en “Chile nunca pasa nada”, parecía adaptarse a la concepción de un Chile que era un lugar común naif: la copia feliz del Edén. Todo se podía arreglar en Chile, era cuestión de confianza, de acuerdos entre caballeros, fórmulas de pasillo de Parlamento y redacción de periódicos, encontrarse en la calle Ahumada con Huérfanos y solucionar el problema, celebrar la solución en una comida. Todo podía terminar felizmente, en un banquete de reconciliación. Fórmulas para cualquier problema de política, tanto el más casero como el más universal.

Cuando Arturo Alessandri Palma después de su segunda presidencia, al día siguiente de la asunción del mando del Frente Popular, luego, es claro, de los muertos del Seguro Obrero, hizo naturalmente un viaje a Europa, para reposarse y “estudiar la situación internacional”, se entrevistó en Roma con Ciano, el Ministro de Relaciones exteriores de Mussolini. 1939. Después de hablarle de la situación de Chile, de extenderse sobre las condiciones sudamericanas, inquirió el viejo Presidente al joven conde italiano cuál era la verdad, la “firme” y secreta verdad de los graves conflictos europeos en curso. Después de oír atentamente al Ministro - que por cierto se abstuvo de transmitirle sus firmes secretos -, Alessandri, descendiente de italianos y famoso en Chile por su sentido del humor (aunque los caballeros chilenos llaman humor a un pesado sarcasmo pueblerino), pero sin sombra de intención humorística esta vez, reveló hasta qué punto era el paradigma de los políticos chilenos, diciéndole como observación final: “¿Y no habrá solución de conjunto para los problemas europeos?” Hasta el propio jerarca fascista creyó del caso contar con estupor esta entrevista en su Diario.

Una “solución de conjunto”…, el ideal político cazurro chileno. Hemos visto tantas soluciones de conjunto, de compromiso, fórmulas mágicas de equilibrio inestable, que muchos llegaron a creer en la banalidad de que a fin de cuentas en Chile no pasaba nunca nada (“este país está enfermo de ponderación”, le oí comentar, mientras yo seguía jugando en el patio solo, a mi tío Pedro por esos años). Todo se arreglaba en pasillos, y pasillos eran también los periódicos y órganos de publicidad, pasillos las manifestaciones públicas, los cortejos políticos se parecían a las procesiones religiosas. Todos eran, finalmente, de los mismos. Pero el pueblo era otro, y a sus espaldas se arreglaba todo. Sobre sus espaldas. Estas acrobacias, en régimen democrático, se hacen en público y con aplausos del honorable público que paga. Prestidigitaciones.

Pero también por cazurrería, el pesimismo, un escepticismo a veces banal y barato, se abría lugar frente a cada pequeña crisis - los saltos mortales del índice de precios, el fuelle de la inflación perpetua (crisis no tan pequeñas para quienes vivían al mínimum de subsistencia) -, y entonces los chilenos de sobremesa exclamaban limpiándose la boca y alzando los brazos a media altura: “¡este país no tiene remedio!”. Lo que no tenía remedio era su sistema de poder, pero como tal sistema se quería idéntico al país, Chile entero con su geografía, su naturaleza física y humana, su mayoría de pobres, el que no tenía remedio. Luego de la exclamación el chileno en su comedor quedaba desahogado y podía volver al día siguiente al trabajo de cada día, al servicio público de hacer funcionar la inflación succionadora.

Los caballeros más viejos, más desesperados y más caballeros requerían, para descargarse de estas graves preocupaciones de bien común, de una exclamación más radical; la operación quirúrgica imaginaria que debía practicarse en el cuerpo lamentable de Chile era eutanásica, pero sin piedad: como recuerda haber oído hace muchos años un escritor chileno cuando niño, mientras era lustrabotas de Club, “hay que vender este país y comprarse algo más chico en Europa”. ¿Rasgo de humor? ¡Sarcasmo, rasgo de psicología social!

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Vender, comprar. Los caballeros han tenido siempre una afición irresistible por la compraventa en grande pero con criterio en chico. ¡Vender el país! Si estaba siendo vendido mes a mes, sus minas subterráneas, el salitre, el cobre, el hierro, sus riquezas más profundas, a ingleses, a norteamericanos, al extranjero…

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¡Europa! Se fue a Europa. Volvió de Europa pasando por Estados Unidos, está de viaje en Europa, está estudiando en Estados Unidos. Tiene amigos extranjeros, goza de la confianza de una gran firma de inversionistas, es persona seria: hace negocios con el extranjero. El sueño del criollo rico, transmitido de generación en generación aun después de siglos en América: volver a “Europa”, una Europa “del alma” (llamando “alma” al vacío moral dejado por el desprecio hacia los propios pueblos americanos), instalarse en esa costa azul que cubre todo el continente europeo, en esas aguas milagrosas, Baden-Baden, Trevi, Lourdes, termas. ¡Europa! Que con el tiempo pasó también a comprender Estados Unidos.

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(Cuando se habla del sueño de la razón, se sabe - desde Goya -, que produce monstruos. El ridículo de estas imágenes corresponde al inconsciente social criollo, no al cronista que las extrae de los balbuceos que ha podido escuchar mientras su clase duerme. Estos monstruos no son cómicos, son horribles; se alimentan de sangre; esta sangre, desde 1973, ha corrido Chile más anónima que nunca, más lastimosamente. Clama al cielo. ¡Qué vergüenza!).

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“Era inevitable: ¿Por qué Allende no fue más prudente? ¿Por qué la gentuza que salía a las calles a hacer manifestaciones (en vez de trabajar) desafió a los militares? Se sabe lo que son, los militares, se sabe para qué están. ¿Cómo no tomó en cuenta, la Unidad Popular, que se le estaba pasando la mano? Los rotos estaban alzados. Querían más regalías, los regalones. Ya nadie trabajaba en Chile. Un verdadero caos. Orden era lo que se necesitaba. Los militares están para eso. No podían quedarse sentados mirando la descomposición social. ¡Luchas de clases! Guerra interna es lo que van a tener. A cargo de los militares. Ellos saben cómo hacer estas cosas”.

“La situación no podía seguir así. Hay que haber estado aquí para saber cómo estaban las cosas. No nos vengan con opiniones a distancia, desde el extranjero. La cosa no daba para más. Si hasta podían salir los desalmados de los cordones industriales, de sus cuevas, y empezar la degollina de un momento para otro. Cuando suene la hora del roto con su corvo y su carabina recortada, ¿a dónde vamos a ir a parar? Los militares saben aplacarlos. Es su función. Para eso están. Un poco de sangre tiene que correr, es inevitable. Pero después las cosas vuelven a su cauce normal, y podemos vivir tranquilos unos y otros, unos trabajando y los otros (caballeros de Chile) dirigiendo al país”.

“Este Salvador Allende ha echado todo a perder. Es un pije, lo habíamos dicho desde hace mucho tiempo. ¡Lo que se le fue a ocurrir! ¡Resistir en La Moneda! ¿Qué hacía ahí en La Moneda? Su lugar estaba en el extranjero, entre sus queridos rusos o cubanos, o si no le gustan tanto como dice, en algún lugar de Europa, en el exilio”.

“De dónde sacó esto de resistir con armas en La Moneda. Culpa suya es. La Moneda tuvo que ser bombardeada por los aviadores. Él destruyo La Moneda así como hizo pedazos el país, por su culpa, por su gravísima culpa; los militares tuvieron que bombardear la galería de los Presidentes, los bustos de mármol (hay algunos de yeso). Los militares ahora están obligados a poner orden por la fuerza. No es que les guste la fuerza. Tampoco a nosotros nos gusta. Pero el deber es el deber. Su deber es que nunca más en Chile se alce el roto y pueda amenazarnos. Lástima si esto puede costar vidas inútiles, quiero decir, muertes inútiles. No son inútiles si esto significa salvar al país (salvarnos a nosotros), acabar con la injusticia de las expropiaciones, devolvernos el fundo, la fábrica, entenderse con los inversionistas (ya que no querían invertir en Chile), poner al pueblo en su lugar”.

“¡Este Allende! Se le ocurrió morir en su puesto, como si éste fuera el caso del Combate Naval de Iquique. Curioso que los marinos, que fueron los primeros en alzarse por la patria el 11 de septiembre, se vieran obligados a acabar con este nuevo Arturo Prat que nos salió. Allende muere, tan contento, y deja el pastel. Ahora hay que matar al enemigo interno como a las palomas, al vuelo. Esta es la herencia de Allende. Le dio por el pueblo. Ahora hay que matar pueblo como a moscas. La culpa es suya y de los que fomentaron a estos rotos sublevados”.

“Quizás cuánto vaya a durar esta empresa. Mejor sería tener, no solo orden sino alguna libertad. Pero no importa. Ya volverá nuestro turno, más bien dicho ya ha vuelto; se dio vuelta la tortilla: ahora mandamos nosotros; los militares son transitorios, ya volverán a sus cuarteles y entonces mandaremos nosotros - como siempre - y podremos ser benévolos”.

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(Neruda en su lecho de muerte, diez días después del golpe, me lo contó su interlocutor, único visitante esa tarde, el toque de queda espantaba a los amigos disponibles, la mayoría estaban escondidos, había algunos muertos. Dijo: “Ponte a los pies de la cama para verte. No puedo torcer la cabeza. Ándate de aquí apenas puedas. Están matando mucha gente. Tienen necesidad de matar para que puedan dominar los mediocres. Matarán mucho. Mandarán los mediocres, dominarán en todo los mediocres. Y cuando ya no puedan matar más, entonces se pondrán benévolos, los gobernantes besarán a los niños pobres en las poblaciones. Pero entonces serán más peligrosos que nunca”).

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¿Los militares?

