15 de abril de 2013

Viaje


Osorno y su plaza oxidada.
Quillota y su producción en serie,
Vicuña Luján Pelluhue Chanco
Los Andes y el respiro.
Suave atardecer colgando en las ramas
de una preciosa cáñamo, perfecta, inolvidable.
Creíamos estar en Talca, pero amanecimos en
Pichilemu. Nos metimos al mar y aparecimos en
Caldera, subimos en micro a Vallenar y de pronto:
la tumba de Gabriela Mistral, en Montegrande.
Ahora Cartagena, en las fauces del mar
frente al litoral perdido de Los Vilos.
Un viaje sin restricciones,
una geografía nada infructuosa.

Nocturno


Primero una suave sonrisa;
después tus ojos, categóricos,
señalando la ruta de mi lengua,
buscando el refugio de mis palabras,
atesorando el eco de ellas, dejándote
hermosa como una mirada hacia la lluvia;
después el sueño, la imagen,
el campo solitario y su lámpara encendida,
diciéndole a la niebla esta es nuestra aldea,
aquí están nuestros huesos,
listos para la primavera.

San Justo


21.07



Cae la tarde en la periferia.
Escucho viejas canciones:
locos arrecifes de coral,
olas infinitas, jaulas de lluvia,
algas marinas como ninfas,
mutando hacia sirenas, dioses,
animales paganos y oficiales:
un cuadro preconcebido
en las viejas cavernas del paleolítico.
La belleza de la bestia,
el exacto perfil de la hembra,
la desgraciada mano del macho:
la fiesta del cadáver iluminado.
El inminente regreso
al polvo de la materia.

(...)

13 de abril de 2013

El poeta


Guardo bajo mi piel
un océano despedazado y regado
con la sangre de todas las madres
con los huesos de todos los padres
una masa oscura de humanidad
esparcida con pegamento negro

escupo el tiempo de todos los tiempos
baba humana y lombriz
tras cinco siglos de trabajo
rompiendo la piedra
vaciando la montaña
cayendo al mar de cabeza
para terminar lavando pañales
en el tibio amanecer

Una carga pesada
llevan mis manos
herramientas quemadas
amistades muertas
ásperas heridas

una época mojada
donde nació lo bruto

el tedio

la boscosa actitud de yacer




*De "Valparaíso Vintage" (inédito a la fecha)

9 de abril de 2013

Serguéi Esenin


El último poeta de la aldea

Una tarde antes de la Navidad de 1925 un sombrío viajero pedía alojamiento en el Hotel Angleterre de Leningrado. Durante tres días yace en su cuarto, sumido en estado de ebriedad. Termina por ahorcarse, no sin antes dejar escrito con su propia sangre un poema que termina diciendo: "Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras, / no te entristezcas ni frunzas el ceño. / En esta vida el morir no es nuevo / y el vivir, por supuesto, no lo es".

Quien se suicida a los treinta años de edad dejando como testamento estas líneas es Serguéi Esenin, considerado junto a Maiakovski y Boris Pasternak como el más importante de los poetas ruso–soviéticos, siendo los tres considerados como lo señala Sophie Laffitte: "figuras mitológicas contra el fondo apocalíptico de la Revolución".


La vida de Esenin se inicia como una especie de cuento de hadas. Nació en el centro mismo de Rusia, en la aldea de Konstantinovo, cerca de Riazán. Hijo de campesinos, sus padres lo habían destinado a ser preceptor primario, pero rehusó continuar sus estudios, para dedicarse a la poesía, para la cual desde su infancia había mostrado la más viva disposición. "Serguéi Esenin, más que un hombre es un órgano que ha creado la naturaleza exclusivamente para la poesía", dijo Máximo Gorki cuando lo conoció. Desde niño escuchaba a los poetas populares errantes y repetía sus canciones, a la vez que componía las propias. Se unía a los peregrinos para visitar las catedrales, admirar los íconos, haciendo una vida de vagabundo y nómade. "En el transcurso de uno de esos peregrinajes –cuenta Franz Hellens–, Esenin cantó sus poemas, a los peregrinos que esperaban el tren agrupados en una pequeña estación. Conmovió en tal forma a esas almas simples, que los hizo llorar; un viejo se salió del grupo, y aproximándose al poeta, tembloroso de alegría, desanudó el pañuelo que le servía de monedero y sacó de él cincuenta kopeks, toda su fortuna para el camino, que obligó a Esenin a aceptarlos".

El renombre del poeta campesino se extendió más allá de su aldea y un funcionario que lo tomó bajo su protección, lo llevó a leer sus versos ante los zares. "Seguirá la luna creciente o menguante / derramando sus remos por los lagos. / Y la Rus, como siempre vivirá, bailará y llorará botada en el camino". La Emperatriz halló que los versos eran "demasiado tristes". "Rusia es así" le contestó el poeta.

