Me sigo convirtiendo en un pez más con mis espinas
y sigo perforando un hoyo más en las esquinas
una semana más en lo profundo de este mar
que ya no tengo sangre donde poder respirar
Espero ya que el tiempo se apiade de mí
aún recuerdo el día en que todo lo aprendí
los días van tan pronto... no puedo descansar
y todo se reduce a esta eterna soledad
Voy hacia mi origen
nadie me espera allá
una semana más
y no hay nada ni nadie
sino tu mismo en esto
Uno sigue aquí y no sabe que ya no está
dan ganas de reír y a veces llorar
de haber entrado en este juego de imágenes que se van
y haces como que no lo ves
y haces como que no lo escuchas
y haces como que no lo crees
y haces como que no lo escuchas
Estemos preparados
quedémonos desnudos
pero quememos no pudramos lo que fuimos
ardamos respiremos sin miedo a lo absurdo
despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora y en la última hora
Amen
*Adaptación para canción de un texto de Gonzalo Rojas, realizada por la cantante soul chilena Moyenei Valdés.
2 de marzo de 2008
18 de febrero de 2008
Anti-turismo

Palabras de Lota
"La policía es floja
"La policía es floja
no quiso estudiar"
(rayado en un muro)
"No hay números de atención
ni para adultos
ni para niños
Consultorio de Lota"
(rayado en un muro)
"No hay números de atención
ni para adultos
ni para niños
Consultorio de Lota"
12 de febrero de 2008
Más textos de Volodia*
RETOÑOS DE LA CONQUISTA
MOROS Y MAPUCHES
“Desde la época de la Colonia, el ejército de Chile ha sido la piedra angular para formar historia, formar tradición, formar hombría y mantener inalterable la institucionalidad de un Chile que tanto queremos”. (General Brady, 1976).
En el momento inicial el mundo quedó sorprendido por la instauración del Terrorismo de Estado en Chile. Parecía quebrar todas las balanzas establecidas, aniquilando la imagen común y corriente de un país a menudo fotografiado vistiendo camisa de seda.
Surgió una pregunta a escala universal: ¿De dónde han salido estos caballeros? Se sabe que salieron de los cuarteles, temprano por la mañana, el once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. Pero esa respuesta es inmediatista e incompleta.
En cierto modo salieron de la historia. De un rincón oscuro de la historia.
El epígrafe encierra una sentencia clave. Tocando la misma tecla, El Mercurio, diario amantísimo de la Junta, exime a las fuerzas armadas chilenas de todo pecado de connivencia histórica con el tribalismo araucano. Es el Hijo engendrado por el Padre. En este caso el Ejército del Rey de España, fiel al evangelio de la raza blanca. “Ya desde los tiempos de la Colonia, el Ejército era la avanzada de la civilización y la salvaguardia de la incipiente vida nacional”.
Según esta doctrina, con adaptaciones, la milicia chilena desarrollaría su personalidad a partir de dicho origen. Pertenece a la familia europea. Nace del seno de la cristiandad que se expande al nuevo mundo. Desciende, por consanguinidad directa, política e institucionalmente, de la hueste conquistadora hispánica.
Así la teoría juntista proclama que la matriz de las fuerzas armadas chilenas deriva del ejército español. Oculta el torrente aportado por el indígena y silencia que se trata de un aborigen singularmente guerrero. Por lo menos, desde el punto de vista profesional esto debería interesarle. Concreta en el invasor las virtudes heroicas que el nativo tuvo también en tal grado que inspiró a Ercilla vigorosas octavas reales.
Para ellos no es Lautaro el primer precursor militar. El héroe inicial del ejército chileno es Pedro de Valdivia. Mario Góngora, Premio Nacional de Historia en tiempos de la Junta, sostiene: “El 11 de septiembre es una fecha decisiva para Chile y en 1973 solamente nuestro país es el que se coloca en una posición singular, en un horizonte mundial, dando un salto sobre la historia nacional anterior”.
Cuando se le pregunta cuál es el personaje político que más admira en la historia de Chile no menciona en su lista a ningún indígena. Por encima de todos, incluso de los dos O’Higgins, Portales, Manuel Montt, Balmaceda, dice: “Confieso sinceramente que me atrae más la simple imagen del fundador Pedro de Valdivia”.
Valdivia es el progenitor extranjero, del cual los conjurados se declaran descendientes, por filiación en lo castrense, por su papel en la conquista, por el contenido y sentido de su misión.
Se confiesan nostálgicos de los siglos coloniales, supuestamente plácidos, cuando no existían partidos políticos, no levantaba su cabeza la hidra del comunismo, no había liberales, socialistas, radicales ni cristianos marxistas; cuando el nativo rebelde estaba proscrito más allá de la línea de la Frontera. Simpatizan con la evocación de las campeadas en tierras indígenas que cada cierto tiempo permitían ralear la interminable raza subalterna, así como hoy “la democracia debe bañarse en sangre cada cierto tiempo para que siga siendo democracia”.
Responde a una lógica de la historia que el general Brady declare al ejército de Chile heredero del ejército Realista, en cuyas filas habían criollos enemigos de la emancipación. La Junta de Gobierno de la Independencia, el anverso de esta que se instaura en mil novecientos setenta y tres, propone en mil ochocientos trece el licenciamiento de aquel ejército.
Su objetivo central fue mantener la línea de la Frontera. Hoy no es el Bío-Bío ni el Toltén. Hoy se trata de la frontera ideológica, política, económica, de un deslinde con ingredientes raciales y clasistas. Todo esto a pesar de que si se mira la cara de la tropa se advertirá a simple vista que el ejército chileno tiene más de pueblo originario que de español.
HUAINA CAPAC CONTENIDO EN EL MAULE
Por su parte, Pinochet, valiéndose de escritores fantasmas, echa también su cuarto a espadas como continuador del conquistador español: “Nuestra raza no se forjó en la molicie del oro indiano, sino en la dura escuela de la guerra de Arauco, que duró tres siglos. Mientras el hombre combatía, la mujer compartió su vida y sus penalidades: manejó la familia, administró haciendas, fabricó el vestuario y la alimentación y gobernó ciudades”.
Todo un cuadro de época pintado desde el punto de vista del bando extranjero.
Su enemigo es el antagonista de Dios y del monarca. Lo encarna el mapuche que no capitula y resiste tercamente lanza en mano. El adversario por antonomasia se llama Lautaro, calamitosamente astuto en las artes de la guerra. Es verdad que el general Téllez escribió hace algunas décadas una obra sobre el Toqui. Pero ni su examen ni su admiración han prosperado en las jerarquías castrenses salvo contadas excepciones. Puede más la aversión racial que el interés por el joven caballerizo de Valdivia; el primer estratega nacido en nuestra tierra. No nacía del aire. “Estudió para viento huracanado”, decía Neruda. Aprendió de los suyos y de los españoles. Cuando llegó el conquistador europeo los mapuches poseían rudimentos efectivos de una técnica bélica. Lo testimonia el hecho de que otro gran imperio, esta vez un imperio indígena, tuviera que fijar su última frontera hacia el sur en las orillas del Maule, debido a que en mil cuatrocientos ochenta y cinco los ejércitos quechuas del inca Huaina Cápac fueran detenidos justamente por el muro araucano.
