30 de noviembre de 2007

Hora de almuerzo

Alguna vez el mar
será la tumba de mis versos

alguna vez la noche
alguna vez tu sombra
alguna vez un cactus
en la carretera al norte

el país mineral
el país fluvial
el país vocabulario

los niños a pie pelado
me saludan desde los calendarios
quemados por la inconciencia

hay un montón de preguntas
y muy pocas respuestas
pocos diccionarios que valen

Hora de almuerzo
caen las verduras de su testículo vegetal
y desde qué páginas tú entiendes esto

abrirás la puerta cuando tarde en la noche
alguien te pida comida

abrirás sabiendo que es invierno
y llueve torrencialmente

Yo vi las caras de la noche
los niños empapados buscando un pan
le vi los ojos en la sopa caliente
que mi abuelo les servía
y después en el plato de comida
y en la fruta y en la leche

y esa sonrisa es lo más cerca que he estado de la poesía

Los niños se perdieron en el tiempo
en alguna calle perdida duermen sus pasos

y yo qué hago en estas páginas?

No cerrarán los mares nunca
su puerta de mil años

en su vientre está el latido
que necesitamos escuchar
de vez en cuando

Hora de almuerzo
paso / respiro

El sol como cada tarde cuelga de la pared
una flor se marchitó en el florero
y en el aire de la pieza dos moscas
se baten a duelo
en un bello ejercicio de física solar
y energía en movimiento

22 de noviembre de 2007

Esta es para hacerte feliz


Niños porteños jugando a los monitos

Playa Ancha, octubre de 2007

8 de noviembre de 2007

Un poeta

Enciendo un cigarrillo
respiro
miro la ciudad que se puede mirar
el mar que se puede conocer
el horizonte que te saluda con melancólica mirada

Cayeron las órbitas de ciertos astros
yo creo a partir de ese vacío
no pienso en despegar mi vista del sol que me espera
en la oscuridad la vida no tiene sentido
por mucha poesía que escriba el impostor hablante

30 de octubre de 2007

La poesía qué podemos decir de la poesía

Mejor enrollemos algo seco
nada en polvo
algo de ramas y
alguna botella achinada

Mejor tus ojos abiertos
botando las cenizas que antes
fumamos amables
mirando de reojo
el devenir mundial
en esa tele que da vueltas
y vueltas

Lentes oscuros para la mente
mientras soñamos con la estatua
de la diosa creadora del gemido

La vida se parece a un afiche
pegado con esa cola nocturna
de la independencia cultural
antes mucho antes
de patrimonios y concursitos

Hay quienes cayeron reventados
en los acantilados del olvido
hay otros que duermen en las cajas
de sus medicamentos (pastillas crónicas)
hay a veces olor a colonia de guagua en tu pieza
cuando la mañana se parece a tu vaso ciego
que me mira y no me reconoce

Quisiera tocar ese pétalo de cactácea
que se te sale del pecho
aunque nunca lo sabrás

No sé cuándo mirarás el reloj
y admirarás el tiempo caído
en mi amable conversa

Mejor pongamos la radio
en esa canción que tanto nos gusta

Esa canción de agosto
diciembre y abril
esa de guitarras ardientes
en un descontrol que se fuga

Ahora hay que seguir (poner la cabeza)
y no titubear ante una sombra
la ciudad está llena de sombras
tus manos están llenas de sombras
de machucones de aceites
y ya duerme el que dijo ‘la poesía está en decadencia’
mientras sus pies despiertan en medio de la playa
y se agitan en su presencia los monumentos naturales
que las olas pulen por los siglos de los siglos

También duerme el conductor del ferrocarril al sur
pero tus labios siguen fraguando combate
a medida que pasan las horas

‘Dónde estás prenda querida’
esa es la canción
que tanto nos gusta

Mientras
un esqueleto se estremece en el cementerio de Playa Ancha



(...)

28 de octubre de 2007

Pasatiempo*

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.


*Texto de Mario Benedetti.