Esenin empieza a oír el llamado de la venidera Revolución, ese sordo fragor como de un mundo que se derrumba que escuchaba Blok mientras escribía Los 12 y entra a formar parte del grupo dirigido por Ivanov-Razumnik, ideólogo del "socialismo místico" proclamador que en "el socialismo el sufrimiento del mundo salva al hombre", al revés del cristianismo; y que Rusia es revolucionaria y orgánicamente socialista, en contraposición al Occidente burgués, individualista y ateo.

En Moscú, Esenin obtiene una fulminante popularidad, ya surge su fama de "camorrista y escandaloso", seduce a todos con su figura de joven de cabellos rubios y ojos azules. Poéticamente, encabeza el grupo de los Imaginistas, pero lo abandona prontamente y declara que "lo importante no es la imagen, sino el sentimiento poético del mundo". Su expresión poética proviene del sentimiento ancestral del campesino que ignora las comparaciones abstractas y para el cual todo objeto es definido en comparación con otro objeto. Así, para Esenin los sauces son ancianos, el sol una rueda, la aurora una gata que se lava en el tejado, la tierra una nodriza, la luna una miga o una oveja.

Se puede decir de la poesía de Esenin lo que se dijo en su tiempo de la poesía de Francis Jammes: "que aparece como una muchacha desnuda en el rocío", rompiendo el aire enrarecido que había traído el simbolismo de Balmont y Merezhkovski a la poesía rusa. Parece no estar escrita con palabras, sino con surcos de arados, bosques, perros que ladran a la luna. La poesía de Esenin se singulariza por ser un intento de revivir la tierra natal y los días de infancia –esas hermanas gemelas– que constituyen el "paraíso perdido", en este caso el mundo campesino estable y ordenado. Mientras para Maiakovski era preciso escupir sobre el pasado y la poesía era un vehículo para transformar el mundo, Esenin –aunque desgarrado por contradicciones internas– fundamentalmente se volvía hacia un mundo pasado, al que presentía condenado a desaparecer, tal como en un poema en el cual describe un caballo que se esfuerza inútilmente por alcanzar una locomotora.

Al llegar la Revolución de Octubre, Esenin se pone de lado de los bolcheviques, escribe poemas revolucionarios y un largo poema "Inonia" ("Otra") en la cual –influido por el poeta Nicolai Kliúiev– expone su mesianismo campesino, según el cual la Revolución traerá a Rusia el reinado del mujik, el paraíso terrestre aldeano. Lo que halló expresión artística en la poesía de Esenin, dice el crítico Suren Gaisarian, "fue el sueño con el justo país del mujik, y en ese sueño se mezclaban caprichosamente los sentimientos y estados de ánimos más contradictorios. El secular apego a la tierra, la exaltación del atraso de la aldea y el miedo a la ciudad. El anhelo de acabar con la vieja vida y el desconocimiento de las auténticas vías de lucha, el temor a los cambios. El ingenuo carácter soñador y la animadversión a los señores. Plegarías, óleos sagrados y granujadas, golfería, sobre todo entre la juventud campesina. "Fuerzas ciclópeas y debilidad de espíritu, impotencia".

La popularidad de Esenin se acentúa durante los tiempos de la Revolución, en los cuales en las ciudades la poesía oral o escrita es el género más apetecido hasta por los tranquilos burgueses, y desplaza a la prosa en plazas y cafés como lo describe Ilya Ehrenburg en sus Memorias. Pero la Revolución se desplaza política y económicamente en un sentido distinto al que esperaban Esenin y los poetas campesinos. "El comunismo es el poder soviético más la electricidad" decía Lenin. La Revolución ha sido fundamentalmente obra del proletariado industrial que dirigido por los bolcheviques empieza a hacer salir de su letargo al coloso ruso. "Edificación", "Cemento", "El torrente de hierro" son las obras de éxito, que la situación requiere. Aunque Esenin escribe poemas revolucionarios como "Anna Sniéguina", "Lenin", "Balada de los 26" empieza a acentuarse su desajuste con la realidad. Su poema dramático "Pugachov", biografía del héroe rebelde cosaco del siglo XVIII, en el fondo exaltación del individualismo anárquico, es mal acogido por la crítica. Esto aumenta su depresión, su afición a la bebida. Entretanto aparece en la URSS como un meteoro la bailarina Isadora Duncan, que se une en matrimonio con el poeta (1921) y lo lleva consigo, para darlo a conocer en el Occidente.