LAS CABEZAS DE SIETE CACIQUES
La historia registró cierto día 11 de septiembre una verdadera batalla de Santiago. No fue en mil novecientos setenta y tres sino en mil quinientos cuarenta y uno, cuando se produjo el ataque indígena contra la naciente capital del Nuevo Extremo. Entonces una mujer decidida, la amante del Conquistador, Inés de Suárez, salva a sus hombres de armas haciendo degollar siete caciques y arrojando sus cabezas por sobre las empalizadas. No era fácil la guerra contra el nativo en Chile. Ni menos cuando a ella se sumaba el hambre. Pedro de Valdivia, dando cuenta de la situación a Carlos V, escribe: “Los trabajos de la guerra, invictísimo César, puédenlos pasar los hombres, porque loor es al soldado morir peleando, pero los del hambre concurriendo a ellos, para lo sufrir, más que hombres han de ser”.
Inscriben nuevos capítulos en el libro de los adversarios de Lautaro, el genio táctico que derrotó a Valdivia en Tucapel, donde murieron todos los españoles, y luego a Francisco de Villagra en Marigüeñu, y Concepción, donde perecieron dos tercios de ellos. Pinochet toma el partido del invasor extranjero contra el “hombre de la tierra”. Traiciona la máxima epopeya indígena americana de un pueblo en lucha por su libertad e independencia. Se declara contrario a la causa de mapuches y promaucaes. El ejército que comanda viene del español. No tiene la visión de Ercilla, que simbolizó en el pueblo araucano y en sus héroes la personificación de una lucha sin paralelo en América librada por aquellos que querían, ansiaban rechazar al intruso.
En cambio, Salvador Allende comienza su primer discurso como Presidente de la República diciendo: “Están aquí Lautaro y Caupolicán, hermanos en la distancia de Cuauhtémoc y Túpac Amaru”.
MISION DIVINA
Las “guerras” de hoy también han ingresado a la escuela de los designios sobrenaturales (“La tarea histórica que Dios ha puesto en nuestras manos…” exclama Pinochet el veintitrés de agosto del setenta y seis). Tanto la conquista española como el asalto del once de septiembre cobran un sentido de mandato celestial. Se replantea la teoría de un Dios de las batallas y de los golpes de Estado. Lo consigna El Mercurio, el 12 de octubre de 1976: “Si un puñado de españoles podía, con facilidad increíble, someter a multitudes de aztecas o peruanos, eso indicaba que junto a ellos actuaban influencias poderosísimas que deseaban que nuestra América fuera regida por España. Y la razón de que esas huestes invisibles pero decisivas se colocaran junto a Pizarro y Cortés tenía que ser una misión divina que se había asignado a su patria”.
Calla prudentemente el autor que esta tesis de la divina misión guerrera falla por su base respecto de Chile, puesto que aquí la conquista no fue de “facilidad increíble”, sino de inaudita dificultad. ¿Quiere decir entonces que en cuanto a Chile faltó el respaldo sobrenatural? Según agrega, “España estaba destinada a evangelizar a los infieles… y lo había hecho en su propio territorio”. ¿El Altísimo, por su parte, confía a los generales golpistas la tarea de acometer una empresa análoga a fines del siglo XX? Cambia el nombre del infiel. Los apelativos malditos de Alá y su profeta Mahoma se truecan por los de Marx y Allende. Si en el siglo XVI, como lo recuerda su entusiasta exégata, España “había detenido en Lepanto el avance mediterráneo del Gran Turco y ahora perseguía su misión a escala planetaria”, cuatro siglos más tarde Pinochet compara el golpe de mil novecientos setenta y tres con aquella victoria: “Nosotros consideramos, explica a un grupo de miembros de un equívoco Comité de Exiliados Cubanos, el once de septiembre como la batalla de Lepanto para América del Sur. Así como esa gesta en el siglo XVI detuvo la invasión de los turcos a Europa, el once de septiembre dijo a los comunistas (el nuevo Gran Turco) en América del Sur: ¡Hasta aquí no más!”
No se sabe si en este caso Pinochet personifica a Felipe II o a Juan de Austria…
*Escritos publicados en el libro "La gran guerra de Chile y otra que nunca existió", Editorial Sudamericana, año 2000.
MOROS Y MAPUCHES
“Desde la época de la Colonia, el ejército de Chile ha sido la piedra angular para formar historia, formar tradición, formar hombría y mantener inalterable la institucionalidad de un Chile que tanto queremos”. (General Brady, 1976).
En el momento inicial el mundo quedó sorprendido por la instauración del Terrorismo de Estado en Chile. Parecía quebrar todas las balanzas establecidas, aniquilando la imagen común y corriente de un país a menudo fotografiado vistiendo camisa de seda.
Surgió una pregunta a escala universal: ¿De dónde han salido estos caballeros? Se sabe que salieron de los cuarteles, temprano por la mañana, el once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. Pero esa respuesta es inmediatista e incompleta.
En cierto modo salieron de la historia. De un rincón oscuro de la historia.
El epígrafe encierra una sentencia clave. Tocando la misma tecla, El Mercurio, diario amantísimo de la Junta, exime a las fuerzas armadas chilenas de todo pecado de connivencia histórica con el tribalismo araucano. Es el Hijo engendrado por el Padre. En este caso el Ejército del Rey de España, fiel al evangelio de la raza blanca. “Ya desde los tiempos de la Colonia, el Ejército era la avanzada de la civilización y la salvaguardia de la incipiente vida nacional”.
Según esta doctrina, con adaptaciones, la milicia chilena desarrollaría su personalidad a partir de dicho origen. Pertenece a la familia europea. Nace del seno de la cristiandad que se expande al nuevo mundo. Desciende, por consanguinidad directa, política e institucionalmente, de la hueste conquistadora hispánica.
Así la teoría juntista proclama que la matriz de las fuerzas armadas chilenas deriva del ejército español. Oculta el torrente aportado por el indígena y silencia que se trata de un aborigen singularmente guerrero. Por lo menos, desde el punto de vista profesional esto debería interesarle. Concreta en el invasor las virtudes heroicas que el nativo tuvo también en tal grado que inspiró a Ercilla vigorosas octavas reales.
Para ellos no es Lautaro el primer precursor militar. El héroe inicial del ejército chileno es Pedro de Valdivia. Mario Góngora, Premio Nacional de Historia en tiempos de la Junta, sostiene: “El 11 de septiembre es una fecha decisiva para Chile y en 1973 solamente nuestro país es el que se coloca en una posición singular, en un horizonte mundial, dando un salto sobre la historia nacional anterior”.
Cuando se le pregunta cuál es el personaje político que más admira en la historia de Chile no menciona en su lista a ningún indígena. Por encima de todos, incluso de los dos O’Higgins, Portales, Manuel Montt, Balmaceda, dice: “Confieso sinceramente que me atrae más la simple imagen del fundador Pedro de Valdivia”.
Valdivia es el progenitor extranjero, del cual los conjurados se declaran descendientes, por filiación en lo castrense, por su papel en la conquista, por el contenido y sentido de su misión.
Se confiesan nostálgicos de los siglos coloniales, supuestamente plácidos, cuando no existían partidos políticos, no levantaba su cabeza la hidra del comunismo, no había liberales, socialistas, radicales ni cristianos marxistas; cuando el nativo rebelde estaba proscrito más allá de la línea de la Frontera. Simpatizan con la evocación de las campeadas en tierras indígenas que cada cierto tiempo permitían ralear la interminable raza subalterna, así como hoy “la democracia debe bañarse en sangre cada cierto tiempo para que siga siendo democracia”.