Los militares creen representar a Chile, el espíritu y cuerpo nacional, la historia, a voluntad del Estado. Los militares de hoy representan la voluntad de que el país (donde debíamos crecer) no exista. Esa voluntad es antigua en nuestra tierra, ha permanecido a través de todos los esfuerzos de hacer el país, desde el comienzo. Es uno de los rasgos ocultos inconscientes de las clases que han dirigido siempre Chile, hasta hoy. La tentación de que el país muera como tal y se entregue a la historia exterior, a los imperios, a los “imperativos de la geografía”, a los “círculos financieros internacionales”, a todo lo que a distancia, al ojo del provinciano isleño y cerril duro de cabeza y sin fantasía, escarnecedor y sin humorismo humano, envidioso, desconfiado, inseguro, le parece la realidad de este mundo. Los militares representan la voluntad de muerte del país. Cuando matan , no solo asesinan a quienes matan: a izquierdistas o a “rotos alzados”. Acaban - quieren acabar, pero no podrán - con el Chile histórico. No podrán hacerlo; porque el verdadero Chile histórico, la comunidad que verdaderamente necesita que Chile exista, y que ha sudado cuatrocientos años para realizar el país, es el pueblo perseguido y castigado, el que no tiene opción ni siquiera imaginaria en el mundo sino su lugar, su tierra, su trabajo.

*Textos extraídos del libro “Caballeros de Chile”, de Armando Uribe, escrito entre marzo y junio de 1974.

7 de agosto de 2006

Apuntes necesarios para la periferia, segunda parte*

Pero la verdad de los mitos consiste en su eficacia temporal. Y estos mitos, que servían un fin histórico en beneficio de algunos, no de todos los chilenos (sin perjuicio de que los fundamentos de una parte de ellos - como los relativos a las libertades - tuviesen una validez superior al aprovechamiento minoritario al que se les sometió), demostraron su eficacia; pero asimismo su fugacidad, su carácter de trucos sociales manipulados.

Cuando una ideología es “nacional” y dura un buen tiempo, cuando es compartida prácticamente sin discusión - como sistema de valores y principios elementales -, cuando es confirmada por un debate abierto y continuo sobre sus consecuencias y sus formas, no es necesario que haya dolo directo ni siquiera en el más malicioso de sus manipuladores. Los chilenos de poder - creo decir con buena fe - eran inconscientes de la mentira final contenida en su sociedad. Ello no los hace menos responsables: sino más.

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¿En qué consistió esa ideología? Varios de sus extremos han ido apareciendo a través de las ilustraciones prácticas que son lo principal en este libro: anécdotas o historias, rememoraciones infantiles y adolescentes - las épocas en que uno sufre el choque inicial con la dosis de mentira y ficción que contiene la vida social, tantea el cómo adaptarse a ella, se crean mecanismos de protección y ataque a su respecto, y más que nada sabe hacerse en toda instancia las preguntas fundamentales. Otras resultarán del resto de este libro.

La poderosa burguesía de Chile, con sus intelectuales, su historia social identificada a la historia del país, su hegemonía ideológica cristalizada en una institucionalidad capaz de englobar todo lo legítimo, de legitimar lo asimilable y de condenar lo refractario, con sus mitos ancestrales y su aptitud a continuar poblando el Olimpo chileno, esa burguesía, fauna y bosques sagrados de la “copia feliz del Edén” (himno nacional de Chile), ¿quiénes la componían, cómo se había formado, qué era?

A Chile llegaron los Conquistadores. Ciento cincuenta hombres jóvenes y una mujer, concubina de su jefe Pedro de Valdivia. Se cree en Chile que una circunstancia diferenciaba a estos Conquistadores de las otras meznadas españolas: mientras aquellos que cubrieron las otras vías de América se abren camino por tierras ajenas en busca de oro y para mayor gloria del rey y Dios, los conquistadores de Chile habrían celado, además, un diverso propósito. Se sabía que lo que fue por ellos llamado Chile era pobre, su naturaleza cruel, su escasa población más irreductible que las conocidas desde Nueva España hasta Perú. La experiencia frustrada de una primera conquista en 1537 que diezmó a los soldados selectos del gran Almagro y arruinó para siempre a su jefe, habían hecho de Chile una palabra maldita. Valdivia y sus compañeros habrían partido a la conquista de las tierras del sur no para hacer fortuna y retornar a España, sino para crear una nación para ellos y las generaciones de sus descendientes.

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¿Será cierto? En todo caso es la versión clásica. Muchas penurias pueden haber imaginado Valdivia y sus seguidores, para sí y para sus herederos, pero no es probable que hayan previsto la resistencia encarnizada de un pueblo indígena mapuche que no tenía imperio ni gran nombre en América, y que sin embargo, se hizo de un nombre en la propia guerra con los españoles: Arauco. El nombre de este pueblo le fue dado por sus enemigos, se hizo nación en sus combates, la gesta de su guerra, que duró siglos, fue obra de un poeta que los admiró peleando en su contra. La epopeya de La Araucana, de Don Alonso de Ercilla y Zúñiga (uno de los pocos conquistadores de las primeras hornadas que tenía derecho legal a usar el Don), creó el segundo catálogo de mitos chilenos: la guerra natal de gran estilo, cuyos episodios de sangre y de honor harían de Chile la única nación moderna nacida de una epopeya.

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Por décadas en los siglos XVI y XVII los colonizadores de Chile eran guerreros. Estaban obligados a empuñar las armas y juntamente impelidos, so pena de aniquilamiento, a ser más industriosos y más duros en su trabajo y en la administración de la fuerza de trabajo de indígenas y mestizos que los colonizadores de las tierras fáciles de los grandes imperios, de las fabulosas riquezas del resto de América. He aquí una tercera fuente de mitología.

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En el siglo XVIII los Borbones de España hicieron posible, con sus provisiones económicas y administrativas, el flujo a Chile de ondeadas colonizadoras de un carácter distinto: los llamados en general “los vascos” comenzaron a llegar, primero hombres solos, luego en ligas de hermanos, primos, parientes. Se casaron entre ellos pero también eligieron las herederas más ricas en tierras, joyas, casas, tradiciones, entre las antiguas familias de las cohortes conquistadoras. Habrían absorbido así la mejor riqueza del país. Habían formado bloque, desde fines del siglo XVIII hasta entrado el XX. Serían la “clase alta” chilena. Su tensión social con los grupos, más numerosos pero más disgregados, de los linajes “venidos a menos”, sería el tema de la verdadera “cuestión social” interior por el mando del país. Cuarta serie de “mitos”.

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Las guerras de independencia entre 1810 y mil ochocientos veintitantos habría sido la quinta gesta chilena. La población mestiza sería prácticamente homogénea. Dirigidos simbólicamente sus intereses por los caballeros de la capital y las provincias, descubierta la “ignominia” del estado colonial, se decide la independencia política, y que el país sea gobernado por los criollos, no por los empleados del rey. Ayudados por los patriotas argentinos, los chilenos liberan su propia tierra y emprenden la hazaña de libertar al Perú, Virreinato legendario pero inepto, que necesita de Chile, más pobre, más sobrio, pero más valeroso y decidido, para expulsar a los españoles.

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Las luchas de la Independencia provocan sin embargo el caos político en Chile. Muchos “ideólogos” provenientes de toda América, impiden que en el país se de un gobierno ordenado. El genio de la raza chilena suscita un hombre de razón: don Diego Portales. Mercader al por mayor, contratante de un estanco fiscal, sin compromisos - por demasiado joven e indiferente - en las escaramuzas políticas de la Independencia, devela con un golpe de ojo magistral en poquísimo tiempo, cuáles son las fuerzas sociales y económicas, vivas y aptas para formar un bloque sólido de poder en el Chile de 1830. En la República recién nacida, funda el Estado. Sexto mito.

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Las peripecias de la fundación del Estado cuestan la vida a Portales, que por su muerte, a manos de un grupo de oficiales insurrectos fracasados, consolida la forma institucional de esa obra de razón política. La Constitución (de 1833) y los Códigos, cuyo modelo está en el Código Civil de don Andrés Bello - el arquetipo definitivo del intelectual chileno -, reciben la garantía de sangre de que esta obra impersonal de las clases dirigentes: el Estado y sus instituciones, merece que los mejores hombres de carne y hueso mueran por ella. Morir por la legitimidad es el séptimo gran complejo mítico.

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Chile no es sólo una nación, es ya un Estado. La República, como persona moral en una América confusa, indecisa, inmadura, es superior a sus fronteras geográficas, chilenos de empresa se esparcen en las zonas vacías de jurisdicción dudosa: el desierto del norte, los contrafuertes de los Andes, el océano infinito al oeste. Labran minas de plata nueva, disfrutan la utilidad inédita del salitre, ¡hacen correr el peso chileno en las islas del otro lado del Pacífico y hasta en China! La burguesía es nacional. Tiene capitales, bancos, barcos de cabotaje y alta mar, hombres de empresa, una administración organizada del Estado, un ejército capaz de guerras de anexión. En la era de Portales y Andrés Bello, el ejército, sometido finamente sin discusión al poder civil impersonal, había servido, triunfando en la guerra preventiva contra la Confederación Perú-boliviana, para que la entidad moral del nuevo Estado de Chile fuera reconocida inviolable por sus vecinos. Cuarenta años después la existencia de una clase empresarial nativa deseosa de probarse en la expansión económica justifica la proeza de una nueva guerra contra Perú y Bolivia que tenga ahora fines económicos de provecho. Esta guerra es ganada. Chile crece geográficamente. Octava galería de mitos.

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Aparece la concupiscencia del capital extranjero. Chile tiene demasiadas riquezas. El monopolio natural del salitre, conquistado en la “Guerra del Pacífico”, es presa apreciable y también natural de Imperio Británico que no en balde domina media mundo. La liquidación de la guerra del Pacífico le da la oportunidad de introducirse masivamente en esta nueva Cucaña de millones. El último de los burgueses nacionales, el Presidente Balmaceda, osa enfrentarse al extranjero. No sabe dar satisfacción política al bloque social dominante, éste hace causa común con los intereses británicos, y Balmaceda, pese a haber recurrido en su desesperación a una incipiente “clase media” burocrática, pierde la guerra civil y se suicida. Queda consagrado el rito de que la legitimidad nacional cuesta la vida de quien la simboliza. Noveno mito.