Aparecen sus primeras antologías en Alemania y Francia. Pero Esenin que hasta se negaba a hablar en un idioma que no fuera el suyo, se sentía totalmente desambientado en el extranjero. "Occidente es el reino del dólar, del fox trot, de la espantosa pequeña burguesía, siempre vecina a la idiotez", escribía a su amigo Marienhof. Y añadía: "Aquí hasta los pájaros se posan sólo donde les está permitido". Después de numerosos incidentes y escándalos vuelve a su tierra, en donde siente acentuarse sus contradicciones interiores, por los cambios revolucionarios. En un poema expresa su deseo de "remangarse los pantalones y correr en pos del komsomol". Y en "De vuelta a la patria" exclama: "Yo veo / que más triste, más desolados parecen mi madre y mi abuelo / más alegre, y sonriente el rostro de mi hermana. / Para mí, sin duda / Lenin no es un ícono / pues yo conozco el mundo. / Pero amo mi hogar. / Y mi hermana comienza / abriendo como una biblia el Capital ventrudo / a hablarme de Marx y de Engels. / jamás, en ninguna estación / yo he leído, por cierto, esos libros...".

Llegan los años de la NEP, calificada por los críticos soviéticos como la "época más tenebrosa en la vida y la obra del poeta". Escribe Las tabernas de Moscú, en donde describe su vida de "hooligan", de desplazado social. La inadaptación, los fracasos sentimentales, la dipsomanía lo llevan al suicidio. "El pueblo ha perdido a su resonante guitarrero borrachín" escribió reprobatoriamente Maiakovski, el que se suicidaría cinco años más tarde "al estrellarse la barca del amor contra la vida".

En sus momentos de depresión Esenin consideraba que su poesía resultaría superflua en una nueva sociedad. Sin embargo, como le decía su amigo el pintor Rybikov, el triunfo del socialismo no significaba necesariamente que se terminaran los sauces y los atardeceres. Hoy día, Esenin es considerado uno de los grandes de la poesía soviética, sigue siendo uno de los favoritos del público, sus obras se editan en miles de ejemplares.

Entregar una antología de su obra poética es una tarea casi insuperable, como es costumbre decir en los traductores, máxime considerando que la poesía de Esenin está íntimamente ligada a una musicalidad de la palabra que necesariamente se pierde al vertirse a otro idioma. Sin embargo, confiamos en que "el espíritu que sopla donde puede" ha estado con nosotros y aunque sea en un espejo turbio, el lector encontrará la huella luminosa del "último poeta de la aldea".




"Prologo" en Serguéi Esenin, La confesión de un granuja (Antología poética). Traducción directa del ruso de Gabriel Barra, versión poética de Gabriel Barra y Jorge Teillier. Editorial Universitaria, Santiago, 1973, pp. 9-14. Primera versión en El Siglo, Santiago (26.05.1963).

3 de abril de 2013

Poema de Winétt De Rokha


Montaña del espíritu
   
Con una libertad que gime,
adherida al reino de coral
donde los cetáceos dan manzanas,
perdí mi camafeo negro
y el azúcar de las pestañas.

Todo está en éxtasis, dormido,
el mito semejante y extraño
con una igual fragancia entre las ruinas.

Remeda mi emoción de juncos líquidos
el terciopelo sin piedad del horizonte.

Son infinitos los dolores ilustres
que parten el aspecto exterior de mi suerte,
e innumerables los ecos
de los charcos divinos.

Pero mi canción recoge
el diapasón de la sombra que canta.

Bella urraca del cielo,
voy, (celeste), encuadernando
mi imagen de azahares confundida.

Existo para descifrar un alfabeto disperso,
agrupado de odios explayados
sobre la multiplicidad de los abrojos.

Mercadería tristemente arrinconada,
en mi barco de vela azul y oro,
la poesía me defiende de mí misma,
ahora, cuando como sarmiento de Julio
quemado en lo amarillo profundo,
te entrego un corazón adolescente.

19 de marzo de 2013

Algo de poesía

Poesía simplemente,
tomar nota de una transmutación, 
acertar los números de nada,
no ganar nunca ningún premio,
solicitar constantemente empleo,
refrescarse en la pileta tarde en la noche
y ser detenido por carabineros en 
estado de ebriedad; poesía simplemente,
lujuria en cajas de cartón,
el diario de vida de una modelo,
una petaquita que se baja manejando,
sobrio, entre Con-Cón y Quintero, 
una noche tan estrellada como tus dientes.
Poesía simplemente,
beber con desgano el café de la mañana,
leer el diario con indiferencia,
apostar de vez en cuando
y llegar puntual al mostrador,
atención al público, entrega de boletos,
encomiendas, recados, dinero, mucho
dinero para saciar el veraneo nacional.
Poesía, simplemente.
Hurgar los destinos de mis pasos,
arrebolar la existencia 
con algo más que lenguaje.