Responde a una lógica de la historia que el general Brady declare al ejército de Chile heredero del ejército Realista, en cuyas filas habían criollos enemigos de la emancipación. La Junta de Gobierno de la Independencia, el anverso de esta que se instaura en mil novecientos setenta y tres, propone en mil ochocientos trece el licenciamiento de aquel ejército.
Su objetivo central fue mantener la línea de la Frontera. Hoy no es el Bío-Bío ni el Toltén. Hoy se trata de la frontera ideológica, política, económica, de un deslinde con ingredientes raciales y clasistas. Todo esto a pesar de que si se mira la cara de la tropa se advertirá a simple vista que el ejército chileno tiene más de pueblo originario que de español.
HUAINA CAPAC CONTENIDO EN EL MAULE
Por su parte, Pinochet, valiéndose de escritores fantasmas, echa también su cuarto a espadas como continuador del conquistador español: “Nuestra raza no se forjó en la molicie del oro indiano, sino en la dura escuela de la guerra de Arauco, que duró tres siglos. Mientras el hombre combatía, la mujer compartió su vida y sus penalidades: manejó la familia, administró haciendas, fabricó el vestuario y la alimentación y gobernó ciudades”.
Todo un cuadro de época pintado desde el punto de vista del bando extranjero.
Su enemigo es el antagonista de Dios y del monarca. Lo encarna el mapuche que no capitula y resiste tercamente lanza en mano. El adversario por antonomasia se llama Lautaro, calamitosamente astuto en las artes de la guerra. Es verdad que el general Téllez escribió hace algunas décadas una obra sobre el Toqui. Pero ni su examen ni su admiración han prosperado en las jerarquías castrenses salvo contadas excepciones. Puede más la aversión racial que el interés por el joven caballerizo de Valdivia; el primer estratega nacido en nuestra tierra. No nacía del aire. “Estudió para viento huracanado”, decía Neruda. Aprendió de los suyos y de los españoles. Cuando llegó el conquistador europeo los mapuches poseían rudimentos efectivos de una técnica bélica. Lo testimonia el hecho de que otro gran imperio, esta vez un imperio indígena, tuviera que fijar su última frontera hacia el sur en las orillas del Maule, debido a que en mil cuatrocientos ochenta y cinco los ejércitos quechuas del inca Huaina Cápac fueran detenidos justamente por el muro araucano.
LAS CABEZAS DE SIETE CACIQUES
La historia registró cierto día 11 de septiembre una verdadera batalla de Santiago. No fue en mil novecientos setenta y tres sino en mil quinientos cuarenta y uno, cuando se produjo el ataque indígena contra la naciente capital del Nuevo Extremo. Entonces una mujer decidida, la amante del Conquistador, Inés de Suárez, salva a sus hombres de armas haciendo degollar siete caciques y arrojando sus cabezas por sobre las empalizadas. No era fácil la guerra contra el nativo en Chile. Ni menos cuando a ella se sumaba el hambre. Pedro de Valdivia, dando cuenta de la situación a Carlos V, escribe: “Los trabajos de la guerra, invictísimo César, puédenlos pasar los hombres, porque loor es al soldado morir peleando, pero los del hambre concurriendo a ellos, para lo sufrir, más que hombres han de ser”.
Inscriben nuevos capítulos en el libro de los adversarios de Lautaro, el genio táctico que derrotó a Valdivia en Tucapel, donde murieron todos los españoles, y luego a Francisco de Villagra en Marigüeñu, y Concepción, donde perecieron dos tercios de ellos. Pinochet toma el partido del invasor extranjero contra el “hombre de la tierra”. Traiciona la máxima epopeya indígena americana de un pueblo en lucha por su libertad e independencia. Se declara contrario a la causa de mapuches y promaucaes. El ejército que comanda viene del español. No tiene la visión de Ercilla, que simbolizó en el pueblo araucano y en sus héroes la personificación de una lucha sin paralelo en América librada por aquellos que querían, ansiaban rechazar al intruso.
En cambio, Salvador Allende comienza su primer discurso como Presidente de la República diciendo: “Están aquí Lautaro y Caupolicán, hermanos en la distancia de Cuauhtémoc y Túpac Amaru”.
MISION DIVINA
Las “guerras” de hoy también han ingresado a la escuela de los designios sobrenaturales (“La tarea histórica que Dios ha puesto en nuestras manos…” exclama Pinochet el veintitrés de agosto del setenta y seis). Tanto la conquista española como el asalto del once de septiembre cobran un sentido de mandato celestial. Se replantea la teoría de un Dios de las batallas y de los golpes de Estado. Lo consigna El Mercurio, el 12 de octubre de 1976: “Si un puñado de españoles podía, con facilidad increíble, someter a multitudes de aztecas o peruanos, eso indicaba que junto a ellos actuaban influencias poderosísimas que deseaban que nuestra América fuera regida por España. Y la razón de que esas huestes invisibles pero decisivas se colocaran junto a Pizarro y Cortés tenía que ser una misión divina que se había asignado a su patria”.
Calla prudentemente el autor que esta tesis de la divina misión guerrera falla por su base respecto de Chile, puesto que aquí la conquista no fue de “facilidad increíble”, sino de inaudita dificultad. ¿Quiere decir entonces que en cuanto a Chile faltó el respaldo sobrenatural? Según agrega, “España estaba destinada a evangelizar a los infieles… y lo había hecho en su propio territorio”. ¿El Altísimo, por su parte, confía a los generales golpistas la tarea de acometer una empresa análoga a fines del siglo XX? Cambia el nombre del infiel. Los apelativos malditos de Alá y su profeta Mahoma se truecan por los de Marx y Allende. Si en el siglo XVI, como lo recuerda su entusiasta exégata, España “había detenido en Lepanto el avance mediterráneo del Gran Turco y ahora perseguía su misión a escala planetaria”, cuatro siglos más tarde Pinochet compara el golpe de mil novecientos setenta y tres con aquella victoria: “Nosotros consideramos, explica a un grupo de miembros de un equívoco Comité de Exiliados Cubanos, el once de septiembre como la batalla de Lepanto para América del Sur. Así como esa gesta en el siglo XVI detuvo la invasión de los turcos a Europa, el once de septiembre dijo a los comunistas (el nuevo Gran Turco) en América del Sur: ¡Hasta aquí no más!”
No se sabe si en este caso Pinochet personifica a Felipe II o a Juan de Austria…
*Escritos publicados en el libro "La gran guerra de Chile y otra que nunca existió", Editorial Sudamericana, año 2000.
2 de febrero de 2008
Textos de Volodia Teitelboim*
UNIVERSIDAD, CULTURA, ARTE EN EL OJO DE LA BALA
El apagón cultural y la persecución se extienden también a la educación y a la universidad, que caen igualmente bajo la dictadura de los generales de Pinochet (todos los rectores son generales). El vicepresidente del Banco de Chile, Javier Vial, hablando en el Seminario del Consejo de Rectores, expone la filosofía universitaria: La educación superior debe ser rentable, rendir buenos dividendos pecuniarios, conforme a la política de autofinanciamiento sustentada por la Junta, como proyección natural del modelo económico vigente.
Pasando velozmente de la teoría a la acción, el siete de febrero se publicó en el Diario Oficial un decreto que establece que a partir de mil novecientos ochenta y uno los alumnos deberán absorber los costos de sus estudios. Según el jefe de planificación del gobierno, la educación debe constituir una inversión monetariamente reproductiva para el Estado. Sostiene además que se necesitan menos especialistas de nivel universitario y más mano de obra sin gran calificación.
