6 de mayo de 2011

Poema al campesino chileno

Los primeros días regresan
y entonces estoy solo, solo
en un pequeño bosque,
con una montaña nacida
entre medio de las cejas,
con un cigarro encendido
en la leña de mis dedos,
con los pies llenos de barro,
con la boca caliente y su voz
apagada, áspera como una
víbora o una horca, con el
vientre de cobre brillando
oscuro bajo tierra, con la
estepa libre del corazón
llena de vientos y rumores,
con una limpia melodía azul
llenando mis huesos de rocío,
cuando el sol del mediodía
ilumina las ciudades y las
periferias, cuando las flores
inspiran la vida, mi vida
bajo estas cuatro estaciones,
cuando nadie sueña y el
campo es una cicatriz bella,
y yo soy un nicho, una huesa,
un afiche, la sórdida factura
del estado de derecho,
la carcomida bandera
de la dignidad, enterrada
y nunca, nunca sacada
de nuevo al sol, jamás
sembrada otra vez
en los jardines
privatizados
del país.


(...)