Quilpué, Marzo 2013.-

18 de marzo de 2013

No disparen en Corea



NO DISPAREN EN COREA

Al fondo de Pyongyang 
duerme una fruta
y se prepara
la más hermosa de las primaveras



Que no hablen los ejércitos
ni los príncipes herederos:

Que hable la sonrisa del pueblo,
la dulce poesía del Juche, suavemente,
como mermelada de rosas
en voz de una niña.


En el Gran Palacio de Estudios del Pueblo
treinta millones de libros esperan abiertos:
Pyongyang y sus suburbios acarician el ocaso
como el campesino su herramienta:
el color de las tardes es el mismo de la provincia:
ojos semiabiertos y el pulso de la tierra 
resistiendo.


 La ciudad ya fue arrasada
y sus habitantes calcinados
en el fuego de la historia:
pero el corazón es una fábrica
y se echa a andar lentamente:
rosas rojas nacen como pestañas 
de párpado ancestral.


Ah vieja capital de sauces
cuándo la paz en ti
cuándo el Taedong y su canción milenaria,
lejos, muy lejos de la horca occidental.


Las bestias braman en los altos rascacielos:
sus equipos celulares registran insultos,
sanciones, drásticas medidas:

Una exaltación de la barbarie,
una mazmorra nuclear.


Sin embargo suceden sonrisas
en fábricas y parques
en escuelas y universidades:
el hambre ya no está en los párpados:
el afán personal es la manzana de todos
y su gesto
una dramática resignación al combate:

La dura cárcel de la amenaza extranjera
prepara el zarpazo de la peor de sus bestias,
acorralada en una jaula económica,
consumida por estupefacientes, 
y enferma de videojuegos:

La bolsa en Nueva York afila sus colmillos
y el viento helado vuelve a bajar de Siberia:

Corea duerme con mil balas
apuntándole la cabeza.


Dice el diario occidental:
las mujeres no pueden andar en bicicleta
y deben usar todas el mismo corte de pelo:

Los empleados repiten el cable y la pauta canalla 
de la prensa cómplice va pariendo titulares:

Una bomba nuclear vende más diarios
que el palpitar de un niño 
en el vientre de una mujer norcoreana:

Una orden del jefe
vale más que cien mil vidas.


¿Qué sabemos de Pyongyang y sus parques,
llenos de pájaros como poemas, cantando serenos,
frente a la boca misma de su apocalipsis?

¿Qué sabemos de su independencia,
de su múltiple primavera de sangre?

¿Qué sabemos de sus atardeceres,
de sus pesadillas con Leviatán,
viniendo del mar enfurecido
a arrasar los ojos de sus niños?

¿Qué?



El verdadero sabor de la humanidad
es el precioso momento de los hijos:

Que los presidentes se maten entre ellos.


No a la guerra en Corea:
no a la sangre
en el Mar Amarillo:
no al paraguas nuclear:
no al intervencionismo
occidental.

Que no suceda Irak, que no suceda Libia:
armas y guerras inventadas por petróleo,
por acciones, por mercenarios.

La humanidad ya ha sangrado suficiente.

Es hora de ser primavera, una fruta para cada niño,
una flor por cada bandera, un poema por cada muerto.


NO DISPAREN EN COREA


Valparaíso, Chile, marzo de 2013.-

Absalón Opazo M.-

6 de febrero de 2013

Las Máscaras

En esa época yo fingía ser feliz.
Me desnudaba todas las noches, bebía
licores robados en supermercados chinos,
deambulaba espiando restaurantes de lujo
para retratar estómagos en éxtasis,
con una cámara digital japonesa.
Me comportaba como un espía ciego:
cosas horripilantes me venían a la cabeza.
No soportaba las bocinas de los autos,
los pájaros me causaban terror,
los ladridos de los perros me hacían orinar.

Pero fingía ser feliz
y las tardes me sorprendían como un querubín
ebrio de polen o miel, llorando emocionado
por la puesta de sol. O absolutamente romántico
escribía poemas con un plumón en las estaciones
del tren. Entonces creía en el poder de la palabra,
pero mi aspecto era lamentable: no comía en días,
no me bañaba en semanas, y mi ropa siempre
estaba húmeda, me sudaban las manos y los pies,
me salieron hongos en los zapatos, la cabeza
se me llenó de piojos. Comencé a comerme las uñas.
Esto último generó en mí un sentimiento de asco total,
hacia la vida y hacia la muerte, pero fingía ser feliz
y en las calles saludaba a todos los vecinos con un alegre
“buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”,
y cargaba bolsas vacías para aparentar que comía,
que no sufría el hambre, que no estaba humillado
caminando escaso por las veredas, soportando
la provocación de las vitrinas.

Lo que quiero decir es que no pude escapar,
y me embarga una sensación de impotencia,
una vaguedad facunda;

Yo creí que escribir me hacía bien,
pero un insecto se mete en mi oreja
cada vez que menciono algunas palabras,
provocando un ataque de pánico casi
incontrolable en mi persona.