Profesores, investigadores, alumnos, rechazan dicha política. La respuesta de la Junta es la expulsión en masa tanto de unos como de otros. Se suprimen carreras y centros de investigación universitaria, en especial de ciencias sociales, área particularmente temida por la autocracia gobernante.
Se impide la representación de obras de teatro, se incendian salas de espectáculo, se prohíben exposiciones de pintura y otras expresiones de la creación artística. Pesan interdicciones sobre la música folclórica, que se persigue como manifestación enmascarada o abierta de protesta popular. No se admiten en los conciertos ciertos instrumentos musicales identificados con ella, considerados peligrosos, explosivos, como la quena andina. El éxodo de profesionales y artistas obligados a abandonar el país no tiene fin.
CONSUMISMO Y RACISMO
Las concepciones oficiales vigentes exaltan el autoritarismo recubierto por una capa aparentemente política. Abominan de la organización y la solidaridad entre los trabajadores, imponiendo una variante del darwinismo social, donde el pez grande se come al chico, según la docta explicación del almirante Merino. La historia nacional es interpretada como la obra de una elite de personajes aristocráticos y jamás como la de un pueblo participante.
El racismo es otra perla negra del collar. La Junta ha dictado una legislación antiindígena que ha merecido en noviembre de mil novecientos setenta y nueve la condenación de la Asamblea General de Naciones Unidas. Allí se denuncia que “han tenido muy poco en cuenta la tradición histórica, la idiosincrasia, las formas de propiedad y trabajo del pueblo mapuche y menos aún sus necesidades y el desarrollo de su propia cultura…”.
Tratan de inculcar a la juventud por todos los medios los desvalores del consumismo, del exitismo individual y del apego al dinero. La desigualdad, según su explicación, no es un hecho social sino consecuencia de factores genéticos: los hombres capaces surgen y los seres inferiores permanecen en la miseria. Su ideología reposa en dos piedras angulares: la seguridad nacional y la economía de libre mercado. La primera concibe el país como un regimiento mandado por un grupo predestinado, a cuya cabeza figura el César de uniforme. La segunda considera al ser humano como una moneda de cambio.
*Escritos en 1980 y publicados en el libro "La gran guerra de Chile y otra que nunca existió", Editorial Sudamericana, año 2000.
El apagón cultural y la persecución se extienden también a la educación y a la universidad, que caen igualmente bajo la dictadura de los generales de Pinochet (todos los rectores son generales). El vicepresidente del Banco de Chile, Javier Vial, hablando en el Seminario del Consejo de Rectores, expone la filosofía universitaria: La educación superior debe ser rentable, rendir buenos dividendos pecuniarios, conforme a la política de autofinanciamiento sustentada por la Junta, como proyección natural del modelo económico vigente.
Pasando velozmente de la teoría a la acción, el siete de febrero se publicó en el Diario Oficial un decreto que establece que a partir de mil novecientos ochenta y uno los alumnos deberán absorber los costos de sus estudios. Según el jefe de planificación del gobierno, la educación debe constituir una inversión monetariamente reproductiva para el Estado. Sostiene además que se necesitan menos especialistas de nivel universitario y más mano de obra sin gran calificación.
Profesores, investigadores, alumnos, rechazan dicha política. La respuesta de la Junta es la expulsión en masa tanto de unos como de otros. Se suprimen carreras y centros de investigación universitaria, en especial de ciencias sociales, área particularmente temida por la autocracia gobernante.
Se impide la representación de obras de teatro, se incendian salas de espectáculo, se prohíben exposiciones de pintura y otras expresiones de la creación artística. Pesan interdicciones sobre la música folclórica, que se persigue como manifestación enmascarada o abierta de protesta popular. No se admiten en los conciertos ciertos instrumentos musicales identificados con ella, considerados peligrosos, explosivos, como la quena andina. El éxodo de profesionales y artistas obligados a abandonar el país no tiene fin.
CONSUMISMO Y RACISMO
Las concepciones oficiales vigentes exaltan el autoritarismo recubierto por una capa aparentemente política. Abominan de la organización y la solidaridad entre los trabajadores, imponiendo una variante del darwinismo social, donde el pez grande se come al chico, según la docta explicación del almirante Merino. La historia nacional es interpretada como la obra de una elite de personajes aristocráticos y jamás como la de un pueblo participante.
El racismo es otra perla negra del collar. La Junta ha dictado una legislación antiindígena que ha merecido en noviembre de mil novecientos setenta y nueve la condenación de la Asamblea General de Naciones Unidas. Allí se denuncia que “han tenido muy poco en cuenta la tradición histórica, la idiosincrasia, las formas de propiedad y trabajo del pueblo mapuche y menos aún sus necesidades y el desarrollo de su propia cultura…”.
Tratan de inculcar a la juventud por todos los medios los desvalores del consumismo, del exitismo individual y del apego al dinero. La desigualdad, según su explicación, no es un hecho social sino consecuencia de factores genéticos: los hombres capaces surgen y los seres inferiores permanecen en la miseria. Su ideología reposa en dos piedras angulares: la seguridad nacional y la economía de libre mercado. La primera concibe el país como un regimiento mandado por un grupo predestinado, a cuya cabeza figura el César de uniforme. La segunda considera al ser humano como una moneda de cambio.
*Escritos en 1980 y publicados en el libro "La gran guerra de Chile y otra que nunca existió", Editorial Sudamericana, año 2000.
1 de febrero de 2008
La inteligencia nunca muere

ELEGÍA POPULAR A VOLODIA TEITELBOIM
1.
Ya caminas ya andas
como un fantasma bueno
o niño de siglos antiguos
Buscando preguntas
en el sub-consciente
Marchando
como un fantasma bueno
o niño de siglos antiguos
Buscando preguntas
en el sub-consciente
Marchando
hacia el reino de piedra
que ya habitaste una vez
Un territorio semi silvestre
señalado en la recta provincia
ahí late tu corazón vivo
Ahí en el trabajo del hombre
en el sufrido amanecer
de los habitantes sin voz
Ahí te esperan tus camaradas
2.
Tardes de biblioteca
te buscarán nuevamente
igual que la poesía
Y el clamor de mil combates
recorrerá en un grito
todas tus ropas de viento
Ahora ya caminas ya andas
y la luna se pone pálida
cuando recuerda tu nombre
Amigo
la inteligencia nunca muere
tu voz sigue con nosotros
3.
La luz del cielo no basta
que ya habitaste una vez
Un territorio semi silvestre
señalado en la recta provincia
ahí late tu corazón vivo
Ahí en el trabajo del hombre
en el sufrido amanecer
de los habitantes sin voz
Ahí te esperan tus camaradas
2.
Tardes de biblioteca
te buscarán nuevamente
igual que la poesía
Y el clamor de mil combates
recorrerá en un grito
todas tus ropas de viento
Ahora ya caminas ya andas
y la luna se pone pálida
cuando recuerda tu nombre
Amigo
la inteligencia nunca muere
tu voz sigue con nosotros
3.
