11 de mayo de 2014

Las alitas caídas

Nadie imaginó que su baile coquetón arriba del ring era una danza de conquista. Nadie pensó siquiera que su mano derecha fuerte también podía acariciar los mentones y los hombros sangrantes. Nunca pensaron que el número uno de los guantes de oro, que el paladín de los sudamericanos, al que no le pegó nadie ni en el cuadrilátero ni en la esquina, el que se zumbaba a quien quería, al que no le quedó títere con cabeza en Los Lagos y sus alrededores, volvería de Santiago muerto y vestido de mujer.

Porque ¿cómo conjugar su título de campeón de box con su clandestino hábito de irse a Santiago a revolotear de mariposa nocturna? Difícil era figurarlo frágil y lechuguino, si todas las veces hacía rodar por el suelo a cuanto macho de pelo en pecho que se le ponía por delante. Cuando la copucha se repartió entre los intersticios del pueblo nadie la creyó. Si estaba “entrenando” decían en San Miguel, si “cuida autos” decían en la Cisterna, si era “sereno” en Conchalí, si era “junior” en Macul, si es “copero” en Maipú. Hasta que llegó “muerto no más” por una cuchillada nocturna y traicionera, que no pudo esquivar con las fintas de sus mejores noches, porque la pasta base y los zapatos de taco alto le entorpecieron su famoso baile de gorrión.

Ahí estaba ahora, en la vitrina de los muertos, cubriendo su palidez inerte con colorete. Su franco pelo duro se había trastornado en una brillante peluca rubia, el protector bucal lo había reemplazado por un lápiz labial escarlata, sus pestañas de indio eran ahora crespas y largas agujitas azabache. Nadie lo reconoció.

Sólo dos cosas anunciaban que era el campeón: primero, su nariz de aguilucho aporreado, estaba en la posición en que la dejan los guantes adversarios y que sus nuevos amigos santiaguinos no pudieron ocultar con mañas de maquillaje. Lo otro, era el cinturón de Campeón Sudamericano, que brillante e inútil estuvo todo el tiempo arriba del féretro y que lo acompañó como única flor en su viaje final hacia la tierra, que lo recibía envuelto en perfumes de mujer y con guantes de boxeador.


Por Javier Milanca

Extraído de “Pichi Epew”
Ediciones Periféricas