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Chile de transforma en factoría privilegiada. Vive de las rentas del salitre que otros explotan; la política es cosa de gente de club y de círculos, un juego serio de sociedad. Pero el espíritu de la burguesía nacional ha impregnado desde la época heroica de los hombres de Estado y empresa del siglo XIX, la representación ideológica que el chileno dirigente se hace de su país. Después de treinta años de política de salón, las crisis generadas por la Primera Guerra Mundial y por la reconstitución posbélica del mundo dan lugar en Chile a ensayos tenaces y superficiales por recuperar, reconstruir o reinventar una forma viable para el Estado nacional, repristinando el rol de la clase dirigente como una verdadera administradora legítima de las fuerzas de la nación. Con altibajos, tal intento habría asumido el buen camino, aunque incorporando a la vicisitud del camino cierta hostigosa sensación de que una crisis mayor puede ser siempre inminente. Dirige el país por segunda vez Arturo Alessandri Palma (bajo su presidencia nacen o crecen quienes hoy dirigen en Chile); deja lugar a Aguirre Cerda, el del Frente Popular, a quien sucede Juan Antonio Ríos, radical también pero más autoritario, a cuya muerte es elegido González Videla en un movimiento, que simulaba ser profundo, de reacción contra la irrisoria “fronda aristocrática” de principios de siglo, y a Ibáñez nuevamente fracasado lo reemplaza un hijo de Alessandri que ensaya todas las recetas conservadoras a su alcance sin éxito, y a éste Frei y a éste Allende. La curva de ficticias acciones y reacciones del mismo círculo encantado, para quebrar la recurrente pesadilla política que había sido, a contar de fines del siglo XIX, el efecto en la conciencia y subconciencia social de la burguesía chilena, de su enorme y costosa frustración al no poder constituir una verdadera burguesía nacional, ha dado origen durante los últimos cincuenta años a una décima categoría de mitos burgueses.

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Este libro no pretende hacer historia científica. No puede pretender que la enumeración anterior forme un cuadro de la realidad social efectiva de Chile (faltan, nada menos, proletarios y campesinos…). Pero expresa los datos de que disponía la conciencia histórica de la clase dirigente chilena sobre sus propios avatares como clase. Son los arquetipos psicológicos con que el pueblo de Chile se encontró al iniciar su odisea de Gobierno Salvador Allende.

En esta historia reducida y deformada, se delinea además la partenogénesis por la cual la clase social dirigente creaba estratos sociales interiores en su lucha con su propia sombra por el poder.

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La llamada clase alta… Mejor ni hablar de ella: cada vez sabe menos ella misma lo que es hoy. Su conciencia de sí la componen una vaga nostalgia porfiada de sus tiempos favoritos, los de la época del parlamentarismo y las rentas del salitre, su bella época inútil de hasta el año 20, el tributo mental que paga a sus penates - las duras figuras de cera de los constructores de la república en el siglo XIX -, la idea que se hace de una Europa que no existe - que tal vez nunca existió -, lugar de “retorno” deseado e imposible. Pero en lo profundo de sí misma se ha ido reconociendo - con la pérdida del prestigio que tuvo cuando sus costumbres hacía ley - lo que siempre ha sido en realidad: una burguesía tenaz y rapaz. Vuelve a abrir tienda, como en el siglo XVIII, a veces muy concretamente, otras ejerciendo las actividades más variadas con un espíritu de comercio al por menor. Pero pierde la ilusión de sobrevivir compacta, se disfraza de clase media, sumiéndose en cualesquiera familias que prometan fuerza económica o política, se resigna gustosa a la compañía poco recomendable de hombres de fortuna nueva, de extranjeros de apetito insaciable y urgente, está dispuesta a servir a los militares, renunciando, como eran sus hábitos, a servirse de ellos. Sin embargo produce, ya que no tropas, al menos cerebros de choque, capaces de indicar el sentido correcto a la nueva coalición de la burguesía, de administrar la nueva concentración monopólica, de seducir a ciertos militares inseguros y atrasados de noticias, de prestar apariencia histórica respetable a la traición colectiva de la clase burguesa al país.

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Los uniformados, ¿serían caballeros? Algunos oficiales tenían conducta de caballeros. Otros eran “caballerosos”, no más. Unos pocos llegaban a ser caballerescos, quijotescos. ¿Y los demás? Los oficiales de caballería, y hasta ciertos centauros de Carabineros, disponían de tiempo, asistentes u ordenanzas, caballerizas, picaderos, pesebreras, y podían sentirse - literalmente - caballeros, lo que ya les estaba vedado por las exigencias de la lucha social y política a los antiguos caballeros, aun a los dueños de fundos con haras. Todas estas singularidades gratuitas que aislaban en un ángulo del grupo escultórico burgués al “inocente” militar, separaban a estos oficiales de la clase media civil.

Cuando esta clase media, frente al sordo tronar de las masas populares, se descubrió como lo que era: el tronco de la burguesía chilena; cuando la “clase alta” decidió reconocerse cabeza predestinada no de todo el país sino de dicha burguesía; cuando los pequeños trepadores del pequeño comercio, la pequeña empresa, la pequeña profesión liberal, cerraron filas admitiendo que la burguesía en Chile era una sola, muchos oficiales de las Fuerzas Armadas sintieron el llamado a la guerra social, recordaron a sus padres, pensaron en sus hijos, tantearon sus bolsillos, revisaron sus armas, carraspearon y dieron órdenes: eran, se dijeron, clase media, es más: eran el nervio de la burguesía. Fueron la punta de lanza del bloque burgués. Se alzaron contra el pueblo.


*Textos extraídos del libro “Caballeros de Chile”, de Armando Uribe, escrito entre marzo y junio de 1974.

3 de agosto de 2006

Apuntes necesarios para la periferia, primera parte*

Han pasado veinte o treinta años. Cuarenta desde que nací. No somos niños, los de las páginas anteriores. Habemos muertos, perdidos, olvidados. ¿Hay ricos y poderosos? Sí, los hay: están con la Junta. Habemos desterrados; el exilio no es estar en otra parte que el país donde se nació: es no estar en ninguna parte.

Ellos, con la Junta, ¿están en Chile?

Creo que son más desterrados que yo. Se asilan en sus intereses, en los bienes que creen que tienen. Se identifican con sus bienes. Esas cosas son su patria.

¡Pobres hombres!, ellos, pero también yo, que creíamos ser más que las cosas. Ellos han terminado identificándose con cosas y yo perdiéndolas. Dije que prefiero renunciar a esa gente. ¿No debería decir también que la he perdido?

¿Qué creíamos ser?

No una clase. En el sentido escolar podíamos ser clase: Cuarto Año B o Sexto de Preparatorias, último de Humanidades, clases. Compañeros de clase.

Socialmente no. ¡Cuántas diferencias creíamos que había! Infinitas. Cada familia era una clase por sí sola; los parentescos eran ley. “Somos medio parientes”. “Mi primo el guatón T.”. “El papá de…”.

De muchos se decía, o se sabía sin decirlo: son de clase media, medio pelo. Algunos se decían a sí mismos (inseguros): Nosotros, los de la clase alta… gente bien. Pero otros, más seguros, no se lo decían: lo sabían.

Otros, no sabíamos, en esas épocas, sino que éramos: “decentes”.

Qué importan las distinciones sutilísimas a que nos fuimos acostumbrando. Nosotros éramos, todos, sin distinción, el más perseguido entre nosotros como el más dominante, todos aventajados frente a los pobres.

La existencia de los pobres era lo que nos daba unidad entre nosotros.

La cultura que teníamos acerca de los pobres era nuestra fuerza de cohesión. Los observábamos todo el tiempo, tácitamente. Ellos eran: los otros absolutos, los otros de todos nosotros, los otros de todo.

Encarnecidos, peligrosos, feos. Contagiosos, protegibles. Necesitaban de nosotros, debíamos actuar de manera que les fuéramos necesarios para siempre. Dependientes.

Los caballeros deben mandar. Si no, este país se acaba.

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“Nosotros, los pobres, ustedes, los ricos. Ustedes los ricos son todos iguales. ¡Nos tienen fregados a nosotros los pobres!”. Me enojé.: “Yo no tengo nada en contra de los pobres”. “Ustedes tienen de todo: por eso son ricos. ¡Nosotros sí que no tenemos nada!”. (De todo significaba: hasta dos pares de zapatos). “Pero nosotros les damos limosna a los pobres”. El niño, mayor que yo que tenía siete, él tendría nueve años o diez, pero no más alto que yo ni más fuerte, saltó como un gato al que le pisan la cola. “¡Rico desgraciado!”. Retrocedió, se agachó. Al pararse de nuevo, vi que tenía las manos llenas de piedras. “¡Vas a ver!”, me gritó retrocediendo de espaldas y tirándome piedras. Tenía buena puntería. “Van a ver lo que les va a pasar, ricos de mierda”. Retrocedía rápidamente, cateando a lado y lado por si salía una empleada a la puerta o alguien a mirar por la ventana. “¡Son todos iguales!”, gritó y lanzó la última piedra. Dobló la esquina y desapareció. No se le vio nunca más por esos lados.

Existíamos por contraste, teníamos identidad en comparación con lo que no éramos, contra los otros. De ahí el sadismo social chileno.