La luz del cielo no basta
hay que hacer inconformidad
revelar bosques siempre húmedos
Nota salvaje
en la sinfonía abyecta
que nos hacen cantar
revelar bosques siempre húmedos
Nota salvaje
en la sinfonía abyecta
que nos hacen cantar
31 de enero de 2008
Noche triste de un filósofo*
Se anunció en el Salón de Conferencias de la Universidad de Chile un ciclo de Enrique Molina sobre la Revolución Rusa. El tema era quemante y el expositor tenía un currículum imponente. Autor de obras de divulgación en que se advierte la influencia de Henri Bergson, se le reputaba entonces el filósofo chileno por excelencia. Profesor del Liceo de Talca, luego en Concepción, pasó a ser uno de los fundadores y primer rector de la Universidad que surgió en esa ciudad, con financiamiento a cargo de la Lotería. Hombre de logia, alto y flaco como un campanario, sugería la imagen misma del espíritu sumergido en sus perplejidades, cavilaciones y reflexiones trascendentales. Con físico de Quijote no dejaba, sin embargo, escapar la prosa de la coyuntura y revestirse según el color de las circunstancias.
El recinto de la conferencia era conocido nuestro. Por las mañanas solíamos escuchar allí las clases de Derecho Romano que impartía, breve y perezosamente, Juvenal Hernández, a la sazón el más joven de los rectores de la Universidad de Chile, gracias a la degollina de autoridades académicas que produjeron las efervescencias estudiantiles y políticas de 1931 y 32.
A la hora señalada, 7 PM, rodeábamos a Huidobro, aguardando con cierta desconfianza lo que diría el “Maestro de Juventudes”. El público era heterogéneo. La mitad delantera estaba ocupada por gente de edad, caballeros bien vestidos, “fans” crepusculares del filósofo penquista. La parte de atrás estaba repleta de universitarios revoltosos, a la espera de los acontecimientos.
El filósofo montó sus anteojos sobre el caballete de la nariz pronunciada y comenzó a leer con voz lejana un texto diatriba contra la espeluznante “hidra roja”. El cuento iba para largo porque se proyectaba una seguidilla de disertaciones. Desde el principio, don Enrique Molina desdeñó el método socrático del diálogo fecundo. Se divorció de la mayéutica y la dialéctica. Olvidó el distanciamiento que aconseja tratar un fenómeno social con talante objetivo. Se convirtió en un anatomista o disecador de cadáveres. Hundió el escalpelo, chorreó pus y sangre y la sala respiró los relentes sulfúricos del demonio, mensajes venidos del fondo del frío infierno siberiano. Una corriente de aire congelado recorrió el hemiciclo.
El filósofo caminaba por sendas que no eran suyas. ¿Tenía sentido conducir a ese auditorio al descubrimiento de la verdad a través del método de la pregunta? Decididamente, no. Se trataba de una conferencia, no de una clase. No estaba en el gimnasio ni en la academia. Pero no traicionaba a su maestro Platón. Al contrario, seguía el ejemplo del que escribió “La República”.
La fracción selecta del auditorio escuchaba lo que vino a oír y fluctuaba entre el horror y el éxtasis ante la denuncia de tanto crimen. La parte posterior comenzó a inquietarse y a murmurar. Tuve la impresión de que el conferenciante, absorto en su lectura, no percibía la carga de dinamita que estaba montando.
Hacia el final de su exposición, Huidobro, sin que nadie le ofreciera la palabra, subió al proscenio. Dijo con voz aplomada y acento de convicción definitiva:
“Hemos escuchado hablar a un ignorante supino, a un copista textual, a un mal traductor del francés. Todo lo que ha dicho lo ha plagiado de un libro ridículo, publicado por Henri Beraud en París en la década del 20. Fue el hazmerreír de Francia entera. Sólo ‘Le Figaro’ lo elogió, porque decía las mismas vulgaridades que ese diario ultraderechista dice todas las mañanas en sus editoriales torpemente anticomunistas”.
Estupor en el sector decente. Aplausos en la zona trasera, la tenebrosa. El filósofo sintió más que nunca la incompatibilidad entre política y alta especulación metafísica, entre meditación sobre el destino del hombre y la miseria del hombre. Se movía mejor entre el Logos y el Mito. Ahora se encontraba sumido en un abismo. Y se derrumbó en su sillón. Era la suerte de los sabios incomprendidos. Su silencio no bastó para apaciguar a las fieras. En ese ambiente no había nada parecido al Banquete de Platón. Verdad también que el suyo tampoco era el discurso de Fedro sobre el tema del Amor.
Pero no fue la voz de los bárbaros la que se escuchó. Desde la sección noble alguien dijo una frase retadora y confiada a la vez: “Que conteste el filósofo…”.
Estaba seguro de que haría polvo al poeta deslenguado. Don Enrique Molina Garmendia vaciló al escuchar ese requerimiento que provenía de uno de sus admiradores. Tardó un par de minutos largos. Se escucharon gritos de la región obscura: “Sí, que conteste…”.
Algún escéptico agregó: “Que conteste, si es capaz”.
El Maestro, siempre sumergido en la inmensidad de su tristeza ante la precariedad de la condición humana, sin mirar al mefistofélico poeta y sin ponerse de pie, musitó con voz de ultratumba: “Lo único que quiero es que mi patria se salve en libertad y democracia”.
“¿Por qué entonces apoyaste la dictadura de Ibáñez?”
Por el tuteo, irrespetuoso hasta la indecencia, se supo de inmediato que esta acusación nefanda provenía de la sección plebeya del público. La pregunta soez fue coreada por alaridos descocados y apremiantes: “Que explique, que explique ahora mismo…”.
Como si aquella fuera una orden, un santo y seña, la multitud no filosófica (noventa por ciento estudiantes) inició una maniobra envolvente. Avanzó rápida por los costados, flanqueó la reunión y se fue acercando a la tribuna hasta copar enteramente el proscenio y rodear al apenado pensador. Éste comprendió que era víctima de “La Rebelión de las Masas”, exacto diagnóstico de Ortega y Gasset, que estaba de moda en los círculos cultos de ese tiempo. Se le hizo evidente el terrible axioma, como una fatalidad dolorosa de la era moderna.
Sucedió algo peor. Las turbas formaron un círculo de hierro alrededor del filósofo en desgracia y lo sometieron a un interrogatorio tan duro como vejatorio, que difícilmente ni el mismo Sócrates hubiera podido soportar. Todas las preguntas se hacían tuteándolo con descaro, aunque el improvisado fiscal acusador tuviera veinte años: “¿Por qué expulsaste de la Universidad a un gran matemático, el profesor Domingo Almendras? ¿No podías tolerar el verdadero talento?"
Él no respondería a ese tribunal rojo que lo tenía sentado en el banquillo. “¿Por qué tú, maestro sin valor real te atreviste a exonerar de la Universidad de Concepción a un auténtico sabio, al profesor Alejandro Lipchutz?”
No eran preguntas. Eran cargos, una lluvia de acusaciones.
Los partidarios de la filosofía no cabían en sí de indignación y de pánico. Temían que pronto las emprendieran a golpes con el Maestro acorralado. Alguien se deslizó fuera para comunicar el bochornoso espectáculo a su amigo el rector. El filósofo iba a ser agredido de un instante a otro por la canallada estudiantil, azuzada por Huidobro. Había que salvarlo. El informante pensó que el rector debería penetrar al recinto donde se consumaba el sacrilegio, hablar a los alumnos y preservar la integridad física del héroe platónico, aunque se veía que era muy difícil restablecer el respeto por el mérito y la dignidad moral. Al momento, Juvenal Hernández concluyó que, dado el clima del mitin, no sería escuchado por los estudiantes ni por el poeta azuzador. Recurrió a métodos más institucionales.