Este triste espectáculo lo he cometido
en innumerables lugares:
en la Fuente de Soda Españita
en el Internado de Señoritas
de las Hermanas Marinas de Portugal
en medio de un desfile naval
en la pescadería de San Benito;
los vecinos creen que tengo epilepsia
e insisten en hacerme morder una toalla
cuando lo que necesito es
¡sacar un insecto de mi oreja!

Debía tener cuidado con las palabras,
me mentalizaba y consumía un estricto
desayuno, procuraba aparecer servicial
y ágil, proactivo, integrado a la red social,
pero las ojeras arruinaron cualquier truco;
a nadie engañé con mis sonrisas forzadas,
me cayeron palomas muertas en la cabeza,
me tropezaba con las raíces de los árboles,
realicé absurdos reclamos en la oficina de partes
del registro civil; terminaba siempre durmiendo
en el banco de la plaza en la Biblioteca Nacional,
reblandecido por el frío.

Ahí me sobrevino esa crisis
que no se calmaba con pastillas

¡Imagínense!

Sin pastillas
nadie llega muy lejos

Yo no logro pasar frente a una estatua
sin ponerme a llorar

Creo que

La ciudad me deprime

Mas las hojas en el pavimento me recuerdan que la tierra existe
Que el alarido cósmico de los perros muertos / sigue aullando en las tinieblas de mi boca / esperándome lárico e impasible / junto a la efigie de mi vida / que se esculpe día a día / como los profundos túneles del invierno cuando Buenos Aires y sus heridas no dejan de picar / y la muerte de los días es nuestra propia muerte diaria y personal / y los pasillos de esta capitanía sin alturas semejan una selva de espejos deformes / y no hay otro camino

(Continuará…)

Chilean Way


Máquina, pedazo de metal, eléctrico,
sobornado por el sobrino del jefe,
haciendo el juego sucio, acelerado,
exitoso y conductor de vehículo propio,
puede llegar tarde y ser el primero,
trabajar con una petaquita en la boca,
pagar moteles y señoritas partime,
con tarjeta; el soborno vale oro,
zapatos, restaurantes, casinos con
botellas tan doradas como el color
de las monedas nuevas, cigarrillos y
todos los domingos libres para la familia;
empleado ejemplar, máquina aceitada,
harta grasa para que no falle, para que
haga la pega, para que se muera luego,
desechable como es, pálido y sapo,
consumidor de cerdo y teléfonos.

21 de enero de 2013

LA ROSA PRISIONERA



1.

La rosa sigue perseguida en su romántico borde de espinas, como la paz por la guerra; la persigue un hechicero fúnebre, resentido y voraz, una raza despreciadora de pueblos y caletas, hambrienta de nada; la ciencia lo sabe pero no hay soluciones, sólo tabaquismo y petróleo, ciudades grises, bebida y olvido; en los telares de la palabra, mesas y cuchillos: la rosa sigue prisionera y se multiplican las alambradas, las murallas y el miedo.

2.

La carne es de baja calidad; el suero de los enfermos; los alegatos de la tribu; las cavidades del suelo; el cemento sobre nosotros; los aviones secretos del nuevo orden planean por los campos buscando jardines con rosas de colores para contrabando, tráfico turbio de la belleza que pone todas las rosas en los mismos jardines, gigantes y amplios pero cerrados con enormes muros y guardia uniformada y armada, dispuesta a disparar, prohibiendo el paso.

3.

Las primeras rosas prisioneras fueron cortadas por cuchillos de acero inoxidable, controlados por guantes cien por ciento aislantes; después se rociaron los territorios con el pesticida más terrible, una bomba de cáncer en nuestros cerebros, y cayeron las rosas abatidas en su jardín; algo de nosotros cayó en el fondo de un pozo, pero tuvimos primavera y la más hermosa espera de rosas, todos juntos, desnudos y silvestres.

4.

Tuvimos silencio y un tibio útero que nos hizo árboles de piedra: el mar golpeó nuestros pies, forrados en follaje semi-marino con costras de siglos pegadas como moluscos; las nutrias marinas nos besan, en ellas descansa el mar de nuestros muertos, nos tratamos con amor, y cuando el sol se va ellas desaparecen y salen a la tierra a encender fogatas, comerciar cueros, preparar brebajes y morir en el intento; nosotros volvemos a ser peces de aire salado.

5.

Primero una espina cayó al suelo, después una hoja, un tallo, la rosa; el perfume; el poema no bastó para cubrir los mil ataúdes que selló el viento y la lluvia; las palabras fueron desplazadas por esas gotas tristes que lloraban sobre la tierra, y el caracol tuvo su momento en la ceremonia del olvido: lejos los bosques, el mar y los besos que abrieron las conchas vegetales de la rosa, lejos el universo donde cantamos cántaros poemas, lejos el calor de nuestras madres.