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(Si me pregunto, pasados tantos años, ocho meses después del golpe, cómo se explica la brutalidad de los militares y ciertos civiles condescendientes a sus voluntades, qué significa el endoso apenas disimulado de un buen número de otros que no quieren saber pero saben - más allá de la pasividad que provoca el terror a la Junta -, la única respuesta es: el antiguo sadismo social contra los pobres, son sus mil formas imperceptibles en el pasado, cubiertos como estaban por la famosa institucionalidad legal, las libertades públicas, una especie de pacto social - impuesto pero de apariencia viable -, disfrazado por la gran ideología histórica nacional; las peculiaridades de Chile… ¡Éramos muy distintos a los demás sudamericanos! Sí: muy distintos: cuando se trató de matar, los militares y sus paniaguados y sus consejeros demostraron que la actual singularidad chilena en Sudamérica es matar más, violando leyes).

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Se consideraba que el pueblo era muy feo. Tener cara de roto, manos de roto, facha de roto: insultos. La misma palabra roto - cualquiera que sea su origen histórico y su etimología - expresa: lo incompleto, lo violado, lo inservible, lo que se puede y se debe botar. ¡Modos de roto! No saberse mover, sentar ni comer ni vivir. Lo que está roto es barato. A los rotos chilenos se los puede tratar como cosas de utilidad limitada. ¡Hay tantos y todos igualmente rotos! Más de los necesarios.

La hipocresía social hace que estas nociones no sean casi nunca explícitas. La prudencia social en los últimos treinta o cuarenta años evita incluso que se manifiesten en el trato directo de patrones con asalariados. Pero en la conversación y con más frecuencia en los chistes entre “patrones”, la idea de la inferioridad congénita, espiritual y física, moral, estética y sensible de la gente del pueblo chileno, domina siempre y es una cantidad mensurable que los privilegiados están dispuestos a restar en sus cálculos sobre lo que merece el pueblo (lo que merece comer, la dignidad que merece).

Me dirán que exagero. Naturalmente hay excepciones. Naturalmente una actitud colectiva inconfesable como ésta se disfraza de paternalismos, racionalizaciones, argumentos económicos, piedad religiosa. No es del todo consciente. No sería soportada por la conciencia civil si no fuera secreta.

Pero se revela incluso en la celebración, de los dientes para afuera, de las cualidades del roto chileno. Hasta hay una estatua y una plaza en Santiago dedicada a ese roto. La escultura de bronce representa a un “roto” más griego, romano y mediterráneo de proporciones clásicas que chileno.

El físico del hombre popular de Chile suscita en la clase “alta” repugnancia y escarnio; cuando, en el extranjero o frente a extranjeros debe caracterizarlo, o lo idealiza o trata de disculpar sus “fallas” con pacata vergüenza. En la reserva de sus conversaciones de negocios con extranjeros, critica sin ambages los defectos morales y físicos que - ¡en su experiencia! - tienen aquellos que llama: esa gente. El apelativo suena como un latigazo. ¡Qué gente ésa! Floja, torpe, exigente, desordenada, irresponsable.

Las bromas sobre la mujer popular, y la irritación mezclada a la tentación de degradarse en su contacto, enturbian aún más el trato con las “chinas” que el que sufren los rotos.

La palabra “china”, ¿qué origen tendrá? Es poco probable que haya implicado, aún en su origen, un cariñoso elogio. Basta oír las frases equívocas a medias palabras, sobre los caballeros - eran numerosos hace años - que en su vida sexual non sancta mostraban esta invencible inclinación: ser “chineros”. “Le gustan las chinas”. Oída en boca de señoras, en rápido susurro, (no está bien detenerse en tales debilidades), la palabra china y sus derivativos eran hasta entrado el siglo XX estigma y anatema.

***

De nuevo me dirán que me dejo llevar por la exageración rabiosa de trazos parciales y ya superados de costumbres mucho menos generalizadas de cuanto doy a entender.

Trato de ilustrar, barajando mi experiencia de cuarenta años, una situación que varios otros han descrito: el abismo social que en la psicología de quienes dominan Chile, los separa del pueblo cuyo trabajo es condición para que exista el dominio. Una compleja serie de mitos nacionales justifica y, al mismo tiempo, encubre tal percepción de una diferencia que se desea básica, esencial, eterna. La ideología pública fundada por los grupos dominantes nutriéndose de una historia mítica, proyectándose en instituciones que eran consideradas intocables y a la vez susceptibles de perpetua renovación interior, legitimaba la gran diferencia entre explotados y patrones.

Este rasgo colectivo de Chile se refleja, a mi juicio, no menos que en los estudios de ingresos y repartición de la riqueza - y la pobreza -, en el mundo cultural del lenguaje social chileno. Y en este libro es el lenguaje a que recurrimos para revelarlo. Las palabras tabúes tribales, cuando salen a la luz parecen siempre caricaturas.

Este sadismo ahora desatado exhibe aspectos femeninos. Bajo la voz bronca de los militares y en sus actos de fuerza cuartelera, en los escritos que se quieren definitivos y en los discursos que se quieren terminantes, pulsiones hay de estridencia y espasmo. En sus condenas a los políticos hay despuntes del celos, como un perfil de la envidia que desde generaciones han incubado las mujeres de los militares - empleados públicos subalternos - hacia sus coetáneas, las mujeres de los hombres de poder. Y en las admoniciones a quienes llaman (es la expresión de un Decreto Ley de la Junta) “nuestros trabajadores”, en la amenaza inflexible de más trabajo por la misma o menos paga, disciplina sin derecho a voz ni a réplica, se repite a escala nacional el estilo de “dueña de casa” que administraba a las “sirvientas” de mano para todo servicio. (“No sea respondona. ¡Se va, pues, de la casa! Váyase con sus trapos a la calle”).

Hoy, desde este ángulo, en Chile ha parido Marte.

***

Para dominar y ser clase dirigente, era necesario tener los bienes de capital bajo control, el Gobierno y las instituciones del Estado por sí o por mandatarios, jugar a la política con más entrenamiento y mejores equipos; pero igualmente necesario, en régimen formal de libertades públicas, derechos políticos y civiles, en la democracia histórica de Chile, controlar la ideología del Estado. Y a la ideología de las clases dirigentes hacerla pasar por consenso nacional.

En esto, quienes han sido dueños del Chile histórico demostraron durante muchas décadas suma habilidad.

La hegemonía estaba asegurada por una ideología “nacional” secretada por las acciones y las omisiones de quienes dirigían al país, por su reacción frente a quienes soportaban el peso económico de tal dirección minoritaria, y también frente a los hechos aparentemente exteriores de la gran política, la gran economía, las grandes finanzas internacionales que - desde centros de poder misteriosos - fueron la condición irrecusable del privilegio de los que mandaban dentro.

La legislación de Chile, la institucionalidad chilena, las formas de su democracia, las distorsiones de su economía (la antigua inflación perpetua, por ejemplo, verdadero fátum en la vida del país), los tipos humanos de la política diaria como las situaciones recurrentes de conflicto social, los partidos y las universidades, las iglesias, la presencia de extranjeros, el drama y lo cotidiano, todo iba asimilándose en una estructura de mitos. No era una operación fácil, no bastaban las fantasías o las intenciones individuales, era una labor colectiva en que la tendencia la indicaban - con sus decisiones políticas, y cuando era indispensable con el uso de la fuerza bruta - las clases dirigentes, mientras su estructura, minuciosa, compleja y formal, constituía la función de los intelectuales del sistema.

Intelectuales en sentido muy amplio, comprendiendo profesionales y burocracia (inclusive oficiales militares y sacerdotes, para no hablar de esos fehacientes que son los profesores, los periodistas, los políticos), sin atender a su personal colocación en derechas o izquierdas; intelectuales del sistema, no de los regímenes de Gobierno.

El número relativo de intelectuales chilenos, en esta acepción, ha sido desde hace mucho, en proporción, notablemente grande. La cohesión fundamental de sus concepciones ideológicas de lo que Chile era, había sido en el pasado y podía ser en el futuro, alcanzaba un grado que no es frecuente sino en países viejos. Resultaría sencillo objetar esta característica diciendo que las tensiones políticas, los altibajos del debate público, las divisiones de opinión, los bloques sociales, que marcaban desde hace largos años al Chile de antes del golpe, contradicen toda idea de cohesión. Error: pues parte de la fuerza integradora del sistema era en Chile justamente el margen notorio de contraste político en lo secundario, en todo aquello que no ponía en duda las bases últimas del sistema.

Hasta qué punto esta serie de mitos garantizados y legitimados constituía una mistificación enorme, se vio el 11 de septiembre de 1973.


*Textos extraídos del libro “Caballeros de Chile”, de Armando Uribe, escrito entre marzo y junio de 1974.

1 de agosto de 2006

La revolución no es un hombre


“¿Cuándo empieza la transición en Cuba?”, le preguntó una periodista a Fidel Castro, tras la toma de la fotografía a los mandatarios asistentes a la reunión del MERCOSUR en la ciudad de Córdoba, Argentina, hace unas semanas. “¿Y a ti quién te paga, la CIA? ¿Por qué no vas y le preguntas a Bush sobre Posada Carriles?”, respondió enérgico Castro, ante la sorpresa de la reportera.

¿Posada Carriles? ¿CIA? ¿Transición… transición? Eso no quedó claro. ¿Transición? ¿Por qué tendría que haber una transición en Cuba? ¿Transición a qué? ¿Qué quería decir eso?

A primera vista, la intencionalidad de la pregunta está clara. Si se habla de transición, se quiere decir que la revolución debe terminar para dar paso a otra cosa. Por eso el enojo de Fidel con la periodista: quien habla de transición es enemigo de la revolución, por las razones ya mencionadas. La anécdota sirve entonces de preludio para lo que vivimos hoy, con Fidel fuera del poder. Y sirve también para preguntarse si se puede plantear desde fuera de Cuba una transición para la isla, sin preguntarle al pueblo cubano lo que quiere para su país. Porque aunque algunos no lo sepan o no lo quieran saber, en Cuba el poder reside en el pueblo y no en una persona. Por eso el odio de los países acostumbrados a una clase financiera y política dominante y corrompida por dólares y oro: en Cuba la revolución no es un hombre, ni una casta social, ni una elite política ni financiera; es un pueblo. Y como tal, hablamos de la máxima expresión de la democracia: “gobierno del pueblo”. Sólo ese pueblo decidirá si quiere o no una transición para su país y hacia qué.