Quince minutos después, varias unidades de carabineros penetraron al Honorable Salón de Conferencias repartiendo palos por arriba y por abajo. Los golpes de laque, los lumazos de la policía dolían y luego empujaron a los desalmados hacia los carros policiales, que entonces eran camiones sin toldo, donde fuimos arrojados a empellones, rumbo a la Comisaría. El poeta recibió su cuota de garrotazos. Pero parecía orgulloso y contento de haber empezado el machitún, desnudando en público a un filósofo que sin duda prefería los diálogos atenienses y encaminarse hasta el Acrópolis impartiendo con sus palabras la sabiduría en búsqueda de la verdad y de la paz. Esa noche quisieron obligarlo a beber la copa de cicuta hasta el fondo.
Antes del amanecer todos quedamos libres, con citación al juzgado por promover desórdenes en un sitio tan respetable como la Universidad de Chile.
Al salir de los calabozos compramos ejemplares recién salidos de la prensa matutina. Un diario titulaba: “A palos terminó Conferencia de Molina sobre la Revolución Rusa”. Se culpaba al poeta Vicente Huidobro de encender la mecha del polvorín y provocar el colosal desorden con su intervención, que dividió el auditorio, desató enfrentamientos entre partidarios y contrarios al conferenciante, provocó aplausos, gritos, rechiflas. Ello obligó a la policía a actuar con máxima energía, practicando numerosas detenciones a fin de rescatar sano y salvo al señor Rector Molina.
Huidobro estaba en la gloria. Hizo lo suyo. La juventud lo había acompañado en su proeza.
*Texto extraído del libro “Huidobro: La marcha infinita”, de Volodia Teitelboim.
El recinto de la conferencia era conocido nuestro. Por las mañanas solíamos escuchar allí las clases de Derecho Romano que impartía, breve y perezosamente, Juvenal Hernández, a la sazón el más joven de los rectores de la Universidad de Chile, gracias a la degollina de autoridades académicas que produjeron las efervescencias estudiantiles y políticas de 1931 y 32.
A la hora señalada, 7 PM, rodeábamos a Huidobro, aguardando con cierta desconfianza lo que diría el “Maestro de Juventudes”. El público era heterogéneo. La mitad delantera estaba ocupada por gente de edad, caballeros bien vestidos, “fans” crepusculares del filósofo penquista. La parte de atrás estaba repleta de universitarios revoltosos, a la espera de los acontecimientos.
El filósofo montó sus anteojos sobre el caballete de la nariz pronunciada y comenzó a leer con voz lejana un texto diatriba contra la espeluznante “hidra roja”. El cuento iba para largo porque se proyectaba una seguidilla de disertaciones. Desde el principio, don Enrique Molina desdeñó el método socrático del diálogo fecundo. Se divorció de la mayéutica y la dialéctica. Olvidó el distanciamiento que aconseja tratar un fenómeno social con talante objetivo. Se convirtió en un anatomista o disecador de cadáveres. Hundió el escalpelo, chorreó pus y sangre y la sala respiró los relentes sulfúricos del demonio, mensajes venidos del fondo del frío infierno siberiano. Una corriente de aire congelado recorrió el hemiciclo.
El filósofo caminaba por sendas que no eran suyas. ¿Tenía sentido conducir a ese auditorio al descubrimiento de la verdad a través del método de la pregunta? Decididamente, no. Se trataba de una conferencia, no de una clase. No estaba en el gimnasio ni en la academia. Pero no traicionaba a su maestro Platón. Al contrario, seguía el ejemplo del que escribió “La República”.
La fracción selecta del auditorio escuchaba lo que vino a oír y fluctuaba entre el horror y el éxtasis ante la denuncia de tanto crimen. La parte posterior comenzó a inquietarse y a murmurar. Tuve la impresión de que el conferenciante, absorto en su lectura, no percibía la carga de dinamita que estaba montando.
Hacia el final de su exposición, Huidobro, sin que nadie le ofreciera la palabra, subió al proscenio. Dijo con voz aplomada y acento de convicción definitiva:
“Hemos escuchado hablar a un ignorante supino, a un copista textual, a un mal traductor del francés. Todo lo que ha dicho lo ha plagiado de un libro ridículo, publicado por Henri Beraud en París en la década del 20. Fue el hazmerreír de Francia entera. Sólo ‘Le Figaro’ lo elogió, porque decía las mismas vulgaridades que ese diario ultraderechista dice todas las mañanas en sus editoriales torpemente anticomunistas”.
Estupor en el sector decente. Aplausos en la zona trasera, la tenebrosa. El filósofo sintió más que nunca la incompatibilidad entre política y alta especulación metafísica, entre meditación sobre el destino del hombre y la miseria del hombre. Se movía mejor entre el Logos y el Mito. Ahora se encontraba sumido en un abismo. Y se derrumbó en su sillón. Era la suerte de los sabios incomprendidos. Su silencio no bastó para apaciguar a las fieras. En ese ambiente no había nada parecido al Banquete de Platón. Verdad también que el suyo tampoco era el discurso de Fedro sobre el tema del Amor.
Pero no fue la voz de los bárbaros la que se escuchó. Desde la sección noble alguien dijo una frase retadora y confiada a la vez: “Que conteste el filósofo…”.
Estaba seguro de que haría polvo al poeta deslenguado. Don Enrique Molina Garmendia vaciló al escuchar ese requerimiento que provenía de uno de sus admiradores. Tardó un par de minutos largos. Se escucharon gritos de la región obscura: “Sí, que conteste…”.
Algún escéptico agregó: “Que conteste, si es capaz”.
El Maestro, siempre sumergido en la inmensidad de su tristeza ante la precariedad de la condición humana, sin mirar al mefistofélico poeta y sin ponerse de pie, musitó con voz de ultratumba: “Lo único que quiero es que mi patria se salve en libertad y democracia”.
“¿Por qué entonces apoyaste la dictadura de Ibáñez?”
Por el tuteo, irrespetuoso hasta la indecencia, se supo de inmediato que esta acusación nefanda provenía de la sección plebeya del público. La pregunta soez fue coreada por alaridos descocados y apremiantes: “Que explique, que explique ahora mismo…”.
Como si aquella fuera una orden, un santo y seña, la multitud no filosófica (noventa por ciento estudiantes) inició una maniobra envolvente. Avanzó rápida por los costados, flanqueó la reunión y se fue acercando a la tribuna hasta copar enteramente el proscenio y rodear al apenado pensador. Éste comprendió que era víctima de “La Rebelión de las Masas”, exacto diagnóstico de Ortega y Gasset, que estaba de moda en los círculos cultos de ese tiempo. Se le hizo evidente el terrible axioma, como una fatalidad dolorosa de la era moderna.
Sucedió algo peor. Las turbas formaron un círculo de hierro alrededor del filósofo en desgracia y lo sometieron a un interrogatorio tan duro como vejatorio, que difícilmente ni el mismo Sócrates hubiera podido soportar. Todas las preguntas se hacían tuteándolo con descaro, aunque el improvisado fiscal acusador tuviera veinte años: “¿Por qué expulsaste de la Universidad a un gran matemático, el profesor Domingo Almendras? ¿No podías tolerar el verdadero talento?"
Él no respondería a ese tribunal rojo que lo tenía sentado en el banquillo. “¿Por qué tú, maestro sin valor real te atreviste a exonerar de la Universidad de Concepción a un auténtico sabio, al profesor Alejandro Lipchutz?”
No eran preguntas. Eran cargos, una lluvia de acusaciones.