23 de octubre de 2007

El racismo de los españoles hacia Gabriela Mistral

Gabriela era muy susceptible. Según su traductora Matilde Pomes sufría a ratos delirios de persecución. Durante una comida de escritores en Madrid, le pareció que alguien pronunció un discurso “muy especialmente endilgado a mí”. Escucha decir – según explicó más tarde – que ella siente gratitud porque los conquistadores españoles entraron en contacto con las indias, cosa que efectivamente no sólo había dicho sino también escrito. Algún exagerado – que los hay no sólo en Andalucía – o algún chusco – que sobran en España – o un mal pensado – que tampoco faltan – hizo en voz alta una aclaración muy específica: “Lo que sucede es que esta señora no sabe que si los españoles tomaron indias, fue porque allí no habían monas”. Gabriela se pone fuera de sí. Pretende replicar. ¡Imposible! Todo es risotada, burlas, chistes, comentarios jocosos y picantes.

No puede decir lo que piensa y lo que siente. Enardecida, se dirige al que le parece el más noble de los presentes, moral e intelectualmente hablando, “la conciencia de España”, don Miguel de Unamuno. Éste no le da la razón. Ella quiere argumentar pero la atmósfera ha perdido toda seriedad. Dice algo a favor de los indios y mestizos de América; nadie la escucha; alguien (ella lo atribuye a Unamuno, lo cual resulta casi inverosímil) responde: “¡Qué mueran!”.

Después confesó que en ese momento preciso sintió que se le cortaba el cordón umbilical que la unía a España. Amargadísima, escribió cartas a Chile contando lo sucedido. Su decepción se agravaba por la persecución y las groserías que le llovían…


* Extraído del libro “Gabriela Mistral, pública y secreta”, de Volodia Teitelboim.

18 de octubre de 2007

Anécdotas literarias: Pablo De Rokha

El ladrido del perro es agobiante. Ha caído la noche, y De Rokha intenta concentrarse en su lectura, pero es imposible. El perro del vecino no cesa de ladrar y dar aullidos. El poeta deja la lectura e intenta conciliar el sueño. Pero no puede. El perro no se lo permite.

Al día siguiente, se levanta y sale de su casa. Con sus largos pasos llega hasta la puerta del vecino, toca el timbre, le abren. De Rokha entra a la vivienda, la cruza y llega hasta el patio. Allí busca al perro de su insomnio. Lo llama. Los dueños de casa lo siguen. No entienden nada. El poeta no ha intercambiado palabra con ellos. Cuando tiene al animal frente a él, le dice:

- Usted, perro, es un desgraciado, un infortunado, y lo compadezco. Porque tiene un amo que es un estúpido y no sabe cómo tratar a los animales.

Pronunciada la adhesión canina, De Rokha se dio media vuelta y salió tal cual. Sin dirigirle ni una sílaba a sus vecinos, que lo seguían estupefactos.

Luis Sánchez Latorre, Filebo (crítico literario recientemente fallecido, N. de la R.), se ríe mientras cuenta esta historia. Se la narró su protagonista, De Rokha, claro, y la repite hoy porque a la imagen de hombre áspero, rudo, polémico, quiere oponer la del personaje tierno, humano, generoso y sensible, que tiene como lecturas de cabecera a Esquilo, el Quijote o la Biblia.

Cuando a Pablo de Rokha le dieron el Premio Nacional de Literatura, en Licantén, su pueblo natal, decidieron nombrarlo Hijo Ilustre. De Rokha invitó a Filebo a integrar su comitiva. – Para él yo era y tenía que ser el cronista de estos homenajes –, dice el crítico y periodista. Como no pudo acompañarlo, envió a un estudiante que hacía su práctica en el diario. – Era el muchacho más quitado de bulla de todo el equipo – aclara Filebo – por lo que pensé que era la persona más adecuada para cubrir esos eventos.

A los cuatro días regresa el joven reportero y Filebo lo interroga:

- ¿Transcurrió todo bien?
- Sí, todo bien.
- ¿Y usted, cómo lo pasó?
- Más o menos…
- ¿Por qué?
- Hubo una fiesta, y pasó algo raro, yo estaba ahí como cronista solamente, pero no me creyeron, me tiraron al suelo y me patearon.

Filebo, impresionado, llamó por teléfono a De Rokha. Pero el poeta nada sabía del asunto:

- Mire, compañero, usted sabe que yo soy un caballero, que jamás voy a hacer algo así. Esto debe ser una calumnia.

Ofendido, Sánchez Latorre insiste en la responsabilidad rokhiana en el atentado contra su reportero. Durante tres días discutieron por teléfono. Al cuarto, De Rokha mandó de delegado a su hijo José, que explicó la situación:

- Mi padre no estaba presente, pero en un momento de la fiesta, ya estaban todos borrachos, el periodista miró a una niña, y todos creyeron que le estaba haciendo gestos, y le pegaron.