6.

Habilitaron fincas secretas para acaparar la rosa, pero los pétalos caídos nos indicaron el camino de los verdugos; la tinta del color, el perfume de la hoja, tristemente parida cinco segundos antes del corte, el amarillo voraz del fin, el dolor del cuchillo descabezando jardines, frutos, hermosuras y alegorías de carruajes con princesas: silencios que no bastaron para el nuestro, nos copamos en lágrimas y después fuimos anfibios, veloces disparos de vida verde.

7.

Cerveza fría, sombra de árbol, camino de Antofagasta, Valdivia, Papudo; no, fue en las costas al borde de Playa Ancha, bajando por un cementerio acantilado y encontrando el sepulcro de un bandido lleno de rosas, espinosas y claras como ampolletas de la tierra encendidas de día; piadosas cartas de agradecimiento, magia negra de las flores cortadas; cerveza fría, camino abierto y duro de provincia, con todas sus preguntas, con todas sus cruces.

8.

Soñamos con nuestras abuelas, en el ruidoso amanecer de los perros, en el tratado de libertad entre árboles y pájaros, jugo sexual de las hermanas; todas juntas nos mostraron sus manos abiertas, y nos entregaron el ardor de la sangre de la espina; el profundo corazón del dramatismo, rosas rojas incendiándose sobre una lápida húmeda; aprendimos; el jardín monumental en nuestro pecho es más celeste cuando la rosa es libre, niña y desprevenida.

9.

La rosa se abre y se sobresalta y es capaz de los colores; el hombre y la mujer, la planta y el suelo, la flor y el insecto, el aire y la luz, el agua; los elementos se repiten y entonces vamos multiplicando el sembradío de rosas, con vertientes, con alimento, ganando día a día una geometría al carcelero; la luna enrojece, el sol es más pálido; la tierra temblará de nuevo y en las ciudades las multitudes se preparan para la más terrible muerte, sin saberlo.

10.

El océano se torna color petróleo, padecemos un atardecer de tormenta, se divisa ya el viento desatado que inundará con sus aguas las arterias de la población, por debajo, reventando en agua y cañerías los baños y los enseres más preciados; los elementos se potencian con los amargos químicos de nuestro aliento y entonces sobreviene una fosa, una profunda escalera de piedras marinas que se prepara para darnos un manotazo, el último, el primero, el más doloroso.

11.

La rosa vive del agua, frente al mar, en la cordillera o el valle, en nuestro patio o en la gloriosa esfera del espacio público vigilado por niños; la rosa es inocente en su espina, frente a la espina del trueno; la rosa no es cavidad sino alegoría, de lo dramático y lo romántico; un jardín que alguna vez fue planeta, territorio pasadizo y bálsamo de hijos libres, ilustrados y cósmicos en su marcha verde por los márgenes de las cordilleras, por el silencio de los portahues.

12.

La rosa prisionera viaja de prisión en prisión, rodeada de hijos de puta y santitos de capillas carcelarias; como toda obra de arte, se hace esclava en la decoración; como toda flor sin tierra, sin extremadura ni aurora, no da polen, ni insecto ni idioma; pero sobrevive, se impone a la estética dura de los metales filosos, y reparte bandejas en el viento que llenan de pétalos vírgenes las manos, un idioma oculto para los caminos de la tierra.

13.

Se libera la rosa unos segundos y se libera para siempre; su espejo es el cielo que ve todo el mundo; su olor es el viento que nos hace sentir libres; la rosa no es espina de muerte sino de recuerdo, de dolor simple y pequeño, un fruto de sangre condenado a la belleza, a la admiración reducida del color más poderoso del globo; la sangre humana llena de rosas que florecen en silencio por los rincones de la carne, a cada momento, en silencio.

14.

La persiguen por tráfico, por contrabando, porque han puesto precio a su cabeza bella, desafiante: trata de cortarme sin cuchillos, trata de arrebatar mi belleza sin guantes ni tijeras; la espina de la vida está en todos los caminos, la espina es la hermosura que contiene a nuestras bestias; qué es la flor sin su espina, sin el abre sangres que derrocha el color hacia pétalos, pliegues, núcleos; el delirio agudo de la rosa cortada, el canto de la sangre guardada en las manos.

15.

Los lagartos comandan cuchillos, voraces infamias de cuero duro, metálico martirio de nuestras canciones; nos buscan y van cortando nuestras rosas, las venden en los mercados de la unión europea, en el oriente rico, en las sábanas plásticas del norte glamoroso, estúpido, lleno de rosas cortadas; sin jardines pensamos el infinito como dos párpados nuevos que se abren en lo más alto del cielo, cada noche, cuando los pétalos se encienden.

