16 de octubre de 2006

Puñales

La noche me clava sus puñales y yo no opongo resistencia.
Son puñales de ausencia y melancolía que no me son ajenos:
los conozco, y bien de cerca
pero había olvidado el aliento fétido que expele el recuerdo trizado de una sombra desaparecida para siempre de mi lado.

Hace tiempo, bastante tiempo
que no se metía este hielo en mi vaso.
Hace mucho que estos látigos puñales no se enredaban en mi pelo.
Ahora los veo perseguirme y meterse en mi piel cada noche,
cuando el silencio llega con su pesado manto de olvido
y me hace florecer la garganta con espinas y sangre.
La noche maldita se hace eterna cuando una lágrima se atora en el lápiz. Y no hay poema, no hay poema que calme el alfilerazo continuo del momento tormento.

¿O lo hay? ¿Cómo leerlo sin escribirlo?

Podría decir: la noche me clava sus puñales con saña.
Afuera retumba el mundo, resuena el eco de los misiles y los fusiles. Los platos vacíos se alzan como un fantasma nuevo que recorre el mundo. Y sin embargo yo padezco de un hielo tan intenso como los pies desnudos de un mendigo a plena noche de junio, y sin tener hambre, sin tener frío, sin tener sed, siento morir mi carne en un grito silencioso de estéril cachorro seco,
plagado de sequías mentales y espirituales
cansado como los vientos de un árbol milenario
y oprimido como el más combativo de los pueblos.

Y no tengo en mis dedos la chispa que tuve antes.
Sólo los puñales de la noche llegan y me incentivan al menos a dormirme pronto y esperar a que el sol venga luego y se lleve esta noche que me paraliza, me tortura, y me va reduciendo a un montón de nervios y carne tensa, sin la más mínima intención de seguir adelante
¿adelante para qué?
¿para verme postrado en un sin sentido
muy parecido a un ataúd con alas?

Pero el cuerpo resiste y se mantiene a flote.

Dicen que la piel es fuerte y que todo lo puede el sol.
Dicen que la noche es cópula de astros inmóviles
y que un poco de su semen cae a nuestros ojos alguna vez en la vida. Se dicen tantas cosas.
Pero yo me equivoco y no encuentro nada más que restos,
restos salvajes de un amor acabado
en cada esquina, en cada tugurio y en cada plaza,
y hay restos de mí esparcidos en las mesas de mi casa, en las sillas,
y yo digo restos de qué, si no soy nada, ahora nada,
y me escondo y quiero pasar desapercibido y no morirme
pero igual me caigo a pedazos, y por qué si ya me alejé del ‘infierno’ y ahí la paciencia se me acaba pues no entiendo nada.

En ese momento ya me duermo
y no siento los puñales de la noche que siguen ahí.
Mi alma duerme, a alguna hora no siempre exacta duerme, profundamente,
y sueña con quizás qué playas habitadas por carpas grises y azules, lejos del alcance de los besos y las caricias perdidas y extrañadas que han traído de vuelta a aquellos malditos alfileres que el universo arma en alguna bodega inalcanzable para el hombre común y corriente.