Satisfecho con las explicaciones, y ya más tranquilo, Filebo interroga nuevamente a su protegido:

- Bueno, ¿pero el viaje lo hicieron en automóvil?
- Sí, y yo me fui con don Pablo.
- ¿Y notó algo extraordinario?
- Sí. Llevaban unos tiestos con cerveza.
- ¿Y tomó Pablo De Rokha?
- Sí.
- ¿Cuántas se tomó de aquí a Licantén?
- Unas cuarenta cervezas…

Esto fue en 1965. De Rokha tenía setenta y un años. Y a la imagen cálida, Filebo suma otra, la de la desmesura, en este retrato de un De Rokha colosal.


* Extraído del libro “La guerrilla literaria”, de la periodista Faride Zerán.

5 de octubre de 2007

Violeta Parra

A propósito de los 90 años del nacimiento de la gran cantora de Chile. Siempre se ha comentado el escaso material bibliográfico sobre Violeta Parra. Yo tengo la suerte de tener un libro con la poesía de Violeta. Las letras de sus canciones en el papel. El título es “21 son los dolores. Violeta Parra, Antología Amorosa”. La edición es la cuarta, del año 1981 y pertenece a Ediciones Aconcagua, Colección Mistral.

En total son 75 los poemas, más la introducción, algunas notas, datos sobre la bibliografía y discografía, y explicaciones sobre los cantos en décimas. El título de la introducción es decisivo: Violeta Parra, fundadora musical de Chile. Recopiladora, creadora, en todas las artes. Fundadora musical de Chile.

Un caballero de edad me dijo que había visto cantar a Violeta Parra en la plaza Sotomayor, muchos años atrás. No le gustó. La encontró muy monótona. Otra persona antigua del campo chileno recordaba la llegada de Violeta a un pueblo del sur: con una damajuana de vino en una mano, con la guitarra en la otra, se instalaba con sus hijos en la casa que siempre la recibía, y todos estaban invitados a escucharla cantar y a compartir con ella. Llegaban todas las personas de los caseríos. O los que podían. Los peones en labores se la perdieron varias veces.

En un principio cantaba en cabarets santiaguinos. Animaba fondas y fiestas populares con un repertorio de valses peruanos, corridos mexicanos y boleros. Su hermano Nicanor la motivó: “ándate al campo, busca el folclor”. De ahí vinieron años de investigación y lo que ya todos sabemos. Sin Nicanor no hay Violeta, dijo ella misma una vez ante varias personas. Hoy todos rinden tributo a la Violeta inmortal y en Las Cruces, Nicanor le deja migas a los pájaros. Siempre sembrando vida, alimento, creación. Como lo hizo en su momento con su “hermana vieja”.

Ahora, una anécdota de Violeta, extraída del libro “Quilapayún, la revolución y las estrellas”, de Eduardo Carrasco:

“Cuando nosotros la conocimos debo decir francamente que no le caímos en gracia. En esa época, ella vivía muy problemáticamente los albores de la adolescencia de su hija Carmen Luisa. Unos aturdidos y deslucidos amores de nuestro inefable Numhauser con esta última bastaron para que Violeta nos comenzara a mirar con gran desconfianza, llegando hasta el extremo de negarse a participar en giras donde nosotros fuéramos incluidos en el programa. Más de una vez las cosas se hicieron insoportables, pero el colmo llegó cuando Carmen Luisa se fue a Valparaíso detrás de su galán, sin siquiera pedirle permiso a su madre. Estábamos cantando en la peña del puerto, cuando de pronto apareció Violeta transformada en una furia. El estrépito de puertas, de gritos y de recriminaciones fue tal, que se acabó la función, y todos nos quedamos esperando el desenlace del temporal que se nos venía encima. Felizmente salimos ilesos, pero la pobre Carmen Luisa tuvo que soportar estoicamente la paliza.