LO QUIEREN ACABAR

Ahora Fidel Castro está enfermo y el poder lo tiene Raúl, su hermano. Y obviamente, toda la “prensa” continental dirigida con la mira de los empresarios más poderosos del orbe, habla del “fin” de la revolución, entre otras cosas porque Raúl no es tan querido en la isla, y porque los milicos cubanos tampoco lo quieren tanto, y también porque el tipo no es tan inteligente como Fidel, y bla, bla, bla. Nadie menciona que las revoluciones las hacen los pueblos y no un hombre. Pero la prensa trabaja para los intereses de sus dueños y presiona para que se obligue a Cuba a seguir el camino de la “apertura”económica hacia los intereses de las transnacionales y el gran capital mundial. Como si ese fuera el único camino posible. Como si el pueblo cubano no conociera la trampita del capitalismo y fuera un rebaño de seres incapaces de pensar lo que quieren para su tierra (al que le caiga el poncho…).

Mientras en Estados Unidos el huracán “Katrina” y los que lo siguieron después, causaban miles de muertos, inundaban ciudades enteras y provocaban enormes pérdidas al gobierno norteamericano, en Cuba el pueblo hacía frente a la catástrofe con disciplina, organización e ingenio. ¿Resultado? Ninguna víctima fatal en Cuba. Pérdidas materiales sí, muchas, pero las que importan, las vidas, salvaron ilesas. Mientras, en EE.UU., se destapaba la olla y se denunciaba que el Presidente George Bush había sido advertido de la necesidad de mejorar los diques de Nueva Orleáns, en muy malas condiciones para resistir un huracán como los que se venían. Bush prefirió gastarse la plata en su guerra contra el terrorismo. Y miles de afroamericanos murieron en Orleáns tras el paso de “Katrina” y sus primos. La tragedia de la ciudad del jazz aún late en el corazón negro de América. Y Cuba, de inmediato, en su momento, ofreció ayuda humanitaria en el campo de la salud para ir en auxilio de los miles de pobres afectados por el desastre. Las fronteras desaparecen cuando de vidas humanas se trata. El ser humano debe estar por sobre toda ideología. He ahí una gran diferencia entre la “dictadura” de Cuba y la “democracia” de Estados Unidos.

¿Transición en Cuba? ¿Transición a qué?

Se acusa al régimen de Fidel de coartar los derechos individuales pero al mismo tiempo en Washington se decreta toque de queda para todos los menores de 17 años. Se le acusa de ser un dictador pero su gobierno nunca ha atacado a otro país, y menos, desconociendo las resoluciones de las Naciones Unidas al respecto. EE.UU. invadió Irak desobedeciendo a la comunidad internacional y más encima, mintiendo descaradamente. Ya quedó claro que las armas de destrucción masiva las tienen ellos y sus compinches judíos, que también atacan países desoyendo los llamados del resto del planeta. Pero Fidel es el dictador. En el mundo al revés, él y Chávez son obstáculos para la democracia y Bush, Blair y los asesinos de Sion son el ejemplo. Mejor sería que estos gorilas dijeran la verdad de una vez: que Castro y Chávez son obstáculos para “su” democracia, sustentada en los millones de dólares que financian sus campañas políticas y que después se retribuyen gobernando a favor de ellos, los grandes mercaderes. Algo parecido a lo que sucede en Chile.

CON TODO, LA REVOLUCIÓN SIGUE

Si desaparece Fidel, como desapareceremos todos, la revolución seguirá. La “dictadura” de Castro goza de buena salud. La experiencia socialista en Cuba ha funcionado bien y hoy, el pueblo cubano tiene mucho que agradecer a los colores verde olivo. Los valores esenciales de la humanidad son derecho vivo en la isla. Salud, vivienda, protección social, alimento. Desarrollo sustentable. Y una educación de real calidad no sólo en el aula, sino en la misma sociedad. Escuchar hablar a un estudiante cubano y comparar su vocabulario, su cultura, su personalidad con la de uno chileno, sirve para tomar conciencia de las enormes distancias valóricas que hay entre Chile y Cuba. Nosotros creemos ser un país democrático, aún teniendo el sistema electoral que tenemos. Eso demuestra la ignorancia del chileno medio y la corrupta vida de la clase política local. Nosotros hablamos de igualdad: en Cuba la practican. Por eso el capitalismo desea borrar luego a Castro. Para que su ejemplo y el de su pueblo no se reproduzca en otros países y la igualdad y la fraternidad entre los humanos siga siendo una utopía hermosa pero inalcanzable. No una meta concreta por la cual luchar.

En las calles de Miami celebraron con euforia la noticia de la salida de Fidel del poder. Y bien, hay que ser justos. El odio de estos cubanos hacia Fidel es justificado. Les impidió hacer la fiesta que querían en la isla. Los echó. Si quieren puterío, váyanse a EE.UU. Y por eso la alegría ante la enfermedad de Castro. El privilegiado, el rico, el millonario, el señor, necesita tener pobres. Sin pobres, no hay millonarios. Es una relación directa, incluso a un nivel psicológico: el rico necesita ver lo que no es. Y también necesita mano de obra barata, políticos fácilmente sobornables, leyes que nadie cumpla, bajos impuestos. Como en Chile. Como en tantos otros países de América Latina. Y quizás si Fidel muere, las champañas de 300 dólares y otros lujos encenderán una celebración que en la historia, no ha parado: los que han ganado siempre han sido ellos, los dueños de la tierra y el oro. Cuba es una especie de vendetta personal para ellos y de ahí la euforia que veremos tras la muerte de Fidel.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Pero la revolución no es un hombre. La revolución es un pueblo. Y el pueblo de Fidel sabrá el camino que debe tomar. Porque a diferencia de nosotros los chilenos, los cubanos sí saben como viven los pueblos latinoamericanos. Saben de la pobreza, del mal estado de nuestra educación, de lo que significa la salud privatizada, las drogas en las poblaciones, los lujos exacerbados frente a la miseria agonizante. Y quizás ese ha sido el mayor mérito de Fidel: haber instruido a su pueblo, haberlo educado, haberle entregado las mejores herramientas del conocimiento para que ningún terno y corbata venga a venderle gato por liebre. Y las instituciones, la Asamblea del Poder Popular, las Fuerzas Armadas Revolucionarias, todas las organizaciones ciudadanas, artísticas, populares, obreras, incluso el Partido Comunista Cubano, seguirán funcionando en pos de un objetivo: la batalla de ideas como manera de situar al socialismo como forma de existencia pacífica entre los hombres.

Fidel está enfermo. Quizás muera, pero pensar que con él morirá la revolución, es otra cosa. Un absurdo, por decirlo elegantemente. El pueblo cubano cree en el socialismo porque conoce el capitalismo mejor que nosotros. Y a pesar de tener a toda la prensa continental en contra, Cuba y su pueblo han sabido proyectarse, tal como hace 47 años, como alternativa real y posible para todos los pueblos del mundo. ¿Qué han encarcelado a opositores? Sí, es cierto. ¿Que han matado disidentes? Sí, también es cierto, como lo es que la revolución tiene que defenderse. Porque, ¿qué hay detrás de esta “oposición” que acusa muertes y encarcelamientos? Claramente, no hay un afán por mejorar la calidad de vida del pueblo: hay simplemente un objetivo “politiquero” de tercera categoría, que es hacer de Cuba un negocio más dentro de este enorme tablero económico llamado planeta Tierra. Y eso pasa por desmantelar lo que el pueblo cubano ha construido durante todos estos años. Esa es la “transición” de la que hablan los periodistas. Esa es la “transición” que Cuba no quiere.

¿Será posible creer que los cubanos quedarán huérfanos si muere Fidel? Bajo ningún punto de vista. Uno de los pueblos más cultos del mundo no se venderá tan fácilmente a las mañas financieras transnacionales. Menos ahora, con Venezuela y Bolivia desplegando la bandera de la revolución bolivariana como alternativa real para los pueblos americanos y situando en el colectivo latino nuevas formas de cooperación e integración. ¿Transición? Sí, puede ser. Pero hacia una coalición bolivariana basada en el desarrollo sustentable orientado a la mejora de la calidad de vida de los pueblos. ¿Qué tal?

La batalla de ideas continúa. Y Fidel muerto es más gigante que vivo.

31 de julio de 2006

Parte alta de la avenida Francia


Valparaíso, abril de 2005

28 de julio de 2006

Discurso del pintor Roberto Matta


Esta historia es tan redonda
como redonda es la tierra
y por eso para verla
redondo ha de ser el ojo.

Ahoranza es ver el centro
desde el centro de la esfera
un ver que es ver de una vez
un alboroto en la vista.

Ver a los destacagados
que quieren Arauco muerto
para sembrar sacristanes
descargando avemarías.

Que Alonso ensille su Zúñiga
y alborote el verbo ser
para que redondamente
se sepa lo que hoy ocurre:
se proponen liquidar
lo que arauque en nuestra América
con pinocharcos de sangre
servidores del imperio.

Estos los destacagados
programados, programadores de agravios
que con balidos de pólvora
tumban y tumban sin tumba.

Para salir del agravio
de que no seamos hoy día
se requiere agricultura
de una real demo-gracia.

El estado del humano
en el sepultado estado
en que está cualquier Estado
está en deplorable estado.

Reorganimar la amistad
es la cuestión más urgente
y una sola religión
no sirve para este asunto:
sacar la luz de la tierra
y de toda conflicción
de raspares y rascares
bajo la lucha de clases.