Los partidarios de la filosofía no cabían en sí de indignación y de pánico. Temían que pronto las emprendieran a golpes con el Maestro acorralado. Alguien se deslizó fuera para comunicar el bochornoso espectáculo a su amigo el rector. El filósofo iba a ser agredido de un instante a otro por la canallada estudiantil, azuzada por Huidobro. Había que salvarlo. El informante pensó que el rector debería penetrar al recinto donde se consumaba el sacrilegio, hablar a los alumnos y preservar la integridad física del héroe platónico, aunque se veía que era muy difícil restablecer el respeto por el mérito y la dignidad moral. Al momento, Juvenal Hernández concluyó que, dado el clima del mitin, no sería escuchado por los estudiantes ni por el poeta azuzador. Recurrió a métodos más institucionales.
Quince minutos después, varias unidades de carabineros penetraron al Honorable Salón de Conferencias repartiendo palos por arriba y por abajo. Los golpes de laque, los lumazos de la policía dolían y luego empujaron a los desalmados hacia los carros policiales, que entonces eran camiones sin toldo, donde fuimos arrojados a empellones, rumbo a la Comisaría. El poeta recibió su cuota de garrotazos. Pero parecía orgulloso y contento de haber empezado el machitún, desnudando en público a un filósofo que sin duda prefería los diálogos atenienses y encaminarse hasta el Acrópolis impartiendo con sus palabras la sabiduría en búsqueda de la verdad y de la paz. Esa noche quisieron obligarlo a beber la copa de cicuta hasta el fondo.
Antes del amanecer todos quedamos libres, con citación al juzgado por promover desórdenes en un sitio tan respetable como la Universidad de Chile.
Al salir de los calabozos compramos ejemplares recién salidos de la prensa matutina. Un diario titulaba: “A palos terminó Conferencia de Molina sobre la Revolución Rusa”. Se culpaba al poeta Vicente Huidobro de encender la mecha del polvorín y provocar el colosal desorden con su intervención, que dividió el auditorio, desató enfrentamientos entre partidarios y contrarios al conferenciante, provocó aplausos, gritos, rechiflas. Ello obligó a la policía a actuar con máxima energía, practicando numerosas detenciones a fin de rescatar sano y salvo al señor Rector Molina.
Huidobro estaba en la gloria. Hizo lo suyo. La juventud lo había acompañado en su proeza.
*Texto extraído del libro “Huidobro: La marcha infinita”, de Volodia Teitelboim.
17 de enero de 2008
Estimativa y método (fragmento)*
“La estética es el conocimiento intuitivo del universo, formulado en esquemas y axiomas conceptuales.
La voluntad del subconsciente, expresada racionalmente.
He aquí por qué la estética no se enseña, se genera, suscitándola en el individuo, como la expresión filosófica de sus instancias vitales e individuales, buscando lo genérico.
Porque la verdad es múltiple; y la unidad de la verdad, es, únicamente, la unidad del ser específico – cósmico.
La estética es un organismo de grandes preguntas, más que de grandes respuestas.
Adentro del artista, la estética asume el rol del material sedimentario y acumulado del subconsciente, que anhela jerarquía y disciplina: orden.
La belleza es la tercera entidad funcional que existe entre hombre y mundo, entre lo subjetivo y lo objetivo.
Así, la belleza existe en el arte, sólo en el arte existe la belleza, y quien percibe, por ejemplo la belleza estupenda de una hermosa mujer desnuda, la percibe como quien percibe una obra de arte, es decir elevando su naturaleza al éxtasis expresional, motivado por el instinto, urgido a su más alta instancia.
La belleza es la expresión lograda, numérica, exacta, la expresión humana, el orden nuevo, el orden puro, que impone el ser viviente a la naturaleza.
El arte es la expresión maravillosa del instante en que la máxima potencialidad del hombre intuye la máxima potencialidad del universo interno – externo y le impone su ley imaginaria.
'Todo conocimiento está suscitado por la experiencia; pero no todo conocimiento radica en la experiencia' (Kant).
Entonces, hay una manera de conocimiento, que emana del ser subjetivo, que arranca su dinámica y su mecánica, no de la conciencia, entidad servida por la experimentación objetiva, sino de los abismos psico – cósmicos del subconsciente individual o colectivo, expresando los arquetipos platónicos; y aquella manera de conocimiento es el conocimiento estético.
Dominio, sentido, destino del arte.
Paralelamente a conciencia, subconsciencia; a reflexión, intuición; a concepto, imagen; a razonamiento, estilo; a ciencia, arte; a verdad lógica, verdad estética; a filósofo, artista; a conocimiento lógico, conocimiento estético”.
* Texto de Pablo de Rokha publicado en la Antología de Poesía Chilena Nueva, de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim, en 1935.
BONUS TRACK
… “… el estilo es la resultante de la subconciencia expresándose en imágenes. El razonamiento genera la ciencia; el estilo genera el arte. Ciencia y arte generan aquellos dos significados, enormemente paralelos y substantivos de la unidad vital: la verdad lógica y la verdad estética”.
“Encima del esquema dibujado por nosotros, evolucionan eternas, las maneras paralelas del conocimiento: el conocimiento lógico y el conocimiento estético, invadiéndose, distanciándose, confundiéndose, azotándose, uno contra otro”.
La voluntad del subconsciente, expresada racionalmente.
He aquí por qué la estética no se enseña, se genera, suscitándola en el individuo, como la expresión filosófica de sus instancias vitales e individuales, buscando lo genérico.
Porque la verdad es múltiple; y la unidad de la verdad, es, únicamente, la unidad del ser específico – cósmico.
La estética es un organismo de grandes preguntas, más que de grandes respuestas.
Adentro del artista, la estética asume el rol del material sedimentario y acumulado del subconsciente, que anhela jerarquía y disciplina: orden.
La belleza es la tercera entidad funcional que existe entre hombre y mundo, entre lo subjetivo y lo objetivo.
Así, la belleza existe en el arte, sólo en el arte existe la belleza, y quien percibe, por ejemplo la belleza estupenda de una hermosa mujer desnuda, la percibe como quien percibe una obra de arte, es decir elevando su naturaleza al éxtasis expresional, motivado por el instinto, urgido a su más alta instancia.
La belleza es la expresión lograda, numérica, exacta, la expresión humana, el orden nuevo, el orden puro, que impone el ser viviente a la naturaleza.
El arte es la expresión maravillosa del instante en que la máxima potencialidad del hombre intuye la máxima potencialidad del universo interno – externo y le impone su ley imaginaria.
'Todo conocimiento está suscitado por la experiencia; pero no todo conocimiento radica en la experiencia' (Kant).
Entonces, hay una manera de conocimiento, que emana del ser subjetivo, que arranca su dinámica y su mecánica, no de la conciencia, entidad servida por la experimentación objetiva, sino de los abismos psico – cósmicos del subconsciente individual o colectivo, expresando los arquetipos platónicos; y aquella manera de conocimiento es el conocimiento estético.
Dominio, sentido, destino del arte.
Paralelamente a conciencia, subconsciencia; a reflexión, intuición; a concepto, imagen; a razonamiento, estilo; a ciencia, arte; a verdad lógica, verdad estética; a filósofo, artista; a conocimiento lógico, conocimiento estético”.
* Texto de Pablo de Rokha publicado en la Antología de Poesía Chilena Nueva, de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim, en 1935.
BONUS TRACK
… “… el estilo es la resultante de la subconciencia expresándose en imágenes. El razonamiento genera la ciencia; el estilo genera el arte. Ciencia y arte generan aquellos dos significados, enormemente paralelos y substantivos de la unidad vital: la verdad lógica y la verdad estética”.