Menos mal que los amores tormentosos duran siempre menos de lo prometido: con la indiferencia llegó la calma, y con ella pudimos volver a intentar acercarnos a Violeta, que pasional como era, olvidó con extrema facilidad lo que había sido causa de tantos males, y comenzó a mirarnos con ojos más benevolentes. Esta amistad fue corta y dolorida, porque vino al final de su vida. Lamentablemente, ese amor mal escogido nos privó de una relación más profunda, que habría sido preciosa para nuestro andar futuro. (…)

De esta amistad con Violeta queda una vieja fotografía, y un recuerdo imborrable el día en que fue sacada. Era a fines del invierno, llovía todavía cuando llegamos a la Carpa de la Reina, que Violeta hacía poco había inaugurado. En el programa se anunciaba a Los Jairas, ese famoso grupo que dirigía el suizo Gilbert Favre, uno de los grandes amores de Violeta; después venía un grupo de música araucana, cuyo nombre no recuerdo, tocaban trutuca y bailaban la danza de la cabeza; después venía el Quilapayún y finalmente, Violeta, que cerraba el espectáculo. Se ofrecía mistela, “sangre de toro” (vino caliente con naranjas) y empanadas. Después de algunos vinachos, nos sentamos todos alrededor del brasero a esperar la hora de comenzar la función. Dos horas después seguíamos esperando que por fin llegara algún amante del folclor. El público no asistió a la cita. Nadie llegó. En Santiago no había nadie que quisiera escucharnos. Y entonces, en una mezcla de desilusión, de tristeza y de despecho, sin que nos hubiéramos puesto de acuerdo, iniciamos un extraño rito: comenzamos a actuar para nosotros mismos. Cuando el turno le tocó a Violeta, hacía tiempo que ya habíamos recuperado nuestra alegría habitual. Todos cantamos en la carpa vacía, como si multitudes nos hubieran estado escuchando. Esa fue la última vez que vimos a Violeta. Seguramente esa ingratitud que nosotros, recién llegados, podíamos fácilmente olvidar, a ella ya le había hecho una herida insoportable. Me pregunto qué pasaría hoy día si pudiéramos de nuevo anunciar ese mismo programa en algún lugar de Chile”.

2 de octubre de 2007

Muy señor mío y señora mía*

pohetas:

te tienes que escribir con algo de letra muda para
entenderte, y entender que no puedes entrar en
globo aerostático o montado en burro a la ciudad.

¿vives acaso en la cima de una columna o estás
tratando de arrebatar el micrófono? (constato que
hoy todos chupamos ese candy de palabras con la
rara excepción tuya) ¿cuál es la palabra del poeta?
(quizás ya no quedan palabras)

te recomiendo mejor una de nuestras fiestas de
larga duración donde hombres y mujeres caen del
cielo y a pedir de boca el suche es rey y el rey paco
raso y las paganas vírgenes sabias mujeres, etc.
Todo se revuelve

no sé dónde deberías comprar ropa para lucir con
eso del hábito y del monje, ¡habitar tanto lugar
común!... Pórtate mejor como chaqueta amarilla

si te has ido a pique sobrevive en la submarina y
escríbenos en la arena porque igual te queremos


*Texto de Elvira Hernández, perteneciente al libro "Album de Valparaíso", del año 2002.

20 de septiembre de 2007

Al oído del tiempo*

Tengo grandes sueños que acumulan tesoros en las raíces de los árboles
Tengo ese oficio que hace morir al mar
Voy andando en semejanza de cosa alada
A veces canto porque las lágrimas se hacen demasiado gruesas
El universo viene a picotear en mis manos
Los que no saben lo espantan torpemente

Tengo grandes ansias y vergüenza de todo
Como una hora que se detiene a pedir pan
Como aquel que no puede decir lo que quiere
Enterrado al fondo de su raza

Contemplo de tan alto que todo se hace aire
Contemplo el ojo enorme de la tierra
Qué hacer qué hacer
La luna insomne pasa dulcemente
Un río sin voluntad se extasía en silencio
La luz empapada en sus faroles de puertos angustiados
No sabe tampoco qué decir
Ni el faro que ilumina la vitrinas del mar

El río tiene pena
Y una tal cantidad de ojos extasiados
Que la noche podría equivocarse
Que los árboles podrían hacerse vagabundos
Luego todo se va
Y yo miro la tierra y sus distancias desesperadas
Cuando las olas se hablan entre sí

No hay formas no hay colores
No hay seres al fin en esta luz sin luz
Desaparece la creación y sus augurios
Sus pensamientos sus sensaciones y también sus imágenes
Y hasta sus sueños de substancias prisioneras
La nada luminosa
Ni luminosa ni oscura
La armonía de la nada sin armonía
La nada y el todo sin todo
Para ver esto hay que resucitar dos veces
Para sentirlo hay que morir primero


*Poema de Vicente Huidobro, publicado en el libro "El ciudadano del olvido", del año 1941.