Que salga el sol en el ser
que nos dejen ser humanos
que el sujeto humano está
muy sujeto a ser humano.
Hay que sacarse la mierda
volver a la inteligencia
iluminar nuestro verbo
reoxigenar la vida.
Mañana es hoy día mismo
y estamos muy atrasados.

Hay que alegrar esta tierra
construir nuevas justicias.
El cuezco de este problema
es que estamos todos solos.
¡Abrir el verbo sin miedo
y atención al infrarojo!

Y esto es todo lo que digo
que les digo que se diga
señoritas, señoronas y señores:
muchas gracias.

* Discurso sobre los derechos humanos del pintor Roberto Matta, pronunciado en el foro sobre la cultura chilena que tuvo lugar en Torum (Polonia) en mayo de 1979 y en el que participaron connotados intelectuales.

27 de julio de 2006

Ruge la ciudad... una vez más


Ruge la ciudad.
El fuego se esconde
se multiplica / espera
crece en la periferia
levanta la señal
arde en su impaciencia
mientras la ciudad ruge
desvaría / se diseca
en la plenitud de una medianoche
perdida en marzo.

Nacen camaradas en la clandestinidad.
Se encuentran compañeros en la huida
y en el ataque
hermanos
de sentimiento aborigen / terrícola
respetando el azul
y la tierra que se abre.

Un pájaro escapa
y el gas ataca.
Hombres responden
y mujeres combaten.
Hermanos y hermanas respiran
se tocan se besan
y el humo de babilonia
no puede con ellos.

Ni con su amarga rebeldía
ni con sus botellas encendidas.

Ellos son de la periferia.

Han nacido, para siempre.

25 de julio de 2006

Poemas de Karen Devia



El diapasón del tiempo

Tantas venas
tantas pulsaciones
tantas nauseas
tantos pasos
y tantas
tantas
tantas
sombras esquizoides

He de borrar
las huellas del minutero
el diapasón del tiempo
está en bemol

Y llovió

Sospecha el cuervo
de su potencial presa
tanto como las ideas
sospechan de la buena suerte
una vez deformadas las alas

Un par de notas caen sobre el arpegio
corre la presa sobre la arcilla
frente a mil caras
con mil risas
mil ojos
mil cejas
mil dientes
y una que otra nausea

Le dijeron que ese día
llovería
y llovió

Los espejos

Allá en lo alto
divisamos los espejos
tratando de atrapar nuestro reflejo

A la vuelta
un par de sombras
nos indican el camino
y sorteamos el viento
que golpea nuestros ojos

El opresor
cae
por
su
propio
peso

Mejor ver media sombra
o medio reflejo
para quién no conoce la locura
no ha sido mago centinela
ni alas
ni eslabón

Tenías hermano
la visión sellada a fuego
los espejos
eran
sólo
una cuestión de fe

Las fronteras del delirio

No decimos lo que vemos por temor
la sangre reclama lirios
aún nos queda un poco de vergüenza
y la ropa de cama huele a musgo

Hay una diferencia ahora
en los espejos y el pulso

Nosotras
ya no somos las mismas

Las palabras

He olvidado algunas palabras
hemos tenido la lengua anestesiada

Morir a fuerza de imprevisto
morir de olvido de lagunas
morir incrustada en un lamento
morir espesa de una lágrima

Mejor no hacer dibujos en las ventanas humedecidas
todo es un espejismo

Cazar el viento en una olla de cobre
peinar las distancias
hacer una ronda a la hora oscura
la ennegrecida

Y por las noches
tejer un lamento despacito
para que nadie vaya a sospechar
ser sólo una palabra
no sacar las páginas del armario
mejor acumular las ideas lejos de la gente

Posible - Mente

No hay defensa
atrás el concreto
el delirio

No hemos sabido defendernos
de los pasos de otros
no hemos pavimentado el surco

Atrás no hay nada

No hay contención posible
después
del delirio

***

* KAREN DEVIA (1975, Viña del Mar)
De profesión cantante, de oficio poeta. Su transito transcurre entre la exploración poético-musical de “Afeitando la Comadreja”, el jazz y la poesía, además de la gestación, realización y puesta en marcha de diversas actividades poéticas. Durante los años 2002 y 2003 se desempeña como cronista del suplemento femenino del desaparecido diario El Expreso de Viña del Mar. El 2003 publica “Despojos”, a través del sello de Ediciones la Cáfila de Valparaíso. El 2005 recibe una Mención Honrosa en el XXVII Concurso de Arte y Poesía joven de la Universidad de Valparaíso. Sus trabajos han sido publicados en diversas revistas y sitios web. Actualmente prepara la publicación del poemario “Desidia”.

17 de julio de 2006

Gojome


raynauh

14 de julio de 2006

Más poemas del “Canto General”, de Pablo Neruda

LAS INUNDACIONES

Los pobres viven abajo esperando que el río
se levante en la noche y se los lleve al mar.
He visto pequeñas cunas que flotaban, destrozos
de viviendas, sillas, y una cólera augusta
de lívidas aguas en que se confunden el cielo y el terror.
Sólo es para ti, pobre, para tu esposa y tu sembrado,
para tu perro y tus herramientas, para que aprendas a mendigo.
El agua no sube hasta las casas de los caballeros
cuyos nevados cuellos vuelan desde las lavanderías.
Come este fango arrollador y estas ruinas que nadan
con tus muertos vagando dulcemente hacia el mar,
entre las pobres mesas y los perdidos árboles
que van de tumbo en tumbo mostrando sus raíces.

JUAN FIGUEROA
(Casa del Yodo “María Elena”, Antofagasta)

Usted es Neruda? Pase, camarada.
Sí, de la Casa del Yodo, ya no quedan
otros viviendo. Yo me aguanto.
Sé que ya no estoy vivo, que me espera
la tierra de la pampa. Son cuatro horas
al día, en la Casa del Yodo.
Viene por unos tubos, sale como una masa,
como una goma cárdena. La entramos
de batea en batea, la envolvemos
como criatura. Mientras tanto,
el ácido nos roe, nos socava,
entrando por los ojos y la boca,
por la piel, por las uñas.
De la Casa del Yodo no se sale
cantando, compañero. Y si pedimos
que nos den otros pesos de salario
para los hijos que no tienen zapatos,
dicen: “Moscú los manda”, camarada,
y declaran estado de sitio, y nos rodean
como si fuéramos bestias y nos golpean,
y así son, camarada, estos hijos de puta!
Aquí me tiene usted, ya soy el último:
dónde está Sánchez?, donde está Rodríguez?
Podridos bajo el polvo de Polvillo.
Al fin la muerte les dio lo que pedíamos:
sus rostros tienen máscaras de yodo.

EL MAESTRO HUERTA
(De la mina “La Despreciada”, de Antofagasta)

Cuando vaya usted al Norte, señor,
vaya a la mina “La Despreciada”,
y pregunte por el maestro Huerta.
Desde lejos no verá nada,
sino los grises arenales.
Luego, verá las estructuras,
el andarivel, los desmontes.
Las fatigas, los sufrimientos
no se ven, están bajo tierra
moviéndose, rompiendo seres,
o bien descansan, extendidos,
transformándose, silenciosos.
Era “picano” el maestro Huerta.
Medía 1.95 m.
Los picanos son los que rompen
el terreno hacia el desnivel,
cuando la veta se rebaja.
500 metros abajo,
con el agua hasta la cintura,
el picano pica que pica.
No sale del infierno sino
cada cuarenta y ocho horas,
hasta que las perforadoras
en la roca, en la oscuridad,
en el barro, dejan la pulpa
por donde camina la mina.
El maestro Huerta, gran picano,
parecía que llenaba el pique
con sus espaldas. Entraba
cantando como un capitán.
Salía agrietado, amarillo,
corcovado, reseco, y sus ojos
miraban como los de un muerto.
Después se arrastró por la mina.
Ya no pudo bajar al pique.
El antimonio le comió las tripas.
Enflaqueció, que daba miedo,
pero no podía andar.
Las piernas las tenía picadas
como por puntas, y como era
tan alto, parecía
como un fantasma hambriento
pidiendo sin pedir, usted sabe.
No tenía treinta años cumplidos.
Pregunto dónde está enterrado.
Nadie se lo podrá decir,
porque la arena y el viento derriban
y entierran las cruces, más tarde.
Es arriba, en “La Despreciada”,
donde trabajó el maestro Huerta.

AMADOR CEA
(De Coronel, Chile, 1949)

Como habían detenido a mi padre
y pasó el Presidente que elegimos
y dijo que todos éramos libres, yo pedí que a mi viejo lo soltaran.
Me llevaron y me pegaron todo un día.
No conozco a nadie en el cuartel. No sé, no puedo
ni recordar sus caras. Era la policía.
Cuando perdía el conocimiento, me tiraban
agua en el cuerpo y me seguían pegando.
En la tarde, antes de salir, me llevaron
arrastrando a una sala de baño,
me empujaron la cabeza adentro de una taza
de W.C. llena de excrementos. Me ahogaba.
“Ahora, sal a pedir libertad al Presidente,
que te manda este regalo”, me decían.
Me siento apaleado, esta costilla me la rompieron.
Pero por dentro estoy como antes, camarada.
A nosotros no nos rompen sino matándonos.

LA MUERTE

He renacido muchas veces, desde el fondo
de estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo
de las eternidades que poblé con mis manos,
y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra
sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra.

No compré una parcela del cielo que vendían
los sacerdotes, ni acepté tinieblas
que el metafísico manufacturaba
para despreocupados poderosos.

Quiero estar en la muerte con los pobres
que no tuvieron tiempo de estudiarla,
mientras los apaleaban los que tienen
el cielo dividido y arreglado.

Tengo lista mi muerte, como un traje
que me espera, del color que amo,
de la extensión que busqué inútilmente,
de la profundidad que necesito.

Cuando el amor gastó su materia evidente
y la lucha desgrana sus martillos
en otras manos de agregada fuerza,
viene a borrar la muerte las señales
que fueron construyendo tus fronteras.

