Cuando llegamos a la pobla, ya de noche, el bar de Manuel había sido clausurado, afuera en la vereda un comisario de los pacos declaraba a la prensa que en el allanamiento habían encontrado cocaína, marihuana y pasta base, lo cual de inmediato me pareció una mentira, pues todos sabíamos que el Manuel no vendía, y tampoco dejaba fumar pitos adentro, ni nada, pero los pacos igual presentaban la cosa como un nuevo golpe al microtráfico, ahí yo me pregunté porqué las cosas tienen que ser así, porqué vivir en una población tiene que ser tan rancio, porqué tenemos que ser siempre culpables de algo, en eso me encuentro en la esquina con Julio que había alcanzado a escapar de la cagada y que al verme me invitó otro porro, para que le contara todo, así que nos fuimos al mirador tal como hace 7 horas, tranquilos, serenos, con ganas de relajarnos y olvidar, en el camino nos encontramos con Pelao y Death Metal que nos acompañaron con otro caño y que después de escuchar la historia, nos invitaron a un asadito donde el hermano de Pelao, en el cerro de al lado, donde nuevamente tuve que contar mi historia a todos los presentes, lo bueno fue que se armó una buena discusión sobre los pacos y su delincuencia de uniforme, que duró harto rato, después pusieron música y algunos empezaron a bailar, otros seguían discutiendo, yo opté por tomar, tomar mucho, mucha cerveza, mucho vino, cuento corto nuevamente, me emborraché, al nivel de no recordar los últimos momentos del asunto, sólo recuerdo la música muy fuerte, muchas risas, y una ronda de paraguas en el patio de atrás que ya fue lo último que me acuerdo coherentemente, de ahí para adelante sólo flashazos, y de nuevo la imagen de los pacos afuera, de mala manera, pasando un parte por ruidos molestos, alguien gritando algo, el dueño de casa borrachísimo insultando al oficial y yéndose preso, y otra vez un escándalo mayor con los pacos pegándole a la gente que 5 minutos antes sólo se divertía, como un karma que siempre llevaremos por vivir aquí pues era imposible que alguien llamara a los pacos por ruidos molestos, si estaban todos los vecinos en el asado. Ahí se me apagó la tele. Desperté en el cerro pelado, arriba de las últimas casas de la toma del Sol, junto a los restos de una fogata, solo, con un dolor terrible en la mandíbula y un moretón en el brazo, y con un perrito chico lamiéndome las mejillas y olfateando unas botellas de cerveza vacías que me recordaron de inmediato todo, todo lo vivido en esa noche del terror en que enfrenté el duro peso de la ley. Ahí empezó mi peor resaca del verano.