12 de septiembre de 2007

Resaca

El soplido de la estética, el vértigo amanecer de la palabra cuadrada en el infinito, dejando su ventana abierta para siempre. En casa, algunas moscas muertas, algo de sangre en la ventana, cuadernos que se transforman en raquetas, y el sonido de la construcción del frente me recuerda el trabajo, sus sindicatos, la obra, la acalorada reunión nocturna, las impresiones clandestinas y un millar de historias de aquí a Iquique.

Llego a otro lugar. El soplido del cementerio, lleno de titanes, como una cáscara oceánica abriéndose al cosmos, como cayéndose a la galaxia, en esas noches limpias de enero, el cementerio, el océano de la tierra, lleno de historia silenciada, con un rumor de paz y marea que complica cualquier teoría sobre la vida eterna. La vida eterna y sus primas, el perdón de los pecados, el pariente rico, que no comparte nada, la vida eterna, la reencarnación, el juicio final. No. No hay nada, nada más que mar, tierra y los elementos cruzados entre sí.

Nos hacemos parte de este ecosistema, como esa zanahoria que cayó olvidada a la tierra y volvió a ser tierra (así dejó de estar sola y olvidada y formó parte de un todo). Los sentidos se van con el cuerpo. Por ende cualquier concepción al respecto es imaginaria. A mi me inquieta más pensar quien sujeta los planetas en el aire, quien los amarra en órbitas, quien enciende los soles. Hay límites o todo es infinito. Por ahí va la intuición, una tenacidad media pariente de la necedad pues a fin de cuentas nunca descubriré nada.

El soplido de la estética. Caen las últimas banderas y el gran rey corrupción capital se instala a gozar sus últimos años. Aún agoniza el cristianismo en Europa y en otros lados, pero en América Latina muchos cristianos aún dan cara y se les respeta. Caen en pedazos los edificios agrietados de la creencia partidaria. Todo se empieza a revolver, hay muchas armas en muchas manos, algo de cocaína, más de lo que creemos, y en el horizonte aúlla un pelícano convertido en zorro culpeo.

Dejo constancia de mis reparos. El soplido, la épica social americana, los trabajadores, el encanto de tus faldas. Voy y vengo por la avenida del descrédito y la lección, el aprendizaje sublime del silencio, escarbando arcilla en periferias ajenas a toda lógica. Lejos, muy lejos del centro de tus manos. El soplido, esa tierna brisa de media tarde en Playa Ancha, cambia todo y va y viene revolviendo la imaginación, las ganas, la locura.

El soplido de la estética, concepto imagen, algo inconcluso, buscando partes por el territorio castigado, donde antes hubo una patria joven y madura como la más linda de las viñas, donde antes hubo un sol que alumbraba a todos por igual. Al margen de los libros siempre han estado nuestras orillas. No entramos, no cabemos en los cuadernos sacrosantos, en los conventos convertibles del país capital. Pero nosotros somos tierra y crecemos en las raíces.

8 de septiembre de 2007

La historia de Luchín

Una noche de junio, el mes más frío del año, se cernieron nubes negras sobre la cordillera y estalló una violenta tormenta, con un furioso vendaval y lluvias torrenciales. Tendidos en nuestra cama, a salvo y abrigados mientras oíamos el golpeteo de las persianas de madera bajo la ventolera sabíamos que en las poblaciones los frágiles techos eran arrancados de los refugios improvisados, que familias enteras debían de estar expuestas al viento y la lluvia, perdiendo sus pocas posesiones. Si el río Mapocho crecía, corrían peligro de ser barridos por la inundación. Todos los inviernos ocurría lo mismo; muchos guaguas morían de frío o neumonía, pero persistía aquel estado de cosas y aparte de algunos auxilios de caridad, de una distribución de objetos usados y viejas mantas, no se tomaban medidas drásticas para socorrer a las víctimas y evitar que se repitiera la tragedia.

Con un gobierno popular, la respuesta tenía que ser diferente. Y lo fue. Organizaciones gubernamentales, sindicatos e incluso las universidades se movilizaron para llevar ayuda inmediata a las víctimas de la tormenta, que había afectado a una amplia zona y devastado muchos distritos pobres. Las tareas de rescate se coordinaron de manera tal que cada Facultad fuese responsable de un área distinta. Los estudiantes de la Universidad Técnica poseían aptitudes inestimables para dirigir la construcción de viviendas de emergencia, la provisión de agua, drenaje y otras necesidades, pero hasta los músicos y los bailarines brindaron su mano de obra inexperta y sus músculos.