TESTAMENTO 1

Dejo a los sindicatos
del cobre, del carbón y del salitre
mi casa junto al mar de Isla Negra.
Quiero que allí reposen los maltratados hijos
de mi patria, saqueada por hachas y traidores,
desbaratada en su sagrada sangre,
consumida en volcánicos harapos.

Quiero que al limpio amor que recorriera
mi dominio, descansen los cansados,
se sienten a mi mesa los oscuros,
duerman sobre mi cama los heridos.

Hermano, ésta es mi casa, entra en el mundo
de flor marina y piedra constelada
que levanté luchando en mi pobreza.

Aquí nació el sonido en mi ventana
como una creciente caracola
y luego estableció sus latitudes
en mi desordenada geología.

Tu vienes de abrasados corredores,
de túneles mordidos por el odio,
por el salto sulfúrico del viento:
aquí tienes la paz que te destino,
agua y espacio de mi oceanía.

VOY A VIVIR
(1949)

Yo no voy a morirme. Salgo ahora
en este día lleno de volcanes
hacia la multitud, hacia la vida.
Aquí dejo arregladas estas cosas
hoy que los pistoleros se pasean
con la “cultura occidental” en brazos,
con las manos que matan en España
y las horcas que oscilan en Atenas
y la deshonra que gobierna a Chile
y paro de contar.
Aquí me quedo
con palabras y pueblos y caminos
que me esperan de nuevo, y que golpean
con manos consteladas en mi puerta.

13 de julio de 2006

El poeta trabaja con la muerte *

En los diez últimos años de su vida Pablo Neruda escribió una veintena de libros de poesía, la mitad de ellos estando ya enfermo. Ocho fueron publicados como obra póstuma. Prueban que su fuerza creadora lo acompañó hasta el momento de la partida. La frescura y diversidad son evidentes en “El mar y las campanas”, “La rosa separada”, “Jardín de invierno”, “Defectos escogidos”, “El libro de las preguntas”, “Elegía”, “2000”, “El corazón amarillo”.

El 12 de julio de 1973, día de su 69 cumpleaños, junto a su lecho en Isla Negra, fuimos testigos de la entrega que hizo a su editor de los ocho libros inéditos. Cuando éste le preguntó si eran para publicación inmediata, respondió: “No. Quiero que aparezcan para mi 70 cumpleaños”. Confiaba estar vivo para recibirlos en ese entonces.

Característica suya es la intensidad de su vida y de su obra. Respondió a cuanta solicitación fuerte le vino del cuerpo y del espíritu. Escuchó todos los llamados cardinales de su tiempo, del ámbito natural y político. Se entregó sin reservas al goce y descubrimiento del universo físico. Asumió con ardor su deber ciudadano. Ejerció a plenitud su condición irrenunciable de residente en la tierra. Miembro activo del siglo XX, propuso mejorar la suerte del pueblo. Invitó al hombre olvidado a acompañarlo. “Sube a nacer conmigo, hermano”.

En clave contemporánea, se compara su poesía con las de Hesíodo, Lucrecio, Walt Whitman, Victor Hugo. Es muy difícil encontrar otro inventario poético tan rico del reino humano, vegetal, animal, mineral. Algunos hablan, por su reconcentrada dedicación a la suerte del hombre, de una antropología nerudiana. Quiso ser portavoz de anhelos ancestrales insatisfechos. Habló por la humanidad marginada. Y de algún modo sigue haciéndolo.

Impresiona la magnitud y multiplicidad de su temática. No hay poeta que confiera la dignidad de la poesía a tantos asuntos diferentes, grandiosos algunos, pequeños otros, incluso considerados prosaicos.

UN LLAMAMIENTO AL MAGNICIDIO

Solía cometer profanaciones a la “poesía pura”. En los últimos días de 1972 o en los iniciales de 1973, asistimos a una lectura poética para tres personas en Isla Negra. Pablo Neruda leyó íntegramente, con mucho énfasis, una obra recién salida del horno. Sus auditores eran el Presidente de Chile, Salvador Allende, Luis Corvalán, y el autor de estas líneas. En ella invitaba a un magnicidio. Por el otro lado hacía la apología de su causa. El título era una bomba: “Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución Chilena”.

“Esta – dice – es una incitación a un acto nunca visto: un libro destinado a que los poetas antiguos y modernos, extinguidos o presentes, pongamos frente al paredón de la Historia a un frío y delirante genocida”.

El poeta tiene conciencia de que no está escribiendo poesía exquisita, una obra de arte fina. Lo reconoce con todas sus letras. “No tiene – aclara – la preocupación ni la ambición de la delicadeza expresiva, ni el hermetismo nupcial de algunos de mis libros metafísicos”. Argumenta que el poeta de vez en cuando debe “hacer de palanquero, de rababán, de alarife, de labrador, de gásfiter o de simple cachafaz de regimiento, capaz de trenzarse a puñete limpio o de echar fuego hasta por las orejas”.

Se declara bardo de utilidad pública y lanzará su proclama “ofensiva y dura, como piedra araucana (…) Ahora, firmes, que voy a disparar!”. De algún modo vaticina el “impeachment”, que por primera vez en la historia de los Estados Unidos destituye a un Presidente. Richard Nixon no sólo es culpable del “Watergate”. Tiene muchas otras cuentas perndientes. Para citar sólo dos: Vietnam, y aquel golpe del 11 de septiembre, que estremeció al mundo y aceleró la muerte de Allende y Neruda.

ANTE EL CAMBIO DE SIGLO Y DE MILENIO

El 12 de julio de 1973, día del último cumpleaños de Pablo Neruda, junto a otros amigos, fuimos a saludarlo a Isla Negra. Desde el lecho hacía planes con vistas al futuro. En aquel mediodía fuimos testigos de la escena aludida en que entrega al editor varios libros inéditos, entre ellos “2000”, “Elegía”, “El corazón amarillo”.

2000 es un libro pensativo, premonitor.

Allí pidió a los niños del porvenir piedad para sus padres y sus abuelos, porque los años que a ellos les tocó vivir fueron de “pústulas y guerras / años desfallecientes cuando tembló la esperanza / (…) se murió la verdad”.

Sin embargo nunca perdió la fe en la naturaleza, en la especie humana. “Alabada sea – dijo – la vieja tierra color excremento / sus cavidades, sus ovarios sacrosantos”. Celebró a “los hombres / la maldita progenie que hace la luz del mundo”.

Le consta que hay miles de millones de discriminados. Hablará por ellos. Los personificará. “Soy el pobre diablo del pobre Tercer Mundo, el pasajero de tercera instalado, Jesús!”.

El doble cambio de folio no le inspira confianza.

“Proclamo – exclama – lo superfluo de la inauguración:/ (…) la miseria esperando siempre de par en par, / la movilización de la gente hacinada / y la geografía numerosa del hambre”.

El poeta no es Nostradamus, pero en general predijo entre otras cosas algo muy parecido a la guerra de Yugoslavia, del Golfo y tal vez a la de Irak: “Ahora este siglo – anunció en ‘2000’ – debe asesinar / con otras máquinas de guerra, vamos / a inaugurar la muerte de otro modo / movilizar la sangre en otras naves”.

Con todo espera que a la humanidad llegue la paz, ya que ella es “el agua, la verdad, la vida”.

ADIOSES

En “Elegía” no olvida a Jorge Manrique. No evoca aquí a su padre, sino a amigos que lo precedieron en el viaje largo. Antes había practicado incisiones en los maderos del techo del bar de Isla Negra, anotando los nombres de sus queridos difuntos. Lo estimaba un lugar adecuado para brindar por ellos. Simplemente se le adelantaron en la despedida. En cierto modo lo esperan en alguna parte del recuerdo. En “Elegía” se evidencia que la experiencia de morir se le aproxima.

Es una meditación entrelazada sobre la amistad y la muerte. Uno a uno va retratando. Dice “adiós Alberto, al escultor toledano”. Revive el “gran día dorado” que fue la existencia del poeta turco Nazim Hikmet.

Alguna vez Neruda me entregó los originales del libro para que yo le echara una mirada. Su nombre era “Elegía de Moscú”. Pues la mayoría de los responsos estaban dedicados a las amistades que frecuentaba en las proximidades del Kremlin y la catedral San Basilio, que le encantaba por sus torres bizantinas y su estructura de juguetería. Saca el pañuelo de los adioses y lo agita por Ehrenburg, por su traductor al ruso Savich, por su cómplice en locuras, Sioma Kirsanov, en esa ciudad del zar Iván y del que llama “Stalin el terrible”. Dice su admiración y congoja a dos poetas esenciales que simbolizaron dos épocas: Pushkin y Mayakovski. Para él entrañan “advertencias de ceniza”.

EL ALUMNO DE GALILEO

Si el duelo es el eje de “Elegía”, “El corazón amarillo” enciende todos los semáforos verdes para que la fantasía haga locuras proclamando el derecho de la poesía a las diabluras del absurdo.

Vía libre a la alegría de la fabulación sin autocensura, al reino de lo gratuito, a “hacer agujeros en el aire”. Reconoce el derecho a la “loca de la casa” a tocar todas las campanas anunciando el advenimiento de la razón de la sinrazón.

Cuando periodistas demasiado curiosos quieren que les cuente cómo es aquello de la muerte, el discípulo de Galileo aclara: “Sin embargo yo me muevo”.

El poeta multiuso y todo terreno sigue moviéndose por el mundo, conquistando lectores, ayudando a los enamorados. Declara los posibilidad de todos los imposibles.


*Prólogo escrito por Volodia Teitelboim para los poemarios “Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución Chilena”, “2000”, “El corazón amarillo” y”Elegía”, publicados en la edición “Pablo Neruda de bolsillo” de editorial Sudamericana del año 2004, en la que se incluyó también “Geografía infructuosa”, con prólogo de Oscar Hahn.