16.

Debemos encontrar jardines para las rosas, o hacer que la propia rosa haga su jardín; vamos juntos en misiones secretas, nadie nos imagina en esto, buscamos y olemos cada rincón de la patria muerta, nuestra tibia república, el más gigante jardín de rosas; esqueleto deforme bajo tierra, siempre hay un atajo en todos los cementerios, buscamos y olemos cada hoja, establecemos colonias, almácigos, puertas de papel pimienta y de madera bronca.

17.

La rosa es libre, la rosa es prisionera; la rosa y sus jardines sufren el bloqueo ideológico de la sobredosis capitalista; la hicieron rentable y decorativa, las quisieron todas y así avanzan quitándonos lo que siempre hemos llevado, como brebaje y fantasía, como rincón húmedo y sueño azul; privatizar el planeta parece una mala idea, alambradas en vez de jardines es acostumbrar al pájaro a su jaula, es corromper el latido áureo de los abriles.

18.

Nuevamente comandamos soldados, resistentes como cien botellas llenas, como cuatro estaciones hablando en simultáneo; la mano dura del cataclismo mundial sobrevino con violencia y desde entonces la rosa deambula sin respiro, con ánimo de jardín, multitud de trompas comunitarias, color y sonido en los campos; canciones de aves, insectos voladores de semen amarillo y a lo lejos, las marcas de la tribu en las rocas del ocaso, persistiendo.

19.

Tenemos jardines, no podemos decir dónde; la persecución arrecia; mirarás la televisión, escucharás la radio, leerás la prensa y no sabrás de la rosa, ni de los jardines, sólo decoración y fritos exóticos; pero existimos; desarrollamos sistemas de riego, canales y pequeños puentes; cosechamos tonalidades como cien mil dioses distintos; el dictamen del territorio no nos incluye, nos trata de tragar en silencio, pero nosotros no cabemos en su boca.

20.

La borrasca de los vestigios nos arrasa, mientras los mares nos encajonan hacia la cordillera y las multitudes hambrientas se vislumbran en el futuro; las rosas y sus colores abren un tránsito de polvo humano hacia mercados más tranquilos, donde se come charqui con vino y fogata a la luz de los acontecimientos; ciudades con intercambio justo de mercaderías, sin viles mafias de colusiones farmacéuticas en supermercados todoterreno; poblaciones alegres, sin violencia ni guardia privada.

21.

Por eso nos enfrentan y nos sobrevuelan con diplomáticos y pesticida; nosotros, el hormigueo inestable por las arterias del territorio, cargando maceteros y trabajando el agua dulce, regándonos en jardines que son invisibles para los perseguidores, carceleros y dueños; visualizamos el triunfo, nos imaginamos ancianos y libres nuevamente entre espinas y pétalos amarillos, hablando de la próxima cosecha, bebiendo bodegas de vino y caldo de carne.

22.

Una agridulce manta de vegetales como fogata del hombre popular, campesinos de herramienta dura pero creadora de campos, con actitud noble: control popular de la alimentación, desalambranza y guitarra al pie de la bandera; rosas en todos los ojales, esparciendo la sangría de su reino en impecables campos cultivados en kilómetros de hojas, palabras y toneles cargados por siglos de madera y roca lágrima, levantando sepulturas en los caminos, con piedras como vasos.

23.

Amanecerá un día y el mundo no estará, no habrán ciudades ni relinchos de caballo en las estaciones hacia la luna; veremos la planta madre del universo coronarse en silencio, rodeada de fantasmas que fuimos nosotros, los que perdimos la batalla del hombre contra el hombre; cabíamos tantos en el sueño que caímos todos, y nos quitaron rosas y limones y pedazos de tierra con algunas de nuestras raíces adentro; nos tienen, buscan poseernos, pero somos infinitos.

24.

Arrecia la persecución, estamos escondidos, pero lo sabemos todo: dónde las esconden, quién las compra, quién las interviene genéticamente; avanzamos escapando, descubriendo contrabandos y estudiando la cosecha; siempre nos acariciamos, y en las noches cuando encendemos el fuego, en las estrellas, el océano de las rosas nos picotea las manos con pájaros luminosos, con destellos de cactus hermanos que nos hacen libres, a pesar de las púas.

25.

La rosa prisionera es más libertaria que nunca; las bombas de racimo no son nuestros racimos, el fósforo blanco tampoco; la cocaína no es nuestra hoja; cultivamos resistiendo y pariendo hijos múltiples que crecen como caracoles, examinando los rincones almácigos del territorio sometido, birlado a la república muerta; alrededor cántaros de agua, pueblos escondidos, animales, chamanes y posadas, oscuridad, luciérnaga y fábula; sabiduría, cruces invertidas y caminos.