Como siempre, cuando se despejaron las nubes después de la tormenta dejando a la vista la cordillera cubierta reluciente de nieve, un frío penetrante descendió sobre Santiago. Todos los vehículos de la Facultad se movilizaron para distribuir combustible y alimentos, además de equipos de salvamento a la población de Renca, pero se descubrió que sólo servían los jeeps. En las tierras bajas y en los caminos sin pavimentar el barro llegaba a los muslos. Ni siquiera era posible caminar. Los intensos vientos habían dejado sin hogar a muchas familias que trataban de buscar refugio en el único edificio un poco más grande y más sólido de la comunidad, que era la iglesia. Los niños de pecho y los de corta edad, desabrigados y descalzos, corrían peligro inmediato de enfermar gravemente.

Era necesaria una solución más drástica y se decidió evacuar a los niños al edificio de la Facultad y usar los grandes estudios de ballet como dormitorios. Esa empresa, que parece lógica si se tiene en cuenta que la salud de los niños e incluso su vida corría grave riesgo, fue sin embargo insólita y absolutamente revolucionaria.

Todo fue organizado y animado por una maravillosa mujer, ejemplar para todos nosotros. Quena era, probablemente, un prototipo del pequeñísimo pero significativo número de personas aristocráticas que se adhirieron a los cambios revolucionarios en Chile. Era una mujer bien parecida, en general desaliñada, cuyo lenguaje no era precisamente refinado, que chapoteaba vestida con un chaquetón andrajoso y unos pantalones viejos. En su juventud había pasado una temporada trabajando en una granja de Inglaterra, y se había aventurado a dar la vuelta al mundo confiando exclusivamente en sí misma para ganarse la vida y renunciando al apoyo de su familia. Ahora trabajaba como administradora en el Departamento de Danza y en aquella emergencia se convirtió en el alma de la operación de salvamento.

Nos empujó a todos, incluso a los más reacios e indolentes, a hacer algo útil. El recluido reino del ballet se vio invadido por niños desarrapados y chillones que nunca habían visto un cuarto de baño y un lavabo. Muchos padecían disentería. Estaban desnutridos, sucios y asustados al verse separados de su familia, aunque después de una buena comida caliente revivieron.

Fue la primera vez que la verdadera tragedia de la pobreza tocó nuestro cómodo mundo privilegiado y tengo la certeza de que para muchos bailarines resultó una vivencia muy importante. Aunque fuésemos política y socialmente conscientes con anterioridad, y aunque a menudo hiciéramos las habituales colectas de ropa vieja y mantas “para los pobres”, no era lo mismo que atender a aquellas criaturas, verlas comer con hambre canina y descubrir su hermosura después de lavarle la cabeza y peinar sus enmarañadas melenas para quitarles los piojos.

Uno de los guaguas que llegaron a la Facultad se convirtió en tema de una canción de Víctor. Luchín estaba gravemente enfermo de pleuresía y necesitaba constantes cuidados día y noche. Quena le había encontrado en uno de sus viajes a la población: un mugriento montoncito de harapos en el fangoso suelo de una choza donde vivía con su numerosa familia. Un caballo, única posesión de valor de la familia y fuente de su precario sustento, compartía la habitación. Luchín tenía casi un año pero era menudo para su edad. Necesitaba una prolongada convalecencia antes de que pudiera ser devuelto a su familia, de modo que Víctor y yo nos lo llevamos a casa y le atendimos durante algunas semanas hasta que más adelante, con el consentimiento de sus padres, Quena le adoptó definitivamente.

Luchín

Frágil como un volantín
en los techos de Barrancas
jugaba el niño Luchín
con sus manitos moradas
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
el caballo lo miraba.

En el agua de sus ojos
se bañaba el verde claro
gateaba a su corta edad
con el potito embarrado
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
el caballo lo miraba.

El caballo era otro juego
en aquel pequeño espacio
y al animal parecía
le gustaba ese trabajo
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
y con Luchito mojado.

Si hay niños como Luchín
que comen tierra y gusanos
abramos todas las jaulas
pa’ que vuelen como pájaros
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
y también con el caballo.


*Extraído del libro “Víctor, un canto inconcluso”, escrito por Joan Jara, esposa del cantautor chileno Víctor Jara.