3 de julio de 2006

Una página en la vida de Pablo Neruda


La carta de los cubanos*

“Hacía tiempo que los escritores peruanos, entre los que siempre conté con muchos amigos, presionaban para que se me diera en su país una condecoración oficial. Confieso que las condecoraciones me han parecido siempre un tanto ridículas. Las pocas que tenía me las colgaron al pecho sin ningún amor, por funciones desempeñadas, por permanencias consulares, es decir, por obligación y rutina. Pasé una vez por Lima y Ciro Alegría, el gran novelista de “Los perros hambrientos”, que era entonces presidente de los escritores peruanos, insistió para que se me condecorase en su patria. Mi poema “Alturas de Macchu Picchu” había pasado a ser parte de la vida peruana; tal vez logré expresar en esos versos algunos sentimientos que yacían dormidos como las piedras de la gran construcción. Además, el presidente peruano de ese tiempo, el arquitecto Belaúnde, era mi amigo y mi lector. Aunque la revolución que después lo expulsó del país con violencia dio al Perú un gobierno inesperadamente abierto a los nuevos caminos de la historia, sigo creyendo que el arquitecto Belaúnde fue un hombre de intachable honestidad, empeñado en tareas algo quiméricas que al final lo apartaron de la realidad terrible, lo separaron de su pueblo que tan profundamente amaba.

Acepté ser condecorado, esta vez no por mis servicios consulares sino por uno de mis poemas. Además, y no es esto lo más pequeño, entre los pueblos de Chile y Perú hay aún heridas sin cerrar. No sólo los deportistas y los diplomáticos y los estadistas deben empeñarse en restañar esa sangre del pasado, sino también y con mayor razón los poetas, cuyas almas tienen menos fronteras que las de los demás.

Por esa misma época hice un viaje a los Estados Unidos. Se trataba de un congreso del Pen Club mundial. Entre los invitados estaban mis amigos Arthur Millar, los argentinos Ernesto Sábato y Victoria Ocampo, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, el novelista mexicano Carlos Fuentes. También concurrieron escritores de casi todos los países socialistas de Europa.

Se me notificó a mi llegada que los escritores cubanos habían sido igualmente invitados. En el Pen Club estaban sorprendidos porque no había llegado Carpentier y me pidieron que yo tratara de aclarar el asunto. Me dirigí al representante de Prensa Latina en Nueva York, quien me ofreció transmitir un recado para Carpentier.

La respuesta, a través de Prensa Latina, fue que Carpentier no podía venir porque la invitación había llegado demasiado tarde y las visas norteamericanas no habían estado listas. Alguien mentía en esa ocasión: las visas estaban concedidas hacía tres meses y hacía también tres meses que los cubanos conocían la invitación y la habían aceptado. Se comprende que hubo un acuerdo superior de ausencia a última hora.

Yo cumplí mis tareas de siempre. Di mi primer recital de poesía en Nueva York, con un lleno tan grande que debieron de poner pantallas de televisión fuera del teatro para que vieran y oyeran algunos miles que no pudieron entrar. Me conmovió el eco que mis poemas, violentamente antiimperialistas, despertaban en esa multitud norteamericana. Comprendí muchas cosas allí, y en Washington, y en California, cuando los estudiantes y la gente común manifestaban su aprobación a mis palabras condenatorias del imperialismo. Comprobé a quema ropa que los enemigos norteamericanos de nuestros pueblos eran igualmente enemigos del pueblo norteamericano.

Me hicieron algunas entrevistas. La revista “Life en español”, dirigida por latinoamericanos advenedizos, tergiversó y mutiló mis opiniones. No rectificaron cuando se lo pedí. Pero no era nada grave. Lo que suprimieron fue un párrafo donde yo condenaba lo de Vietnam y otro acerca de un líder negro asesinado por esos días. Sólo años más tarde la periodista que redactó la entrevista dio testimonio de que había sido censurada.

Supe durante mi visita – y eso hace honor a mis compañeros los escritores norteamericanos -, que ellos ejercieron una presión irreductible para que se me concediera la visa de entrada a los Estados Unidos. Me parece que llegaron a amenazar al Departamento de Estado con un acuerdo reprobatorio del Pen Club, si continuaba rechazando mi permiso de entrada. En una reunión pública, en la que recibió una distinción la personalidad más respetada de la poesía norteamericana, la anciana poetisa Marianne Moore que murió muchos meses después, ella tomó la palabra para regocijarse de que se hubiera logrado mi ingreso legal al país por medio de la unidad de los poetas. Me contaron que sus palabras, vibrantes y conmovedoras, fueron objeto de una gran ovación.

Lo cierto y lo inaudito es que después de esa gira signada por mi actividad política y poética más combativa, gran parte de la cual fue empleada en defensa y apoyo de la revolución cubana, recibí, apenas regresado a Chile, la célebre y maligna carta de los escritores cubanos encaminada a acusarme poco menos que de sumisión y traición. Ya no me acuerdo de los términos empleados por mis fiscales. Pero puedo decir que se erigían en profesores de las revoluciones, en dómines de las normas que deben regir a los escritores de izquierda. Con arrogancia, insolencia y halago, pretendían enmendar mi actividad poética, social y revolucionaria. Mi condecoración por Macchu Picchu y mi asistencia al congreso del Pen Club; mis declaraciones y recitales; mis palabras y actos contrarios al sistema norteamericano, expresados en la boca del lobo; todo era puesto en duda, falsificado o calumniado por los susodichos escritores, muchos de ellos recién llegados al campo revolucionario, y muchos de ellos remunerados justa o injustamente por el nuevo estado cubano.

Este costal de injurias fue engrosado por firmas y más firmas que se pidieron con sospechosa espontaneidad desde las tribunas de las sociedades de escritores y artistas. Comisionados corrían de aquí para allá en La Habana, en busca de firmas de gremios enteros de músicos, bailarines y artistas plásticos. Se llamaba para que firmaran a los numerosos artistas y escritores transeúntes que habían sido generosamente invitados a Cuba y que llenaban los hoteles de mayor rumbo. Algunos de los escritores cuyos nombres aparecieron estampados al pie del injusto documento, me han hecho llegar posteriormente noticias subrepticias: “Nunca lo firmé; me enteré del contenido después de ver mi firma que nunca puse”. Un amigo de Juan Marinello me ha sugerido que así pasó con él, aunque nunca he podido comprobarlo. Lo he comprobado con otros.

El asunto era un ovillo, una bola de nieve o de malversaciones ideológicas que era preciso hacer correr a toda costa. Se instalaron agencias especiales en Madrid, París y otras capitales, consagradas a despachar en masa ejemplares de la carta mentirosa. Por miles salieron esas cartas, especialmente desde Madrid, en remesas de veinte o treinta ejemplares para cada destinatario. Resultaba siniestramente divertido recibir esos sobres tapizados con retratos de Franco como sellos postales, en cuyo interior se acusaba a Pablo Neruda de contrarrevolucionario.

No me toca a mí indagar los motivos de aquel arrebato: la falsedad política, las debilidades ideológicas, los resentimientos y envidias literarias, qué sé yo cuántas cosas determinaron esta batalla de tantos contra uno. Me contaron después que los entusiastas redactores, promotores y cazadores de firmas para la famosa carta, fueron los escritores Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes y Lisandro Otero. A Desnoes y a Otero no recuerdo haberlos leído nunca ni conocido personalmente. A Retamar sí. En La Habana y en París me persiguió asiduamente con su adulación. Me decía que había publicado incesantes prólogos y artículos laudatorios sobre mi obras. La verdad es que nunca lo consideré un valor, sino uno más entre los arribistas políticos y literarios de nuestra época.

Tal vez se imaginaron que podían dañarme o destruirme como militante revolucionario. Pero cuando llegué a la calle Teatinos de Santiago de Chile, a tratar por primera vez el asunto ante el comité central del partido, ya tenían su opinión, al menos en el aspecto político. – Se trata del primer ataque contra nuestro partido chileno -, dijeron.

Se vivían serios conflictos en aquel tiempo. Los comunistas venezolanos, los mexicanos y otros, disputaban ideológicamente con los cubanos. Más tarde, en trágicas circunstancias pero silenciosamente, se diferenciaron también los bolivianos.

El partido comunista de Chile decidió concederme en un acto público la medalla Recabarren, recién creada entonces y destinada a sus mejores militantes. Era una sobria respuesta. El partido comunista chileno sobrellevó con inteligencia aquel período de divergencias, persistió en su propósito de de analizar internamente nuestros desacuerdos. Con el tiempo toda sombra de pugna se ha eliminado y existe entre los dos partidos comunistas más importantes de América Latina un entendimiento claro y una relación fraternal.

En cuanto a mí, no he dejado de ser el mismo que escribió “Canción de gesta”. Es un libro que me sigue gustando. A través de él no puedo olvidar que yo fui el primer poeta que dedicó un libro entero a enaltecer la revolución cubana.

Comprendo, naturalmente, que las revoluciones y especialmente sus hombres caigan de cuando en cuando en el error y en la injusticia. Las leyes nunca escritas de la humanidad envuelven por igual a revolucionarios y contrarrevolucionarios. Nadie puede escapar de las equivocaciones. Un punto ciego, un pequeño punto ciego dentro de un proceso, no tiene gran importancia en el contexto de una causa grande. He seguido cantando, amando y respetando la revolución cubana, a su pueblo, a sus nobles protagonistas.

Pero cada uno tiene su debilidad. Yo tengo muchas. Por ejemplo, no me gusta desprenderme del orgullo que siento por mi inflexible actitud de combatiente revolucionario. Tal vez será por eso, o por otra rendija de mi pequeñez, que me he negado hasta ahora, y me seguiré negando, a dar la mano a ninguno de los que consciente o inconscientemente firmaron aquella carta que me sigue pareciendo una infamia”.

*Extraído del libro “Confieso que he vivido”.