26.

El mundo detiene su maquinaria en la próxima estación; nos bajamos a orinar, y olemos por primera vez algo diferente a petróleo; dosis abierta del sembradío, vena azul de las acequias que ocultamos para regar nuestras plantas; crecemos, con pequeños brotes amarillos y rojos rodeando estatuas de aire embalsamado en papel; pensamos en quedarnos abajo pero el mundo nos precisa, y ante el ruido del motor volvemos a subirnos, concientes de la lástima.

27.

Nos vamos despidiendo comiendo almendras, bajando una florida escalera, burlando el sub-contrato ambiental; las industrias son una mandíbula metálica de cortes generales, y sus hombres oscuros como la turbia vida tras los muros; la rosa crece, y todos crecemos juntos cuando cantamos tonadas de espina y pétalos; queremos ser cultivadores, y entregar cosecha a los pies de las cordilleras vírgenes sin paraíso, sin patrullas ni tijeras, sin arreglos florales.

28.

El mar ante nosotros; sabemos ocultarnos; no hay pistas hacia el grupo; ven, ven con nosotros a mirar el jardín del oeste: dos cerros abajo, tres cerros arriba, una pequeña cordillera de arbustos, una perfecta hilera de álamos como cogollos de madre esperando labio y boca; la perfecta composición del cosmos en la agonía de la humanidad, las rosas, sus colores, el perfume libre de nuestros hijos, capataces seminales de todos los sembrados.

29.

Cuando veas la rosa libre, soberana, perpetua, con pájaros luminosos picoteando tus manos, nosotros estaremos comiendo frutos secos en algún camino, escalando las espinas de los cactus; el surco del regadío habrá cumplido su trabajo y las mariposas musicales del mediodía llevarán pétalos de rosa en las alas, volando libres por un aire sin plomo: los automóviles calmarán su latido y el sin sentido de las cárceles, de los muros privados, será nuestra estética de la ruina.

30.

Una rosa pequeña como anillo y nos escapamos, la noche es una sola escalera de ciudades fabulosas, infinitas como tu mirada de criatura marítima, acostumbrada al abandono; ven, vamos, busquemos esta noche el susurro del territorio, la calibración clandestina de la tierra; busquemos algo mejor que las bestias, algo para colorear los muros de la ciudad con el color de las rosas, un pájaro fuera de su jaula, un sub-contrato de flores interconectadas, encendidas como el fuego.

31.

La esperanza de la tierra es la resistencia, el amor de la sangre es el color de las rosas; fibra y símbolo del dolor, la espina nos recuerda lo pequeño de lo humano; vamos de una vez a escarbar la tierra, vamos de una vez a vomitar el barro; olvidemos la corona de espinas y seamos militantes del pétalo, no del arma blanca, no del látigo que asesinó a nuestros abuelos, enterrándolos en la jaula hueso del tiempo, sin derecho a voz, lejos de los jardines.

32.

Algún día cambiaremos la piel por piedras, y la raíz de la rosa en nosotros ya no será imagen sino vientre, pecho, brazo, huesos; rosa roja, amarilla, inconclusa como aquellas tardes mirando el mar, junto al capataz del jardín del sur; durmiendo en miraderos escondidos, estudiando anchos planos de túneles, con una profunda copa de luz sobre la mesa; ahora el nuevo orden acomoda sus máquinas y la materia del tiempo se congela esperando holocausto, sangre, respuesta; nosotros, la calma.



EPÍLOGO

Los años padecieron de todos los dolores posibles, el canto antiguo fue el canto de la agonía y la golpiza, del allanamiento y la desaparición. Pudimos seguir con nuestros muertos a cuestas. Somos hijos nietos de un siglo devastado, hervido a fuego lento y después derramado con violencia, con gritos y agresiones. No sabíamos hasta dónde podía llegar la maldad, no la conocíamos en toda su expresión. Por eso nuestras familias se refugiaron cordillera arriba, lejos, en jardines escondidos, secretos, fantásticos, que después exploramos jugando y peluseando.

Conocimos así a los cuidadores, jóvenes agrónomos que habían desarrollado un impecable sistema de ocultamiento, regadío y expansión de una hermosa planta que según ellos había que preservar como componente importante para el equilibrio del mundo. De ahí en adelante, la rosa prisionera fue nuestra aventura. Hablamos ahora que estamos viejos, con un vaso en la mano, compartiendo el borde del camino. Pero el movimiento sigue, el mundo aún no se libera. Dejamos testimonio de nuestra siniestra época del soldado, aquella época triturada donde la rosa cayó prisionera, iniciándose el mayor sin sentido en la historia del hombre: la privatización de la tierra, del agua y del aire.