“Encima del esquema dibujado por nosotros, evolucionan eternas, las maneras paralelas del conocimiento: el conocimiento lógico y el conocimiento estético, invadiéndose, distanciándose, confundiéndose, azotándose, uno contra otro”.
11 de enero de 2008
Litoral
Me levanté y tú estabas ahí
mirando el mar
rompiendo almejas
bebiendo licores de dudosa procedencia
sobre una roca que parecía un templo
y tú una santa pagana llena de sol
La playa era estrecha como la carpa
mi voz raspaba la arena como el viento
los restos de la fogata dormían esperando la noche
y tú en tu silencio eras como un vegetal
de esos que crecen solos frente al mar
como un tesoro ofrenda que se ofrece pequeño
Me levanté y tú estabas ahí
a tu lado este poema era una poza de mar
dejada por la marea y su cópula de noche
ahora el momento el instante tu vida
queda latiendo como un ejercicio de olas
entre gaviotas y almejas quebradas
mirando el mar
rompiendo almejas
bebiendo licores de dudosa procedencia
sobre una roca que parecía un templo
y tú una santa pagana llena de sol
La playa era estrecha como la carpa
mi voz raspaba la arena como el viento
los restos de la fogata dormían esperando la noche
y tú en tu silencio eras como un vegetal
de esos que crecen solos frente al mar
como un tesoro ofrenda que se ofrece pequeño
Me levanté y tú estabas ahí
a tu lado este poema era una poza de mar
dejada por la marea y su cópula de noche
ahora el momento el instante tu vida
queda latiendo como un ejercicio de olas
entre gaviotas y almejas quebradas
1 de enero de 2008
No stress
A UN NIÑO EN UN ÁRBOL*Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.
Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre de sol.
Ves al verano convertido en un espantapájaros
cuyas pesadillas angustian los sembrados.
Ves la acequia en cuyo fondo tu amigo desaparecido
toma el barco de papel que echaste a navegar.
Ves al pueblo y los campos extendidos
como las páginas del silabario
donde un día sabrás que leíste la historia de la felicidad.
El almacenero sale a cerrar los postigos.
Las hijas del granjero encierran las gallinas.
Ojos de extraños peces
miran amenazantes desde el cielo.
Hay que volver a tierra.
Tu perro viene a saltos a encontrarte.
Tu isla se hunde en el mar de la noche.
*Texto de Jorge Teillier, perteneciente al libro "Poemas del país de nunca jamás".
23 de diciembre de 2007
Un minuto de amor
Tomó la caja y la apretó suavemente contra su pecho. Cerró los ojos. Por un minuto, tan sólo por un minuto, dejó entrar nuevamente aquel prohibido sentimiento, desterrado de su vida hace tanto tiempo, cuando decidió no sentir más y olvidar, olvidar y olvidar. Sumergirse. Perderse en la vagancia.
La noche era como todas. La ciudad, despreciable como siempre. Pero la soledad se hacía más tibia gracias a la caja, la bendita caja que esperaba por él para llevárselo lejos, donde nadie pudiera encontrarlo.
Dejó entonces fluir la sensación, esa cosquilla en el vientre que crecía y subía hasta los labios y la lengua para diluirse así, delicada, en sus ojos. En su corazón de hombre solo hace rato que no había espacio para esto. Pero qué carajos, es sólo un instante, un instante para sentir. Y lo hizo. Amó los litros en su pecho. Amó ese instante bajo la escalera, sus trapos y cartones, sus tarros, amó sus zapatos, sus heridas y las arrugas de su cuerpo. Y por primera vez en mucho tiempo, amó su estirpe indigente. Al menos durante un mísero minuto, no se odió. Se amó. Y eso fue suficiente. Ahora a seguir, seguir adelante, adiós, adiós nuevamente, me voy, me voy para siempre.
El viejo Alberto despertó de la ensoñación y de un mordisco abrió la caja. No hay más motivos para esto, pensó. Y con desesperada angustia se metió a la boca un largo trago de vino negro, que una vez más llegaba a apagar cualquier atisbo de amor en su persona.
*Texto de Absalón Opazo M., aparecido en la revista porteña "Cavila", durante 2007.
La noche era como todas. La ciudad, despreciable como siempre. Pero la soledad se hacía más tibia gracias a la caja, la bendita caja que esperaba por él para llevárselo lejos, donde nadie pudiera encontrarlo.
Dejó entonces fluir la sensación, esa cosquilla en el vientre que crecía y subía hasta los labios y la lengua para diluirse así, delicada, en sus ojos. En su corazón de hombre solo hace rato que no había espacio para esto. Pero qué carajos, es sólo un instante, un instante para sentir. Y lo hizo. Amó los litros en su pecho. Amó ese instante bajo la escalera, sus trapos y cartones, sus tarros, amó sus zapatos, sus heridas y las arrugas de su cuerpo. Y por primera vez en mucho tiempo, amó su estirpe indigente. Al menos durante un mísero minuto, no se odió. Se amó. Y eso fue suficiente. Ahora a seguir, seguir adelante, adiós, adiós nuevamente, me voy, me voy para siempre.
El viejo Alberto despertó de la ensoñación y de un mordisco abrió la caja. No hay más motivos para esto, pensó. Y con desesperada angustia se metió a la boca un largo trago de vino negro, que una vez más llegaba a apagar cualquier atisbo de amor en su persona.
*Texto de Absalón Opazo M., aparecido en la revista porteña "Cavila", durante 2007.
9 de diciembre de 2007
A los borrachos ciudadanos del puerto misterio*
Uds. abandonaron el futuro
Vuestro camino es el ayer en pendientes
Les hablo
Ya que soy el encargado de regar ... para siempre ...
Las plantaciones de gaviotas
Cuando Uds. duermen
Nosotros trabajamos y vice-verso
Las paredes están escritas con letras invisibles
La trasnocha para resucitar muertos
Ida es regreso
* Poema de Felipe Ugalde, aparecido en la "Antología de poemas nocturnos Valparaíso Bohemio" de José Miguel Camus y Rodrigo Gutiérrez.
Vuestro camino es el ayer en pendientes
Les hablo
Ya que soy el encargado de regar ... para siempre ...
Las plantaciones de gaviotas
Cuando Uds. duermen
Nosotros trabajamos y vice-verso
Las paredes están escritas con letras invisibles
La trasnocha para resucitar muertos
Ida es regreso
* Poema de Felipe Ugalde, aparecido en la "Antología de poemas nocturnos Valparaíso Bohemio" de José Miguel Camus y Rodrigo Gutiérrez.
4 de diciembre de 2007
Schibboleth*
- por eso puede hablar
de las palomas
Si tu boca habla y no este poema
si habla tu boca siempre desnuda
tal un coigüe inmenso en la hoja que cae
todo tu cuerpo está en tu boca.
Si entonces tú me hablas
yo escucho el mar detrás de tus palabras
y un silencio nos recuerda
como el mar se lleva una hoja seca
o tu boca, este poema.
*Poema de Claudio Gaete, del libro El Cementerio de los Disidentes.
de las palomas
Si tu boca habla y no este poema
si habla tu boca siempre desnuda
tal un coigüe inmenso en la hoja que cae
todo tu cuerpo está en tu boca.
Si entonces tú me hablas
yo escucho el mar detrás de tus palabras
y un silencio nos recuerda
como el mar se lleva una hoja seca
o tu boca, este poema.
*Poema de Claudio Gaete, del libro El Cementerio de los Disidentes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)